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Educación y desarrollo en América Latina

UNA EDUCACIÓN PARA REHACER NUESTRO MUNDO - Segunda Parte

Educación, Estado y desarrollo en América Latina. Por una educación para rehacer nuestro mundo.
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Los entornos de autonomía son incómodos para el poder, que advierte en ellos escenarios desafiantes. Por eso, los planes de las instituciones educativas permanecen bajo rigurosa inspección. Por lo mismo, son promulgadas leyes que socavan la educación pública.Un análisis sobre las relaciones entre la educación y el Estado, determinantes para el desarrollo regional.

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La educación incómoda

Educación y desarrollo en América Latina configuran un vínculo complejo en una región difícil. De la clase de educación que trace un Estado dependerá en buena medida el futuro del país, así como su nivel y tipo de desarrollo. Ni más ni menos. 

Este sosiego insoportable, esta calma fastidiosa, son posibles por la ignorancia en la que las sociedades permanecen sumidas. Resulta inconcebible la tranquilidad cuando se comprende lo que ocurre a lo largo y ancho del planeta. Y cada vez que se discierne la razón de los horrores cometidos a nombre de la paz, el desarrollo y el futuro de las naciones.

La inconsciencia social, junto a la apatía, son tan oportunas para las oligarquías como la paz de los sepulcros que ellas mismas imponen a sus esclavos, siervos, trabajadores. Lo mismo.

El individuo se entera de algo y no sabe qué pasa. Una multitud cree saber lo que acontece y despliega su odio cerril contra el inocente y lo distinto, lejos de las verdaderas causas del desbarajuste.

La manipulación hace lo suyo, por supuesto, pero menos en la acción episódica o a modo de operación particular, y sí más como algo intrínseco metido adentro al pisar la escuela inicial o atender el primer sonsonete mediático.

Los entornos de autonomía son incómodos para el poder, que advierte en ellos los escenarios más desafiantes. Por eso, los planes de las instituciones educativas permanecen bajo rigurosa inspección. Por lo mismo, son promulgadas leyes que socavan la educación pública.

Ni aquiescencia moral ni amnistía ética

No llegamos a ser los pobres de espíritu a los que se refiere el Sermón de la Montaña de Jesús de Nazaret (Mt 5, 1; 7). No reconocemos siquiera las tremendas flaquezas propias, ni tenemos la bienaventuranza ni será nuestro el reino de los cielos.

La pobreza espiritual de nuestras sociedades no se constituye por la percepción de los límites, sino que se alza del oscurantismo dominante. Y la educación cercena más quizás que las demás piezas mohosas de la castración.

El que estudia hasta el empacho, desdeña y desecha. El docto termina siendo otro pobre cretino. Abunda la ignorancia consentida, claro está, la barbarie por conveniencia, que se busca y cultiva porque con ella se cree lograr cierta aquiescencia moral. O conseguir alguna clase de amnistía ética. Nada más errátil.

Sociedades que firman su sentencia de muerte

Proliferan, de otra parte, los ignorantes infiltrados, resbaladizos, traidores. Los encargados de convencer al iletrado (deslustrado) de su erudición y tino. O sociedades enteras, que sabiendo cuánto mienten sus dirigentes y cuán criminales son, siempre están dispuestas a avalarlos con el voto.

La manipulación, efectuada desde todos los frentes, junto a líderes de opinión con libretos de hierro, una educación

Por ejemplo, en Colombia. Un país en el cual la derecha y la ultraderecha eligen y reeligen a un líder como Álvaro Uribe Vélez o a su escogido, con plena consciencia de las ataduras delincuenciales de su estructura política. O en España, a cuya población José María Aznar le mintió de frente con sus fidedignos informes de que Sadam Hussein contaba con armas de destrucción masiva.

Nunca hallaron tales armas en Iraq. “No sólo no las había, sino que siempre se supo que no las había. (…). Pese a todo, a los votantes del PP (Partido Popular) no les pareció motivo suficiente para cambiar su elección” (Fernández Liria, 2007). No les importaron entonces ni habrían de importarles después los dos millones cuatrocientos mil muertos (Davies, 2010) ni que un país hubiera sido destruido por completo.

“Hay que expurgar a Paulo Freire”

En el propio Brasil, digamos, casi cincuenta y ocho millones de personas votaron por Jair Bolsonaro en la segunda vuelta. Optaron por quien en la campaña dejó patente el talante homófobo, misógino y racista. Algo añadió clarísimo en alguna intervención: “Hay que expurgar a Paulo Freire”.

Y esa afluencia de pueblo que votó por Bolsonaro no votó contra Freire (o Lula da Silva o Dilma Rousseff), sino contra la educación popular que la tuvo en cuenta. Es decir, la emprendió en contra de ella misma. Los electores lo sabían y lo votaron, y el excapitán retribuye al tenor de lo que la genética le manda: con la militarización escolar.

Y esa afluencia de pueblo que votó por Bolsonaro no votó contra Freire (o Lula da Silva o Dilma Rousseff), sino contra la educación popular que la tuvo en cuenta. Es decir, la emprendió en contra de sí misma.

O en Estados Unidos, cuyos políticos se ufanan tanto del sistema que todavía creen que inventaron y al que sólo le incluyen las arandelas que los ingleses no alcanzaron a prenderle.

Estados Unidos, que no deja de ser una más de las tóxicas democracias occidentales, donde 65 853 516 de personas votaron por la señora Clinton a sabiendas de las crueldades de que fue capaz. Y donde 62 984 825 votaron por el señor Trump teniendo claridad acerca de las que no tardaría en perpetrar. Donde, además, otra vez y gracias a esas tretas anexas, la cifra inferior de votantes resultó superior a la más elevada. Y he ahí a Trump gobernando.

Las dualidades de la concepción y el uso

En todos estos casos, así como en muchos otros, una ignorancia comprometida y egoísta que tampoco exculpa a una sociedad, o a una parte considerable de ella. Unos desequilibrios que son factibles y no dejan de crecer porque quienes forjan las estructuras políticas, económicas y sociales lo han hecho a su manera y conveniencia a lo largo de los años. O de los siglos, porque se trata de una práctica que viene desde la remota antigüedad.

Pero en los sustentos de la opresión están, conjuntamente, las potencialidades para la liberación. Habremos de hallarlas en los mecanismos de la participación, ahora establecidos para todo lo contrario. En la educación, la gran utilitaria del sistema, y, desde los albores del siglo XIX, la guarda principal y cínica del statu quo. Desde luego, también en los medios de comunicación, incluso, en los dominantes, actualmente, con la irremplazable función de acomodar los acontecimientos a la narrativa dispuesta. Y así.

La intencionalidad corrompida

Los entornos de autonomía son incómodos para el poder, que advierte en ellos los escenarios más desafiantes. Por eso, los planes de las instituciones educativas permanecen bajo rigurosa inspección. Por lo mismo, son promulgadas leyes que socavan la educación pública.

Los presupuestos de las instituciones educativas públicas son reducidos; a las universidades se las conduce a la ruina para facilitar su privatización, o, lo que es igual, se involucra a la empresa privada en la adecuación de los currículos, es decir, se efectúa una modernización educativa que lleva de cabeza a los tiempos de la Revolución Industrial, cuando el sistema educativo le manufacturaba obreros a la fábrica.

No se conquistará una sociedad distinta mediante esquemas supeditados a finalidades particulares, de clase social o sectoriales. Mucho menos, partiendo de la actual situación de carencia de soberanía, ausencia de fines comunes y perspectivas humanas (humanitarias y humanistas).

Sólo los ciudadanos que tienen idea de dónde están parados le otorgan la cualidad de digna a una sociedad.

La naturaleza del plan educativo corresponde a un cálculo económico y político. El currículo no es la concreción de determinada cultura ni el sitio excepcional donde confluyen nociones epistemológicas con saberes ancestrales, el barniz sociológico con los vuelos de la praxis, la conjetura antropológica con las fisonomías específicas del educador y el educando. No puede suceder de otro modo toda vez que la intencionalidad del sistema educativo, corrompida en el fondo, no luce diferente en la forma.

Objetivos aleves

El Estado que apunte a encarar los desequilibrios, no queda otra, deberá comenzar por confrontar su armazón y el propio carácter. El primer paso no es saber quienes son los ciudadanos, lo que sin duda es útil para la coacción y las cargas impositivas, sino allanar el camino para que los propios ciudadanos se conozcan a sí mismos. Que sepan dónde habitan y de dónde vienen, porqué están como están, para qué son buenos. Sembradío fértil para la educación.

Y donde comienza la entereza de un pueblo. Sólo los ciudadanos que tienen idea de dónde están parados le otorgan la cualidad de digna a una sociedad. La conversión que se plantee en términos distintos, o la propuesta bajo los Estados hostiles que imperan hoy en día, ha de ser fraudulenta y han de ser endebles, si no aleves, los objetivos.

Educación y desarrollo en América Latina

Educación y desarrollo en América Latina, con poquísimas excepciones (Cuba, por ejemplo) son elementos vinculados. Por el contrario, y por lo general, en esta región del mundo se trata de cuerpos de relación inversa. Una educación adecuada al subdesarrollo y para mantenerlo, o sea, durante más de tres décadas, una educación enmarcada en la concepción neoliberal de la economía y la vida.

No es un sistema que no lleva a ninguna parte. Al contrario, conduce con seguridad al puerto de los desequilibrios. A veces previstos por quienes determinan los rumbos, a veces no lo suficiente, y esas son las escasas brechas salvadoras.

En ocasiones, las adversidades monumentales son tasadas como reveses ineludibles en aras de la voracidad de élites con unos Gobiernos a su servicio y los Estados coartados. Y ese mal mayor justifica, inclusive, uno que otro medio bueno para lograrlo. Esas son la mejoras educativas. Tanto más dañinas cuanto más apropiadas le resultan a los regímenes.

Educación y desarrollo en América Latina serán términos con algún sentido real para nuestros pueblos solamente en la medida en que tengamos claridad acerca de lo que quiere decir cada uno. Educación, sí, ¿para qué? Desarrollo, sí, ¿para quién? Esas precisiones, tal vez, nos acerquen a comprender dónde estamos parados y porqué estamos como estamos. Lo demás, démoslo por cierto, son rodeos, o, peor aún, adelantos lesivos.

BIBLIOGRAFÍA

Fernández Liria, Carlos; Fernández Liria, Pedro y Zahonero, Luis Alegre. (2007). Educación para la Ciudadanía. Ediciones Akal: Madrid. Disponible en: https://dispensario22.files.wordpress.com/2013/12/educacion-para-la-ciudadania-1.pdf

Davies, Nicolas J.S. (2010). Blood on our Hands: the American Invasion and Destruction of Iraq. 440 págs. Nimble Books LLC.

VER:

 

Fuente Sua voz na conjuntura - Carta Maior

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