La guerra no suple olvidos en Colombia

La guerra no suple olvidos. Indígenas pastos. dXmedio.
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La guerra no suple olvidos, pero el Gobierno de Iván Duque en Colombia enfrenta la persecución y masacres de indígenas con más fuerza militar.

La guerra no suple olvidos en Colombia, pero las élites optan por la destrucción y la muerte antes que por la paz. Ni siquiera escogen la tranquilidad a medias que supuso el acuerdo con la guerrilla de las FARC. 

El Gobierno de Iván Duque hace trizas cualquier asomo de paz y recurre a la conflagración en todos los niveles, tanto en los campos, como en las ciudades.

Una usual táctica de los opresores en aprietos: las protestas encaradas con represión, las quejas con garrote, y las violencias con más guerra. Así afronta e incrementa el Gobierno de Iván Duque la tragedia que vive Colombia.

La guerra no suple olvidos

La guerra no suple olvidos, y por eso suena raro que en una región olvidada de la ley y de todo haga falta mayor presencia del Ejército. Extraño que los extensos territorios colombianos abandonados de programas sociales, vías, comunicaciones, y desarrollo, menos de nutridos destacamentos militares, requieran más pie de fuerza.

Pero maña es lo que tienen los expertos de escritorio que asesoran a Iván Duque en seguridad. Ellos, tan proclives al conflicto, tienen en mente que se trata de una oportunidad única para justificar el creciente presupuesto guerrero. Los abultados guarismos que algunos vieron en riesgo bajo la amenaza de un país en paz.

Más falta haría, en todo caso, que las siete bases que están allí y las unidades que habrán de llegar no se cruzaran de brazos. Que acudan a tiempo adonde tienen que acudir, a un palmo de sus narices. Y que cumplan los mandatos constitucionales, y no los mandados de coroneles vengativos o de altos mandos corruptos y perversos. Es una misión vana tratar de cubrir con el humo de fusiles unas comunidades desangradas y una región asolada. Está más que claro que la guerra no suple olvidos. Ninguna lo hace.

Ofensiva contra la paz

Se requiere, en otras palabras, que el Gobierno ponga en marcha el decreto derivado del acuerdo de paz con las FARC, el cual establece medidas de protección para las comunidades en riesgo.

Está claro que el acuerdo no es del gusto del presidente. Ni del gobierno ni de su partido. Mucho menos del senador Uribe, el dueño del partido, del gobierno y del presidente. Álvaro Uribe, el perjudicial Aprendiz del Embrujo (Comisión Colombiana de Juristas, 2019).

Es evidente que el acuerdo no se cumple ni se quiere cumplir en ninguna de sus partes. Y es claro que ese punto, el de brindarle garantías a las comunidades amenazadas, en particular, a las indígenas, es uno de los más desdeñables entre la fila de los desechados. Pero es una obligación gubernamental, no un tema de gustos. No debería serlo.

Las veladas de la seguridad

El denigrado acuerdo de paz firmado entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y la entonces guerrilla de las FARC, sin ser la ideal solución, contiene una que otra desembocadura necesaria. Salidas, además, formuladas junto con comunidades locales. Ahí se hallan alivios y, cuando menos, le evitaría al Gobierno continuar efectuando sus aparatosos e inútiles consejos de seguridad.

O sea, le permitirá a la sociedad librarse de las continuas representaciones mediáticas que presiden funcionarios nacionales, unas veces, antagónicos a priori de la paz, otras, despistados. Veladas mal secundadas por las autoridades regionales y mezquinamente sesgados por los dirigentes locales.

Luego de suministrarle tantas veces igual fármaco a las comunidades indígenas, está probado que no se trata de una medicación contra el problema, sino de la panacea para consolar audiencias.

Que (los militares) cumplan con los mandatos constitucionales, y no los mandados de coroneles vengativos o de altos mandos corruptos y perversos.

Hay que escuchar la voz de las comunidades que padecen la violencia en las entrañas. Incluso alguien elemental, como Iván Duque, debería saber eso. Hablar por hablar no permite oír ni atender los clamores sociales.

Hasta un personaje, tan inquietante como déspota, el cardenal-duque de Richelieu, lo hacía: “Hay que escuchar mucho y hablar poco para gobernar bien un Estado”. Eso dicen que dijo. Por eso su “bodeguita” de producción de infundios del siglo XVII funcionaba a la perfección, y, en cambio, las promesas de Duque, a principios del XXI, ni siquiera valen como engaño.

Cuestión de jerarquía

Algo elemental que nunca se hace: los sentidos gubernamentales puestos en el país que lo necesita. El presidente Duque rechaza de plano la posibilidad de desplazarse, desde Popayán, hasta el más allá, a pocos kilómetros.

A unos municipios y unos resguardos en los que también habitan millones de las almas en pena de ese país que debería estar gobernando.

Simple cuestión de jerarquía. El señor presidente lleva un año largo pintado en un cargo que por lagartería y de carambola le llegó. Los indígenas nasa ajustaron cinco siglos de resistencia.

Por los siglos de los siglos

Quinientos años resistiendo a los conquistadores españoles, como Sebastián de Belalcazar y Juan de Borja. A los jesuitas del siglo XVI y las Misiones católicas del XX, con sus vicariatos y prefecturas.

Al Instituto Lingüístico de Verano, nada más, ni nada menos. Las luchas agrarias de la primera mitad del siglo XIX y a los hacendados tramposos de la segunda mitad. A las alcurnias payanesas y la voracidad latifundista de las familias caucanas, como los Mosquera, los Valencia, los Arboleda y los Zambrano, desde la Colonia, hasta esta semana.

Los indígenas nasa llevan siglos resistiendo […] a las alcurnias payanesas y la voracidad latifundista de las familias caucanas, como los Mosquera, los Valencia, los Arboleda y los Zambrano, desde la Colonia, hasta esta semana.

Aguantando la esclavitud y el terraje. Las subastas públicas del general Rafael Reyes y las ideologías de “progreso” de Laureano Gómez. El azúcar y sus ingenios angurriosos y desbocados, desde los años sesenta del siglo anterior, hasta ahora. O a los colonos usurpadores, y a los demás facinerosos de todos los géneros y épocas.

Ah, y hace uno, dos o más milenios que esos indígenas yacen plantados en esas mismas tierras. Tierradentro, el Macizo, sus ríos, sus montañas. Ojalá que el tal señor presidente escuche alguna vez, así sea por WhatsApp o teléfono, la voz de aquella conciencia milenaria. Antes, al menos, que la inconsciencia que le susurra al oído, desde una finca, como un trombón.

Y otra vez: la guerra no suple olvidos

Los indígenas comprenden los territorios y las peleas que se libran por su control. Conocen a los actores y las complejas tramas de la guerra por el poder en las que están atrapados. Todo lo demás, desde los sentidos mensajes, hasta las pasajeras medidas de impacto en la opinión pública, apenas son expresiones de la complicidad gubernamental con los verdaderos gérmenes del genocidio en marcha.

Ojalá, en algún instante, la dirigencia admita que la guerra no suple olvidos, así como tampoco la soberbia. Sólo un tramo de voluntad, algo de templanza y un poco de inteligencia le faltan al Gobierno de Duque para suplir el futuro sombrío que le espera a los indígenas colombianos. En particular, a los del Cauca. Y que lo haga con lo que quiera que se le ocurra, así sea con su agusanada economía naranja.

Referencia:

  • Comisión Colombiana de Juristas. (2109). “El Aprendiz del Embrujo”. 4 de octubre. Completo en: https://www.coljuristas.org/nuestro_quehacer/item.php?id=259

SERIE

Muerte a indígenas.

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