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Los fraudulentos artilugios del opresor frente a los crédulos

La trilogía del poder y el discreto mundo de la duda.

El pacto subrepticio entre unos pocos cretinos es el consenso internacional válido. Foto: DataCorp.
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Los opresores han inventado los imperios y el conjunto de los mecanismos de dominación que suponen. La Historia indica que lo han hecho relativamente bien, pero, también, es concluyente al mostrar que todos, con sus mandos, ejércitos, riquezas, colonizaciones, atrocidades, en fin, son a término fijo.

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No puede ser aceptable que la historia, la educación, la filosofía e, incluso, las artes, se transformen en los fraudulentos artilugios del opresor. ¿Qué es de la fuerza, si tan débil el pasado? ¿Adónde la esperanza, si han vaciado el futuro?

Un juego mediático sistémico

Las ilusiones totalitarias del capitalismo, al final del siglo XX, se convirtieron en pesadillas de exterminio, negación, racismo y miseria. Eso continúan siendo bien entrado el XXI, desde el remoto país africano, asiático o latinoamericano, hasta el propio Estados Unidos. Un sistema que, justamente, se preciaba de lo contrario y auguraba un futuro de posibilidades e inclusiones.

La gloria apenas fue gloriosa para unos pocos, y, en cambio, ha sido una angustia para las extensas y crecientes franjas de población de los países desarrollados, clases medias en declive. Clases bajas siempre abajo. Y, claro está, fue y es un suplicio para los excluidos habitantes de los países periféricos.

En el remate de feria global, los grandes medios de los grandes capitales jugaron un papel central. Ellos impulsaron todos y cada uno de aquellos eventos ambulantes de la plutocracia poseedora y poseída.

El filosófico (la posmodernidad). El ideológico (la debacle del comunismo). El histórico (el fin de una historia sin fin). El económico (capitalismo a sus anchas, neoliberalismo lanza en ristre). Y el político (el gobierno específico de unos cuantos pillos como la democracia ideal).

Neoliberales mediados

Esos medios también siguen jugando un papel decisivo en el desespero social consecuente. El del presente, fortalecido con la eclosión digital, internet y las demás tecnologías magníficas y escalofriantes, que alientan los odios de unos contra otros.

Y las confusiones, causadas a través de la desinformación, pero, también, del hartazgo y la indigestión que produce el exceso de información circulante, en cualquier dirección y con todas las intencionalidades posibles. La realidad revuelta en la que ganan quienes la trastornan. Claridad es poder, una idea clara desde hace tiempo que cada tanto se pregona como ocurrencia reciente. Yuval Noah Harari, digamos. Sólo que tener esa claridad no es mera cuestión de gustos. 

Grandes medios que son transfusiones intensivas de idiotez. Que exacerban los miedos y los prejuicios. O que tientan con las salidas de emergencia que dan hacia los regímenes abusivos y dictatoriales de la ultraderecha. De Trump y sus cómplices a Bolsonaro y los suyos, otro ejemplo.

Mixtifori corporativo

Thomas Piketty (2013), el economista de moda hace un lustro, incluye a los medios de comunicación como uno de los sectores en que las principales estructuras de organización y propiedad algún día no tendrán mucho que ver. El francés los ubica junto a la educación, la salud y la cultura:

…con los paradigmas polares del capital puramente privado (como el modelo de la sociedad por acciones, totalmente en manos de sus accionistas) o del capital puramente público (con una lógica igualmente top down [de arriba hacia abajo], en cuyo caso el gobierno decide soberanamente qué inversión hacer).

Piketty, 2013.

Las formas organizativas y de capital que conjugan en distintos grados ambos «paradigmas polares» han sido un ejercicio del neoliberalismo. Y son el primer paso para la desregulación absoluta o el modelado de empresas que, antes que ser mixtas, son un mixtifori.

Trucos del establecimiento, y de la autocracia corporativa y financiera como cuerpo tangible de la democracia invariablemente en ciernes. El deseo, una y otra vez, postergado.

La economía hecha un ovillo no es circunstancial, la perturbación jamás es accidental. El colapso, logarítmico o a mano, es la estrategia. Otro de los fraudulentos artilugios del opresor. Y donde lo único inesperado para el poder sería que muchos, no solamente algunos, nos diéramos cuenta de ello. Tampoco en cualquier década futura, sino a tiempo. 

Indisociables

Han de emerger, de seguro, como sostiene Piketty, nuevos tipos de organización y gobernanza. Incluso, aceptémoslo, probablemente habrán de irrumpir nuevas formas de intervención colectiva.

Quizás, como él lo manifiesta, llegue a existir una verdadera transparencia contable y financiera. Pero trabajoso que eso de por sí se traduzca en transparencia económica y control democrático del capital, como lo señala hacia el final de El capital en el siglo XXI.

No, mientras las políticas estatales y la orientación de esos sectores mencionados continúen a cargo de quienes defienden a capa y espada (es decir, a sueldo jugoso) los intereses del capitalismo que deberían controlar.

Las enormes y pesadas puertas giratorias en la cúspide. Cuando el problema es consustancial, ni las transformaciones de apariencia significativa dejan de ser accesorias.

Cuando el problema es consustancial, ni las transformaciones más significativas dejan de ser accesorias.

Jamás, en tanto que los grandes medios, las extendidas redes y las tecnologías en permanente progreso no construyan las otras historias necesarias (a las que se refiere Chimamanda Ngozi Adichie), sino las realidades paralelas que equivocan el rumbo de las sociedades. Sobre todo, cuando éstas son creídas a fe ciega y habitadas con relativa comodidad de por vida.

¿Cuándo entenderemos, como colectivos sociales, pueblos, naciones, que la realidad paralela es este engaño y esta trampa para lelos que habitamos entre confiados e impotentes, resignados o retrasados?

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Ficticios

Lo constatable es que las élites en Occidente, desde la Antigua Grecia, hace dos milenios y medio, mantienen a la democracia representativa en cintura. Al igual, quién lo duda, que a sus derivaciones y armonizaciones fatídicas. Ni para qué hablar de la participativa, de la que no hay registro válido más allá del papel y de la que a lo sumo se da fe, otra vez, con el deseo.

Esa aristocracia clásica, que no es otra cosa que una clase de excelsos abusadores, puede hacerlo, ponderar la democracia y mantenerla a raya; declararse liberal y espantarla cualquier asomo de libertades, gracias al completo control de los cargos gubernamentales. La institucionalidad tomada; los órganos de control arrebatados. Y a los puntales mafiosos del chantaje y la dependencia, y a la penetrante atomización de las comunidades. La cohesión arriba y la escisión de pueblos y ciudadanos abajo.

Es claro que las evoluciones económicas y políticas son indisociables. Fue así en los siglos precedentes, lo será quién sabe hasta cuándo. Desde hace unas cuantas décadas, además, y con un ímpetu en ascenso, otro componente aparece cada vez más coligado: el mediático. Junto al tecnológico, claro está, en los más recientes lustros, que funde y confunde a todos los anteriores.

Economía, política y medios: el trípode del poder donde los elementos son indisolubles y actúan al unísono en la configuración del mundo desequilibrado que ocupamos. La realidad: una ficción que tan poco tiene de ficticia.

Inventores

Los opresores han inventado los imperios y el conjunto de los mecanismos de dominación que suponen. La Historia indica que lo han hecho relativamente bien.

Pero, también, es concluyente al mostrar que todos, con sus mandos, ejércitos, riquezas, colonizaciones, atrocidades, en fin, son a término fijo. Y que a mayor convencimiento de la perpetuidad imperial más raudo se arrima el declive. El imperio de mil años de los nazis duró doce.

Las guerras, el clima, las pestes, las deudas acumuladas, los excesos fiscales, por supuesto, son factores que contribuyen al ocaso. No obstante, ninguna calamidad tan definitiva como la tranquilidad.

Semper Idem

La Roma Eterna no se vino abajo con los alaridos ni el saqueo del bárbaro visigodo Alarico porque ya llevaba un buen tiempo con la rodilla en tierra. El hundimiento acompañó las triunfales celebraciones de guerras que no se ganaron y las hondas desigualdades sociales que nadie atendió.

Las agudas y continuas depresiones financieras, parecidas a las especulaciones de bolsa recientes, fueron responsables a la par de los notorios delirios de grandeza imperiales.

El opresor fragua los artilugios fraudulentos con los cuales proyecta el poder. Al ingeniarse el modo de hacerle creer a la tribu que él domeñaba las fuerzas de la naturaleza, el chamán se hizo guía imprescindible. El Áyax griego echó mano de dioses olímpicos y héroes legendarios para convencer a los esquivos súbditos reales de su reinado sobre reyes.

No fue menos el liberal, que inundó la democracia con instituciones y discursos políticos, y así le dio cuerpo al vocablo y pudo prescindir de la significación. Un «lenguaje sin sentido», sentenció rotundo el inglés Thomas Hobbes en su Leviatán.

El liberal inundó la democracia con instituciones y discursos políticos, y así le dio cuerpo al vocablo y pudo prescindir de la significación.

Los fraudulentos artilugios del opresor

Los poderes de nuestro tiempo, ¿cómo no iban a convencernos de que el pacto a hurtadillas entre unos pocos cretinos de tres o cuatro países desarrollados es el consenso internacional válido y pleno? O ¿cómo no van a hacernos creer que la arquitectura financiera global no es su señorío?

¿O, digamos, que la casi totalidad de los habitantes insulares y de tierra firme del planeta (menos el uno por ciento, claro está, que son ellos mismos, las élites acaudaladas) no somos los esclavos de su plantación especulativa y monetaria?

¿Cómo no van a persuadirnos de lo que se les ocurra, si son tan poderosos los fraudulentos artilugios del opresor, y, sobre todo, si continuamos siendo tan inexcusablemente crédulos?

Nota

Semper Idem: Siempre lo mismo.

Bibliografía

  • Hobbes, Thomas. (1651). Leviatán. (1940). Fondo de Cultura Económica: México, D.F.
  • Ngozi Adichie, Chimamanda. (2018). El peligro de la historia única. Literatura Random House.
  • Piketty, Thomas. (2013). El capital en el siglo XXI. Editor digital: Titivillus. Apple Books.

Ver también

La duda es un arma cargada de futuro.

 

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