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La educación y la sociedad por construir en el siglo XXI

UNA EDUCACIÓN PARA REHACER NUESTRO MUNDO - Primera Parte

La educación y la sociedad por construir en el siglo XXI
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La educación y la sociedad por construir en el siglo XXI es la primera reflexión sobre interrogantes relacionados con la educación en América Latina, adelantada a partir de la invitación del prestigioso portal brasileño «Carta Maior» para el proyecto «Sua voz na conjuntura», que en su primera edición trató sobre la defensa de la educación pública. Atendí el llamado y compartí algunas ideas sobre el tema pensando en las difíciles circunstancias que afronta Brasil en la actualidad, y con el respeto que me inspira la patria natal de Paulo Freire, el más relevante pedagogo contemporáneo. De esa fuente proviene este texto.

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La educación y la sociedad por construir en el siglo XXI aluden a una educación adecuada y a una sociedad satisfactoria. Esa sociedad deseable no es la imposible de las utopías renacentistas, pero está lejos de ser la tangible de nuestra época. Menos aún, cualquiera de sus múltiples ficciones.

La necesaria, a mi parecer, es aquella capaz de diferenciar los hechos de su simulacro, la interacción de la dependencia, el proceso de lo contingente, el auxilio del saqueo o la justicia de los caprichosos marcos legales.

Mejor dicho, como en una prueba de escuela, la que esté capacitada para distinguir lo verdadero de lo falso, aunque cueste el saldo en el banco o la vida. La sociedad a la altura de los miembros marginados y desamparados, antes que de solaz en la bajeza de las élites.

Hace falta una sociedad en condiciones de interpretar el mundo alrededor, en cualidades y sentidos, gritos y silencios, nexos e implicaciones. Y desde una perspectiva ética e integral, preparada para verse en el espejo de sus acciones. Con la entereza suficiente para reconocerse en las armonías, pero también en su profunda inestabilidad.

Una sociedad que yace distante, y que a la vez está a la mano. Porque la nación del futuro no es otra que la constituida y construida ahora mismo, día a día, con fortuna y errores, satisfacciones y desagrados. Lo mal hecho en este momento se pagará caro mañana, mas lo dejado de hacer costará el doble.

Hace dos o tres mil años, o varios siglos hacia acá, los pueblos se daban el lujo de proyectarse al porvenir en sus sagas y descendencias, y confines y territorios. Los mitos fundacionales eran perceptibles. El futuro, casi medible; los hados lo volvían destino y en no pocas oportunidades lo hacían cierto. O eso se figuraban los antepasados.

Cuando no era así, el mundo se llenaba de señales, códigos subrepticios, representaciones poéticas, claves alegóricas, milagros. Hoy en día, en cambio, lo venidero es débil y volátil, y las predicciones no cruzan el cierre de una bolsa o los trinos perturbadores del infeliz con ascendencia.

Cómo desciframos la sociedad que no cesa de hacerse y deshacerse ante nuestros ojos, de cuál modo aprehendemos cada una de sus entidades y relaciones. Cuestión esencial.

Los ciudadanos que saben interpretarse en posibilidades, responsabilidades y derechos son los cimientos de esa sociedad imprescindible. Aquellos que se entienden en sus estructuras y nexos, intereses e interesados; autenticidades e invenciones, certidumbres y manipulaciones. En otras palabras, los que saben dónde están, lo que hacen y para qué (mejor aún, para quién).

Una capacidad interpretativa que, entre otras cosas, es criterio, expresión y comunicación, participación, organización. Factores, desde luego, demasiado riesgosos para el establecimiento. De ahí que a la educación se la mantenga bajo el estricto control del poder con mecanismos nunca cuestionados y nombres instituidos, que estimamos favorables e, inclusive, liberadores.

Pareciera que no se advierte el grande daño que sus exclusivos límites conllevan. Caudal de conocimientos (indigestión mental). Conjunto de reglas y comportamiento (sumisión). Urbanidad y buena índole (capitulación). Experiencia acumulada (manías). Desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos (¡una verdadera broma!).

Una educación franca y emancipadora, indomable y punzante, conmovedora y sugerente, particular y colectiva, multidirecconal y transversal. Sobran los calificativos.


Nada tan alejado del concepto de educación como estas cuatro significaciones que le asienta el diccionario de la RAE como una cachetada en los carrillos. Anacrónicas, utilitarias, definen con turbadora exactitud lo que no es ni debe ser.

Un compendio de rudimentos que, justamente, altera los sentidos que sí debe tener: franca y emancipadora, indomable y punzante; conmovedora y sugerente, particular y colectiva; múltiple, multidireccional y transversal. Sobran los calificativos.

Y el poder no es un gobierno, a lo sumo, ejecutor; por lo general, no más que mandadero. La fuerza que mueve los hilos está detrás de las fachadas democráticas de sainete, a buen recaudo dentro de los bastiones económicos y financieros del progreso. Pero se trasluce nítido en modas pedagógicas que se cumplen porque son la directriz. Metodologías gastadas encajonadas en palabras relucientes, e innovaciones que resguardan las orientaciones.

La educación funge como el abastecedor de siervos debidamente adoctrinados del sistema. Un planteamiento que no por viejo pierde su aire de fehaciente.

Las ciudades inteligentes (Smart cities) continúan educando al Emilio (Rousseau, 1762) de hace dos siglos y medio, que apenas si accedía a la modernidad. De ese Emilio del cual procede un axioma eludido por el mundo en que vivimos: “Se debe adaptar al hombre la educación del hombre y no a lo que no es él”.

Menos aún, digo yo, a lo que unos cuantos ambiciosos necesitan que él (el aprendiz) sea. En todo caso, fatal ese olvido de poquito parentesco con la amnesia.

La educación no es más que otro instrumento de dominio, al igual que las farsas y los señuelos sistémicos que nos hacen pensar que somos algo. La alcahuetería política, canjeando porvenires por zanahorias. La simulación mediática, persuadiéndonos de la realidad que no habitamos. Los terrores sociales de las agendas gubernamentales, abriéndole paso a las legislaciones coactivas y otras represiones.

O las potentes redes y los sistemas de información, gracias a los cuales las máquinas se conectan y los teclistas de teléfono o computadora que somos nos enfrentamos y disociamos.

La sociedad que hay que construir tiene que estar enterada, cuando menos, de la clase de mundo que habita. Saber bien la dimensión de las fragilidades locales y globales que la menoscaban a diario y que entorpecen su genuino desarrollo.

Una sociedad que debería tener claros los vínculos envilecidos que priman en la interacción del presente, y filtrar los engaños que la desbordan.

La educación y la sociedad por construir en el siglo XXI no pueden continuar siendo los sucedáneos de la realidad que son hoy en día. La educación es el camino que afina el camino al despeñadero. O es luz que aclara por qué ruta vamos y hacia dónde.

VER:
La educación y la sociedad por construir en el siglo XXI.
Educación y desarrollo en América Latina.
Universidad e intelectuales en la sociedad actual.

Fuente Sua voz na conjuntura - Carta Maior

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