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Yemen: no hay guerras apacibles ni controladas

GUERRA CONTRA YEMEN - Parte 5

Yemen: no hay guerras apacibles ni controladas. dXmedio. Foto: "Haraz Mountains, Yemen”. Rod Waddington (CC).
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La guerra extraña y lejana contra Yemen retumba ahora mil kilómetros adentro del reino árabe. La joya de la corona y de bolsillo de los Al Saúd, la opaca empresa estatal Aramco, no despierta en los inversores la misma confiabilidad de unas semanas atrás.

Quinto de seis artículos través de los cuales intentamos brindar un poco de luz sobre un conflicto atroz, silenciado y olvidado por Occidente.

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Yemen: No hay guerras apacibles ni controladas, y la prueba es el propio país más pobre de la península árabe, enfrentado a uno de los más ricos. Porque Arabia Saudita es el mayor comprador de armas del mundo. Por lo visto, lo comprueba Yemen, eso no significa que sea el más poderoso.

Tan lejos, tan cerca

Occidente permaneció callado porque la de Yemen era una guerra remota y extraña. Pero hoy en día son imposibles esas guerras antaño retiradas, ajenas. Lo bueno de la globalización incluye cosas tan malas como lo mejor de los nacionalismos exacerbados: aun las acciones sepultadas dentro de una frontera nos involucran a todos y casi por igual.

La escaramuza distante afecta al resto del mundo. Aún más una guerra arrolladora librada en una zona crucial para la energía que lo mueve. Y que seguirá moviéndolo hasta que se extinga cualquiera de los dos, el petróleo o el mundo.

La guerra de Yemen, con monumentales despliegues terrestres, incursión de aviones no tripulados, bombardeos aéreos, cerco naval e ilegal bloqueo humanitario y comercial, permaneció cubierta bajo la alfombra por un lustro. Hasta que unos cuantos petardos de los yemeníes dieron en el talón de Aquiles del reino árabe: su petróleo. Y ocasionaron estragos.

Petróleo. La fortaleza es la debilidad.

En el tuétano de la fortaleza siempre está la debilidad. El petróleo, gracias al cual los árabes se dotaron de las armas más avanzadas, exhibió a su vez la grande incompetencia defensiva. Bueno, siendo precisos, las armas más costosas ofrecidas por los timadores que expenden armamento. 

Cuando el 14 de marzo de 2019 diez drones yemeníes impactaron en las instalaciones petroleras de Buqayq y Khurais, al este de Arabia Saudita, nadie daba crédito a lo que sucedía. Ni en los recintos de oro de los extravagantes palacios sauditas ni en los gélidos pasillos calentados con tungsteno del Ala Oeste de la Casa Blanca.

Las portentosas e inconcebibles columnas de humo procedían de Aramco, la petrolera de bolsillo de los Al Saúd. Unos las veían en las imágenes de satélite de la NASA, otros por la ventana.

Primero, no creyeron en lo que veían en frente. Luego, no aceptaron lo que oyeron: el atinado golpe a la mayor planta de procesamiento de crudo del mundo había sido infligido por una banda de insurgentes. Los menospreciados hutíes, el subvalorado movimiento popular Ansarolá.

Inocultable fue el desconcierto. Los Hutíes se atribuyeron pronto la responsabilidad de la ofensiva. No obstante, el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo (Twitter, 2019), le endilgó la culpa de la operación a Irán. Fueron tales la inmediatez del pronunciamiento y la ligereza del mismo que el señor secretario descalificó de entrada la propia acusación. Quemó la fecha sin arrojarla, es decir, la mentira mientras la decía.

El daño fue hecho

El 50% de la producción diaria de Arabia Saudita se suspendió. Alrededor de 5,7 millones de barriles de petróleo y 2000 millones de pies cúbicos de gas (Bloomberg, 2019). En otras palabras, se interrumpió el suministro de cerca del 6% del petróleo crudo global.

Los mercados se estremecieron. Los implicados se apresuraron a calmarlos, incluido el presidente Donald Trump. Este, incluso, autorizó la liberación de crudo de la Reserva Estratégica de Petróleo (@realDonaldTrump, 2019).

Las despensas petroleras apropiadas por el régimen de los Al Saúd aprontaron millones de barriles. En los tanques del reino y en los de Okinawa (Japón), Rotterdam (Países Bajos) y Sidi Kerir (costa mediterránea de Egipto). Pero el daño ya estaba hecho.

Del bolsillo a la bolsa

La conmoción se siente donde duele. La sombría Saudi Arabian Oil Co., conocida como Aramco, pospuso sus planes avariciosos para 2020 o 2021. Vaya uno a saberlo. 

Antes de la embestida, Aramco aceleraba los preparativos para efectuar una oferta pública de venta (OPV) inicial. La empresa planeaba cotizar en bolsa en noviembre de 2019, o antes, y debió posponer la aspiración para fines de diciembre.

Otra vez. Porque son reiteradas las prórrogas desde que, en 2016, se pregonó su salida a bolsa como la mayor de la historia. Más de tres años después, la expectación se ha enfriado unos cuantos cientos de millones de dólares.

Los inversores locales son presionados y chantajeados. Pero los ataques yemeníes y las actuaciones criminales de los Al Saúd enredan la gestión con los esquivos inversores extranjeros.

Ya que los últimos acontecimientos no ayudan, tampoco es para menos el último retraso. Bien que con los inversores locales no hay dificultades, pues bajo presiones y chantajes sobran los interesados a voluntad, con los esquivos inversores extranjeros la gestión se enreda. Estos quieren franqueza y pormenores acerca de las condiciones de la empresa y de las ganancias.

Yemen: no hay guerras apacibles ni controladas

Teniendo en cuenta que el ataque yemení a la refinería redujo la producción a la mitad, así fuera temporalmente, surge una inquietud. ¿Cuál es la capacidad del reino para proteger los activos energéticos? Ahí no paran las dudas. Muchos se preguntan por el grado de interferencia del estado (o sea, de los Al Saúd) en la estrategia corporativa de la empresa (Financial Times, 2019).

Los dividendos anuales -asevera Riad- serán de 75 mil millones de dólares. Una atracción poderosas para inversores ávidos, pero, igualmente, un reto descomunal para una empresa damnificada y con los precios del petróleo a la baja. 

A la tentación de los grandes réditos para los inversores se añaden otros ofrecimientos: rebaja en las regalías (royalties) y reducción de la factura fiscal. No obstante, ahora no es sencillo para Bin Salman lograr la valoración pretendida de dos mil millones de dólares. Y en el caso de alcanzarla, mantenerla. Lo cierto es que de la aspiración de recaudar 100.000 millones de dólares, Riad deberá ahora conformarse con los tercera o cuarta parte de esa suma.

Vale destacar que mediante estas operaciones, la corona saudita espera llevar a cabo proyectos para disminuir la dependencia petrolera. Y patrocinar las apetencias de modernización asimétrica del Reino.

De momento, el príncipe se sentó a esperar una mejora en la cotización de la empresa, que no llega porque no hay sosiego en la región. No lo hay porque él mismo, con sus asesinatos (Jamal Khashoggi), secuestros (el primer ministro de El Líbano), conquistas fallidas (Yemen) y rencores excesivos (Irán), no lo permite.

Los riscos del Reino

Los medios occidentales, haciendo eco de las declaraciones de los sauditas, muestran a los hutíes como una pandilla advenediza, integrada por seres atrasados.

Del mismo modo, presentan la invasión y el mantenimiento de la guerra en Yemen como una especie de proyección holográfica de una pugna regional entre Irán y Arabia Saudita. Una visión llana de un asunto complicado.

Las pruebas de la participación de Irán en este conflicto resultan tan vaporosas como las ofrecidas por Pompeo, vía Twitter, de la autoría de Irán del ataque a Aramco.

La verdad es que las pruebas de la participación de Irán en el conflicto han resultado vaporosas. Tanto,  como las que ofreció el señor Pompeo por Twitter, trino tras trino, de la autoría de Irán del ataque a Aramco. Y tan estrafalarias como los cartones descoloridos que muestra Netanyahu, año tras año, ante la Asamblea de la ONU. Aquellas atinentes al supuesto programa secreto persa de armas nucleares (Presstv, 2019).

El desespero del invasor

La matriz no es novedad. Antes, en mayo, un oleoducto árabe fue atacado por los hutíes, y, después, varios petroleros. Los sauditas acusaron pronto a Irán. En un comunicado, se afirmó que las actuaciones iraníes constituían “graves violaciones” de las leyes internacionales. Y que se podían “considerar crímenes de guerra”, sostuvieron los sauditas

La acusación llegó a través de un retórico y belicoso discurso del rey Salman. Y de una orquestada exhibición de trozos de armas iraníes a cargo del coronel Turki al Malki, nada menos que el portavoz de la coalición militar árabe que interviene en Yemen.

Y encontraron el modo, el lugar y la coyuntura pertinentes: tres cumbres (del Consejo de Cooperación del Golfo, de la Liga Árabe y de la Organización de Cooperación Islámica). En la Meca, durante el mes sagrado del Ramadán (DW, 2019).

En acostumbrada respuesta, los aviones de la coalición árabe se abalanzaron entonces sin rodeos, esta vez sí, contra “objetivos legítimos”. Realizaron bombardeos “precisos” contra Saná, la capital de Yemen. Bueno, no tan precisos. El Ministerio de Salud de Yemen informó que al menos hubo 6 civiles muertos y 32 heridos (El Espectador, 2019).

La resistencia tiene razones

Con respecto al perfil difundido de los hutíes, por igual, nada más lejos de la realidad. Es cierto que durante un largo período fueron relegados a la pequeña superficie de una provincia marginada. Y es verdad que a primera vista parecería extraño que en corto tiempo creciera tanto su aceptación por parte de heterogéneos sectores de la población yemení.

La creciente aceptación de los hutíes entre la población yemení es fácil de rastrear en las políticas opresivas de Saleh y Hadi, su entreguismo a EE.UU. y Arabia Saudita, y al FMI, el BM y las OMC.

Pero las condiciones para esto son fáciles de rastrear. Fueron provistas por las políticas opresivas de los gobiernos consecutivos de Saleh y Hadi, su descomposición y el entreguismo a Estados Unidos y Arabia Saudita. Sin duda, además, por la infaltable pequeña ayuda de los amigos de ambos. El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, con sus medidas y recomendaciones. Para qué más.

Como apunta Mark Aguirre (2019): “Lo extraordinario es que estos campesinos tribales, sumando primero a otras fuerzas tribales y después a la gente ordinaria de las ciudades empobrecida por el neoliberalismo, hayan sido capaces de tomar el poder. Y mantenerlo firmemente después en una guerra brutal de agresión externa” (Viejo Topo).

Yemen, ciertamente, es una tierra con una fuerte inercia de partición tribal y desavenencias. Pero el indigno acorralamiento al que los intrusos han conducido a los pobladores, desde 2015, de igual modo, trajo consigo un sentimiento más cercano a lo nacional. 

Ese sentimiento refuerza, cada vez más, el carácter popular y masivo de las formaciones de marginados por las élites de adentro, y de pisoteados por los bandidos de todo lado. En el afán de dividir al país para saquear y usurparle territorios, los asaltantes lo han unido más. En definitiva, lo demuestra Yemen: No hay guerras apacibles ni controladas.

GUERRA CONTRA YEMEN. Seis artículos revisados. Publicación original: 3 de noviembre de 2019. Portal del canal internacional Hispantv.

  1. Yemen: otra guerra sin salvación ni justificación.
  2. La primicia sin prisa de los medios en Yemen.
  3. Cisma y cinismo en la guerra contra Yemen.
  4. Yemen: vieja ambición de los Saúd de Arabia.
  5. Yemen: no hay guerras apacibles ni controladas.
  6. En Yemen todo es posible, hasta la paz.

 

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