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La duda es arma cargada de futuro; la verdad, una treta

La temible trilogía del poder y el discreto mundo de la duda - Segunda parte.

Los grandes medios mienten porque lo requieren: están supeditados a lógicas subyacentes de control y manipulación. Foto: DataCorp.
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La duda es un arma cargada de futuro para enfrentar la más temible trilogía del poder: economía, política y medios. Tres bienaventuranzas huecas y un solo mal verdadero: el orden que trastoca los perímetros que jerarquiza. La doctrina que vuelve espurio lo que toca. Apenas, acaso, aprovecha la capacidad de personas y sociedades para diseccionar con bisturí los peculiares relatos de la manipulación e identificar sin lupa los códigos de cada narrativa política y mediática.

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Las certezas afianzan la comodidad de no ser nadie, las convicciones delimitan las aspiraciones profundas y son el primer paso en el camino que nos conduce a la propia ejecución. Sobre los arenales del tiempo y en la escabrosa superficie de lo verídico, sólo la duda es arma cargada de futuro.

La persuasión disfrazada

Desfilamos por la cuerda floja de la incertidumbre, interpuestos entre la particular «pasión por lo real» de Badiou y el inexorable «desierto de lo real» de Žižek. Nos debatimos entre la intimidad anodina del cuarto aislado y la socialidad insustancial de los entornos virtuales.

Negamos la pertenencia a la calle ruidosa, y en la impertinencia no hay reafirmación. Somos libertades figuradas en los universos informáticos, que tantas veces no son sino mundos reflejo de la particular calle ruidosa que nos circunda.

En el mejor de los casos, un círculo vicioso, donde regresamos siempre al punto de partida. Quizás, visto con la apariencia especial que, en cada vuelta, le otorgan los propios ojos más desgastados, o la instrucción o la experiencia, que en cada ocasión nos hacen creer que somos más sabios y mejores. Pero no es así. Lo expresó Boris Vian (1950) en cuatro palabras: «Luchar no significa avanzar». Por el contrario, la brega trivial, yuxtapuesta a unos humos crecientes, profundizan el hueco de la torpeza.

Del colectivo global a la colectividad local, la libertad deambula premeditada. La inteligencia es excesivamente correcta; la imaginación como otra imaginería del sentido común. En la convergencia de inquietudes uniformes se lía la realidad y logra el acabado lustroso, que deslumbra y, simultáneamente, desorienta.

Los contenidos disfrazan la intensa persuasión. Las argumentaciones rebosan de cifras inexactas y datos tendenciosos, citas erróneas, alusiones incorrectas, descréditos adrede. Una vez hubo espacios con identidad particular y géneros definidos: el noticiario contenía noticias. El debate fue la controversia; la telenovela era el melodrama.

De los Lumière, Flaherty o Dziga Vértov a Chris Marker, Agnès Varda o Santiago Álvarez, el documental gravitaba con cierta entereza en torno a lo que veía el ojo de la cámara. Al menos, más que sobre lo inexistente. Ya ni ese formalismo es requerido.

Aquiescencia

El documental es puesta en escena y la ficción despista con escenas testimoniales, algún reportaje, una que otra secuencia documental. La serie no es serie, sino otra insaciable adicción contemporánea. Las grandes plataformas de emisión en continuo nos tientan, y acabamos exhaustos la maratón para adentrarnos en la siguiente.

No es una degenerada nostalgia purista por los géneros. Se trata, simplemente, de entender cuánto nos confunde la mezcolanza y de cuál modo nos sustraen el tiempo de la pequeña faltriquera que es la vida. Y el modesto aporte de cada individuo, por supuesto, no es irrelevante.

Porque la falta de tiempo para la reflexión, el exceso de confusión que aleja la capacidad crítica, las urgencias por lo inútil y el vano regodeo con lo inmutable no serían mucho sin esa bella palabra que tanto daño nos produce: la aquiescencia.

Nuestro consentimiento es lo que persigue la ley promulgada por los empleados de las élites para protegernos. Las corporaciones poderosas ponen el antebrazo para ayudarnos a cruzar la avenida por la que ellas a la vez transitan sin frenos: desenfrenadas. Haciendo clic autorizamos el auxilio. Clicando dos veces ratificamos que es así: accedemos a que nos aplasten.

El guión de hierro

El entretenimiento suscita apegos. Nos atrae con sus cánones de cajón. Las primicias de folletín activan la sugestión social que les parece. Abundan los juicios de valor sin ton ni son. La verosimilitud del discurso se ajusta y raciona para una audiencia predispuesta a admitirlo sin chistar desde la guardería.

No acogerlo implicaría esa provocante forma del coraje que es el pensamiento crítico. «Incluso una opinión es una especie de acción» (Greene, 1955), reflexiona el personaje narrador de El americano impasible, periodista por lo demás.

Manifestarse, que es resistir y rebatir, o sea, actuar, que es enfrentar. Duele la caída desde el delirio pensado como el Paraíso: la comodidad del desentendido puesta en apuros por el revuelo de conocer, es decir, de preguntar, y, en el perfil violento, de dudar.

Algo que no se aviene con la estética residual de farándula en que subsistimos. Los héroes, malvados; sólo el antihéroe tal vez nos redimirá. Todos como parte de una puesta en escena que no acaba, donde el guion de los hechos por ocurrir es de hierro.

Otras voces, otros ámbitos

Por eso es debido y valioso el surgimiento de otras posibilidades, las distintas miradas desde nuevos miradores. Contrastar la vista monocroma, contrarrestar la visión vuelta división.

No se trata únicamente del falso sentido o de la exposición sin contexto, la imagen alterada o la voz que alguien distorsionó. Tiene que ver con la propia cotidianidad descompuesta, que se asume, en lo superficial, como auténtica, y, en lo esencial y más peligroso, como incuestionable.

No se trata únicamente del falso sentido o de la exposición sin contexto, la imagen alterada o la voz que alguien distorsionó, sino de la propia cotidianidad descompuesta, que se asume, en lo superficial, como auténtica, y, en lo esencial y más peligroso, como incuestionable.

Hablamos de una subsistencia mediocre, mezquina. Aún más grave: asumida a gusto, o con resignación o indiferencia, por las sociedades lesionadas y por los propios individuos que habrán de ser inmolados. Cuando eso pasa, y pasa más de lo que creemos, la historia contada por los vencedores no se revisa, las tesis carecen de antítesis. los criminales prominentes se ajustan a la ley. La especulación es concluyente; la evidencia, circunstancial.

Una comunicación tendida al sol

Olvidémonos de la independencia de los medios independientes. No pueden serlo si le apuntan de manera sensata a la confrontación del discurso hegemónico. Son dependientes de postulados atípicos, pero elementales, que se llaman equidad, justicia, honestidad. Nunca de sus entornos simulados.

Descreamos de la objetividad, ese mito urbano flemáticamente anglosajón que el periodismo estadounidense volvió obsesión matemática; las universidades, una tontería, y los medios criollos, otra hipocresía. El espléndido artilugio que ahora apenas es una más de las piezas de la trampa.

Dejemos de lado la idea de que los medios alternativos son los alternativos. Difieren y son alternos los medios dominantes, que, además, son burdos e irrelevantes en sus fabricaciones.

La comunicación sustancialmente poderosa yace tumbada al sol en las barriadas, las comunidades, los pueblos, con sus jergas, potencias y atrevimientos. Por eso se la teme tanto; por lo mismo es negada, fragmentada: incomunicada.

Los medios al servicio de las supremacías de élite, aunque apuntalados por avanzadas tecnologías e innegables capacidades de penetración, advierten la fragilidad. Y en el principal pertrecho radica a la vez su mayor carencia: la falacia.

Los grandes medios mienten porque lo requieren. No son los instrumentos de comunicación que dicen ser ni detentan el fin social que según las ilusas jurisprudencias deberían tener. Demandan la mentira porque son el flanco de intereses influyentes. La desmesura encierra un anuncio; una serenidad intensifica la propaganda.

Están comprometidos con tejemanejes financieros, monetarios, comerciales, estratégicos y geoestratégicos, políticos y geopolíticos, y se hayan supeditados a lógicas subyacentes de control y manipulación. Son un compartimiento más del armazón carcomido del sistema.

Diseccionar los relatos del poder

La seriedad pretendida ni la maleable ética del Poder se encaran con tretas que se les parezcan. Tampoco, el cuento de la objetividad con terceros engaños. No se contrarresta la imparcialidad del impostor con la prédica fervorosa ni los alegatos.

Ante ninguna de las tretas sirve de algo la verdad. No sólo porque ésta, como cualquier afirmación, porte implícita su negativa, sino porque la verdad es un andamio levantado pronto y con facilidad. Pocas cosas, en la vida, tan inexactas como la verdad. Y pocas de elaboración tan elemental como su evidencia.

Aprovecha, acaso, la capacidad de personas y sociedades para diseccionar con bisturí los peculiares relatos del poder e identificar sin lupa los códigos de cada narrativa política y mediática.

La esperanza sin mistificaciones

Hay que interpretar lo que sobreviene y los trasfondos: el carácter, los puntales y ataduras del suceso. Luego, despuntará la disposición (las actitudes) para transformarlo. No pueden echarse a un lado aquellas advertencias de Marx.

Economía, política y medios: la más temible trilogía del poder. Tres bienaventuranzas huecas y un solo mal verdadero: el orden que trastoca los perímetros que jerarquiza. La doctrina que vuelve espurio lo que toca.

Economía, política y medios: la más temible trilogía del poder. Tres bienaventuranzas huecas y un solo mal verdadero: el orden que trastoca los perímetros que jerarquiza. La doctrina que vuelve espurio lo que toca.

Entre la ecuanimidad remedada y la coherencia en remiendos se tornan imprescindibles las palabras exentas de gallardetes corporativos. La comunicación sin banderines de enganche. El diálogo sobre la restricción y exento de condicionamientos. El albedrío por fuera de las agendas; la libertad sin cercas.

Una expresión colectiva y popular, contraria y contendiente, avezada para desconfiar de la certeza que se reitera, pero dispuesta a darle la cara a la esperanza sin mistificaciones.

Porque la duda es arma cargada de futuro

Un mundo raro en el que no encantan las hadas, sino las dudas; los reparos sobre lo que se oye y ve, se profesa y aprende. Otra región transparente, no tan definida como el alto valle metafísico de Anáhuac por el cual preguntaba don Alfonso Reyes (Biblioteca Virtual de Polígrafos, Obra Completa).

Bueno, al fin y al cabo, lo respondió a tiempo Carlos Fuentes (1958), su compatriota y prosélito: «Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire». Otra más en medio de las insuficientes que se resisten a las ambiciones imperiales, las cargas coloniales, la depredación estadounidense.

Allí donde no dejarán de ser factibles las aldeas con casas de paredes de espejo soñadas una vez por José Arcadio Buendía. Las que esboza para el futuro, como obsesión tecnológica, el Norte. Las mismas que hace rato habitamos como delirio en la resonancia sobrenatural del Sur.

Bibliografía

  • Fuentes, Carlos. (1958). La región más transparente. (1998). Alfaguara: Madrid.
  • Greene, Graham. (1955). El americano impasible. (1980). Editorial Alianza: Madrid.
  • Reyes, Alfonso. (1995). Obras Completas. Visión de Anáhuac. Vol. II. Fondo de Cultura Económica: México, D.F.
  • Vian, Boris. (1950). La hierba roja. (1996). Tusquets Editores: Barcelona.

Ver también

Los fraudulentos artilugios del poder.

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