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¡Lo invisible se ve!

Días sin IVA en Colombia en plena pandemia

La ibuena idea gubernamental de morir comprando.

Días sin IVA en Colombia para fomentar el negocio redondo de los dueños del país, los financistas, los banqueros, los especuladores.

Un tema nacional ha llamado la atención sobre Colombia en ámbitos y medios internacionales. No para bien, claro está, sino como motivo de burla. Algo que se vio afuera, con justificada razón, como un chiste de humor negro del gobierno. Los días sin IVA en Colombia en plena pandemia del coronavirus. Una ingeniosidad perversa que puede costar vidas. 

El Gobierno, la ministra de Interior y Fenalco (de dientes para afuera), trinaron exhortaciones de cumplimiento de las medidas restrictivas a alcaldes y gobernadores. Prestos inculparon a los compulsivos compradores que les hicieron caso. Los artífices del desmadre, originado por una peregrina idea uribista vuelta ley, la del día sin IVA, llamaron al orden con vehemencia.

Quienes crearon el pandemonio en plena pandemia efectuaron las amonestaciones. Recriminaron a los televidentes de la circense función presidencial diaria por acudir en manada a ese ineludible llamado de la selva capitalista y adquirir nuevos trastos. Televisores que no debían con los pocos billetes que tenían (¡tarjetas de débito!). O para hacerse a lo que querían con la plata que no tenían (¡tarjetas de crédito!). Todo, mientras el coronavirus andaba en plena temporada de caza.

Los humanos anfitriones del agente infeccioso inundaron de cuerpo presente las grandes superficies de los principales almacenes de cadena. Estos cerraron los portales de venta por internet justo antes de comenzar el trajín de mercachifles.

Un convite sin cortapisas, sin confinamiento, sin CoronApp. Nada de congruencia con los coercitivos decretos presidenciales. Ninguna coherencia con las peroratas soporíferas de Iván Duque en sus concilios de falsa conciliación.

Cerraron los portales para actualizar los precios recién trepados, o los congestionó la inusitada aglomeración virtual de ilusos. O los tumbaron. Todo es posible en una comarca con un subdesarrollo digital rampante, pero nunca reconocido. Y con unos elocuentes voceros oficiales, empresariales, institucionales, a los que sólo se les puede creer lo que no aseguran.

Álvaro Uribe lleva más de dos décadas luchando, a brazo partido, contra la justicia, contra la salud, y contra todos y cada uno de los escasos beneficios colectivos alguna vez conquistados por los colombianos.

Fuera de eso, a los obedientes compradores los despedazaron por las redes los compatriotas celosos e iracundos. Aquellos que se pueden dar el lujo de no ir de compras cuando sueltan esa sarta de inconscientes.

Bien porque tienen demasiado dinero para gastar en un día lo que pueden despilfarrar sin afanes durante los mil o dos mil días del resto del año. Estratos 9, 7, 6, hasta 5. Bien porque no tienen un maravedí, ¡una moneda!, en el bolsillo.

Los paisanos que engordan el resentimiento con atunes de «terlenca» y salchichas de cartón, viendo, por el televisor que todavía deben, a otros fulanos como ellos atrapar modelos con pantallas más grandes. Y con más funciones inútiles que los suyos. La clase media. Según el gobierno, estratos 1, 2, 3, 4, hasta 5. 

Despotrican, como pueden, de quienes corrieron a comprar televisores en rebaja. Y no, por ejemplo, pelotas de caucho para desafiar paredes, o bates acordes con la violencia intrafamiliar creciente. O cualquiera de los instrumentos musicales de cuatro pesos que figuran en la lista de los artículos exentos. De juguete, claro está, como todas las cosas serias de este país. 

U otras cosas igual de inútiles que ellos querrían disfrutar. O las que tampoco se les ocurriría tener, como libros. A no ser para embadurnar una que otra pared con miras a dejar algún vestigio de erudición por Instagram o Facebook. 

Porque una población educada desde la escuela para no leer, qué va a ser capaz de enfrentarse en campo abierto, bueno, en casa atrancada, con un libro. Ciudadanos instruidos para memorizar las falsedades de la historia oficial y tragarse los apasionados engaños de los medios criollos,

Una población estimulada con paciencia en el arte de degustar las idioteces supinas de cada día. Amaestrada para montar jamelgos indómitos y jumentos de millones.

No digamos un libro clásico. Siquiera un librito más o menos bien escrito. Ni falta que hace, teniendo siempre a la mano, en la red, los amenos “cartelitos” rellenos con axiomas célebres.

Frasecitas extraídas sin dolor de los miles de libracos escritos para hacer más felices y mejores personas a quienes se dedican a matar gente. A tapar asesinatos, callarlos, auspiciarlos o bendecirlos.

En una sociedad que da los pasos de cada día sobre el filo de la navaja que porta una dirigencia nacional obtusa y malechora, lo que se logra es la rodada, jamás un ascenso.

¿Qué otra cosa cabe esperar en una república que se jacta de los valores democráticos de que carece? Sobre todo, con un gobierno que pregona la bobería por cultura. En el que el terror no es un género literario o cinematográfico, sino un signo de identificación que se vende como pilar de identidad.

¿Qué otra cosa cabe esperar en una república que se jacta de los valores democráticos de que carece?

Un miedo poderoso que rebosa los corazones y que, al contrario de lo que pensaba Lovecraft, el escritor estadounidense maestro de la categoría, en Colombia no nace del temor a lo desconocido, sino a lo conocido. A las salvajadas ininterrumpidas que perpetran fuerzas oscuras compuestas por personajes claros. Los celebérrimos y sabidos.

Qué otra cosa se podría aguardar de un gobierno de enrevesadas cuentas alegres. El que anuncia como un logro la llegada de cien ventiladores. Nadie duda que cien es mayor que cero, pero pocos pueden afirmar que cien son algo más que nada.

Más aún en medio de unas cifras de infectados en aumento. alimentadas por decretos de trujamanes. Como aquel de los días sin IVA en Colombia en plena pandemia

Un gobierno que exhibe como ganancia lograr que la condena para violadores de niños pase de sesenta a veinticinco años. Y que insiste en que el cambio es una ampliación, un incremento notable de las penas. Un Gobierno cuyas acciones inoportunas son puro oportunismo.

Un gobierno que intenta convertir las expresiones artísticas en una miserable feria empresarial de extramuros. A los artistas nos les quedará más remedio que actuar de negociantes. Deslucidos negociantes que a duras penas estafarán a los artistas embolatados que llevan dentro.

Cómo le van a poder cambiar los hábitos, de súbito, a tal pueblo. Sólo por la obra y la gracia de algún “webinario webón”, o de un estímulo embrollado y tramposo. 

Uribe lleva más de dos décadas luchando, a brazo partido, contra la justicia, contra la salud. Contra todos y cada uno de los escasos beneficios colectivos alguna vez conquistados. Lanza en ristre contra el estado social de derecho mal que bien agenciado con la Constitución del 91.

El expresidente brega en contra de los intereses de la mayoría de los colombianos. Incluso, por supuesto, de los de sus propios seguidores. Los miles de tozudos que no terminan de aceptar quien es él, precisamente, por no saber quiénes son ellos ni en cuál escala de la desgracia están parados. 

Más de dos décadas con Uribe a cuestas, y, por más que nos fustigue, a lomo de empresas criminales, corrompidas y corruptas, fue tal el número de conciudadanos que aún lo endiosaban hace dos años,

Tanto, que sin chistar acataron la directriz de poner, en la enumeración vana de los presidentes de Colombia, el cero a la izquierda que es el actual.

Un mandatario sin mandato, una representación antropomorfa a la que se le ven los hilos cada que bascula entre Álvaro Uribe y Sarmiento Angulo. Mirando un tanto más allá, por los entresijos de la Historia Patria, hay que admitir que las élites llevan más de dos siglos haciendo lo mismo.

No hay nada nuevo bajo el sol de custodia de este país, y, todavía, millones de colombianos aceptan aquella idea de que los hombres honorables son hombres y honestos. Y de que las damas de alcurnia no son damas de alcornoque (o vicepresidentas). Una idea sembrada con sangre y regada con catolicismo, leyes de bolsillo y morales mafiosas.

En medio de toda la pandemia consumista, la única esperanza que resta es que las multinacionales que manufacturaron los televisores recién comprados hayan hecho bien las cosas.

Que la obsolescencia programada surta efecto a tiempo, unos días antes del 13 de marzo de 2022. Es decir, de las próximas elecciones presidenciales, a ver si menos incautos vuelven a comerle cuento a los politiqueros de baratillo.

Esos que venden días sin IVA en Colombia en plena pandemia. Días sin IVA como gangas de pueblo para el pueblo, y no lo que son de verdad: una gratificación descarada para los grandes almacenes. 

Y, ante todo y sin lugar a dudas, para la banca, pues las rebajas supuestas sólo operaron y operarán para pagos electrónicos. Porque, dice el gobierno sin disimularlo, con estos días de romería mercantil “lo que se busca es fomentar el comercio electrónico”. O sea, el negocio redondo de los dueños del país, los financistas, los banqueros, los especuladores. Ladrones que roban de verdad y no meros ladronzuelos. Adivinen, por ejemplo, como quien. 

Esos que tienen claro que la muerte de cinco mil pendejos la justifican ventas por encima de cinco mil millones de pesos, más una acrecentada facturación por ahí en un 300%.

Esos que tienen claro que la muerte de cinco mil pendejos la justifican ventas por encima de cinco mil millones de pesos, y una facturación acrecentada por ahí en un 300%.

Así que está bueno ya de pensar que los malos son tontos, o que los tontos tenemos la culpa de ser tontos y culpables. Ni embucharse eso de que los avispados son buenos, y, menos aún, de que los buenos pueden ser mejores que los malos.

Ni pensarlo en un país en el que los malos de verdad mandan, justamente, porque muchos buenos los eligen. En el que, además, los valientes e espantan con la piel del tigre que acaban de matar.

Ojalá, más bien, que por ese montón de televisores recién comprados los conciudadanos ungidos vean a diario el ameno programa del presidente por cadena nacional. Que lo vean por los televisores con tantas pulgadas de más, antes de que se les fundan.

Quién quita que el incapaz Duque, songo sorongo, con sus divertimentos de circo pobre consiga lo que su jefe no ha conseguido en los veinte años de mortificante figuración.

Acomodarnos el tapabocas, pero quitarnos la mordaza. Ponernos en cuarentena, pero librarnos de todo lo que él, ella, ellos, ellas, aquel, aquellas, son y representan. Por el camino de empalagarnos con su causa y sus convicciones falsas, como va, va muy bien.

Sea como sea, algún día tendremos que estarle muy agradecidos al actual presidente. Puesto que Duque está materializando lo que Juan Manuel Santos, a pesar de sus destrezas de jugador de poker, jamás consiguió:

Mostrarle al país, sin medias tintas ni titubeos, quiénes y cuáles son las prioridades suyas. Las del partido, el Centro Democrático; las de su preceptor de refriegas, Álvaro Uribe, y las del que dice este.

La ventaja es la desgracia de que el presidente Duque no tiene la mínima intención de cambiar, ni la suficiente capacidad para hacerlo. Así que, ojalá no me equivoque, Duque habrá de exorcizar a Uribe.

Ver también

Otras causas de la movilización en Estados Unidos.

Fuente deXmedio Tercer Canal

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