Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Y aquí no pasa nada: violencia y corrupción en Colombia

Es intolerable que el presidente Iván Duque esté envuelto en pasajes tan oscuros como la compra de votos. O que lo estén los que lo rodean. O los que rodean al que lo ronda, el expresidente Álvaro Uribe, a quien Duque le debe todo, empezando por la posible mal habida presidencia.

Y aquí no pasa nada, la frase recurrente de las élites para describir cada suceso siniestro que vive un país aletargado por una guerra de décadas. Una parte de Colombia padece desplazamientos, usurpaciones y masacres. La otra lo presencia indolente.

A la descomposición institucional se agrega el caos de un Gobierno que viene de escándalo en escándalo. Penetración de la delincuencia organizada en todos los niveles, corrupción e impunidad distinguen al gobierno de Iván Duque. ¿Por cuánto tiempo más estarán dispuestos los colombianos a soportar a Duque, o a gobiernos como el suyo?

La flexibilidad ideológica

En Colombia hemos perdido la capacidad de asombro. Los hechos inconcebibles en cualquier lugar del mundo acaso suscitan unos hombros encogidos. La cotidianidad de lo extraño vuelve habitual admitir con mayor facilidad un sartal de mentiras que cualquier verdad, por evidente que sea. Lo inverosímil es común y corriente. 

No porque a estas alturas traguemos sin deglutir los apelativos literarios del “realismo mágico” o de lo “real maravilloso”. O lo barroco no sé qué en un país de contradicciones profundas con el tiempo empleado en sobrevivir desempleados. Y donde ni el desocupado lector lee. 

[bs-quote quote=»No es una trama mediática de conspiración, como aducen los delatados. Se trata de un entramado de corrupción que pone en marcha una vieja, pero precisa, maquinaria electorera.» style=»default» align=»left» color=»» author_name=»Juan Alberto Sánchez Marín» author_job=»Periodista, analista y director de TV colombiano.» author_avatar=»https://mly4yvvdjq92.i.optimole.com/OHjWLdw-ZdCd1llY/w:auto/h:auto/q:mauto/process:3015/id:e632c093685ced1e49cd9b35543fbda0/https://www.dxmedio.com/juan-albertosanchez-marin-dxmedio-60×60-1.png» author_link=»https://www.dxmedio.com/juan-alberto-sanchez-marin/»][/bs-quote]

Nada de eso. Lo increíble acostumbrado en que se funda esa insensibilidad apunta a la dualidad que opera en la psique de muchos colombianos. En ocasiones, deliberadamente, en otras, de modo inconsciente.

Una veces, del fuero interno; otras, como algo circunstancial. En todo caso, apropiada para suavizar el culebreo hipócrita de convicciones en venta. La ética maleable, y un enervante relativismo moral encubriendo los bandazos extremistas. 

Condición que, junto a las dificultades (cabe aquí un bonito colombianismo: afugias) económicas de grandes sectores de la población, viene de perlas para los ladinos manipuladores de élite. No obstante, aunque se retuerzan las cosas simples, la premisa clave es elemental: la degradación nunca será eximia. 

Ladrón que roba ladrón…

Pero a las acciones ruines no las libra ninguna flexibilidad ideológica o política. Las combas de la jornada criminal no se enderezan con reiterados despliegues de rectitud,  por más que se repita, grite o clame lo opuesto.

Bajezas insignificantes que no acontecen con igual facilidad, grado e impunidad en otros lugares. Al menos, no con tal descaro ni de manera tan sistemática y permanente.

A medida que los ríos envenenados dejan de cruzar nuestras montañas, la descomposición ética y moral se precipita por los cauces secos del país. Una afluencia que no perdona ni al carterista ni a las élites. Pero no nos confundamos. El primero (el carterista) no es tan culpable como las segundas (las élites). Más bien es su víctima. 

El ratero quizás corone una cartera, pero hace rato que al ladrón le robaron lo poco o mucho que pudo ser y tener. Se trata de una patria donde el destino obligado conduce al hampa.

Por elección, porque es nicho más próximo al aireado modelo del éxito. Por obligación, puesto que la alternativa de ser bueno, para muchas capas sociales, no es una alternativa. Al ladrón le quitaron, desde la cuna, entre otras cosas, la posibilidad de haber sido honesto. 

El parasictarismo nacional

Una élite despojó al carterista de antemano. Sigue haciéndolo. Asalta el carterista en la esquina oscura. Políticos, gobernantes y otros selectos hacen lo mismo en las oficinas del Estado, bancos y corporaciones. Unos y otros roban el futuro y las esperanzas.

Con los hurtos del carterista, los auténticos ladrones distraen a los idiotas de sus propias fechorías mayúsculas. A conveniencia mantienen al país patas arriba.

Poco se justifica que alguien robe, pero se entiende que cualquiera lo haga en un país manejado por saqueadores y maleantes. Muchísimos ladrones de minucias y sobrantes hay en la base de la pirámide, Sólo unos cuantos en la cúspide adueñándose del conjunto.

Élites que roban, incluso, el tiempo, la vida y las monedas que se rapan entre ellos los de abajo, ladrones y no ladrones. El peso de las leyes cae con rigor sobre el ladronzuelo de la base, en tanto que la sociedad le impone la condecoración al otro.

Aunque el ratero le hurte la cartera al pudiente, el ladrón no logra un almuerzo ni el robado pierde un peso. De nada le sirven los millones electrónicos al que no tiene nada. Para todo le vale el dinero que no existe al acomodado.

Dos similares modelos parasitarios de la existencia: uno, por excesos; el otro por defecto. Ladrones de negocios y ladrones por los negocios. 

 Corrupción e impunidad: la rondalla

Es intolerable que el presidente Iván Duque esté envuelto en pasajes tan oscuros como la compra de votos, o que lo estén los que lo rodean. Y los que rodean al que lo ronda, el expresidente Álvaro Uribe, a quien Duque le debe todo. Empezando por la posible mal habida presidencia. 

Aún más inadmisible es que esas compras al por mayor de votos se hayan hecho con los dineros de prestantes empresarios que son señalados socios de narcos como “Marquitos” Figueroa, y renombrados finqueros asociados con alias más que con nombres, como “el Ñeñe” Hernández con Mandarino, don Hernán y el Huracán.

No podría alegar la Justicia que la ratería es tradición cultural. Los abogados no podrán justificar la práctica por alguna propensión al folclore. No es una trama mediática de conspiración, como aducen los delatados.

Se trata de un entramado de corrupción que pone en marcha una vieja, pero precisa, maquinaria electorera. Para montar, claro está, desde concejales, hasta presidentes. A unos y a otros, helos ahí.  

Inadmisible que esas compras de votos al por mayor se hayan hecho con los dineros de prestantes empresarios. Esos que son señalados socios de narcos, como “Marquitos” Figueroa. Y de renombrados finqueros asociados con alias antes que con nombres, como “el Ñeñe” Hernández con Mandarino, don Hernán y el Huracán.

Muchos tratan de dejar en claro que, por enésima vez, todo aconteció de casualidad. Repulsivo que un partido de gobierno, del lema iniciático a los iniciados fervorosos, oscile entre bordes tan dudosos. El del candor, que es improbable, y el albur de estar integrado por maleantes azarosos.

Y que un expresidente, de las amonestaciones sombrías que expele al rabo de paja, y sea salvo e impune gracias al poder adquirido sobre andamiajes de corrupción, y a sangre y fuego.

O que a un presidente, del yo qué hago aquí al “¿de qué me hablas, viejo?”, en un país que se quema a contrarreloj, se le vaya el mandato sin hacer nada bien.

¿Un muñeco del Ñeñe?

El Centro Democrático es una estructura partidista impoluta, arguyen quienes defienden un partido atiborrado de trapos sucios. Un verdadero campo de corruptos en flor.

¡Cómo no van hacerlo!, si los mismos defensores han acometido idénticas acciones. Saneamiento de regiones, limpiezas sociales, barridos ideológicos y morales, depuraciones políticas, en fin.

Sin embargo, no hay excusa que valga. Lo mínimo esperable de cualquier militante, jefe o raso, sería que hubiera averiguado quién era el portador de semejante apodo: “el Ñeñe”. El candidato debió saberlo bien. Al fin y al cabo, era su “hermano” desde las poco lejanas y nunca olvidadas épocas del triciclo.

Habría que tantear siquiera qué tan ñanga es el tipo antes de hacerlo la ñaña. No porque se trate de un ñapango, que lo somos todos, sino porque en un país de ñeros, ñolas y ñiquiñaques no hay que ser tan ñoños. La campaña con artimañas, las triquiñuelas con maña.

No vaya a ser que un día un narco (vivo o muerto) le vuelva a uno la presidencia tal cual uno volvió el acuerdo de paz que halló: trizas. O añicos, al estilo de los “malafachas”. 

 No vaya a ser que un día un narco (vivo o muerto) le vuelva a uno la presidencia tal cual uno volvió el acuerdo de paz que halló: trizas. O añicos.

No será la “Ch” mixteca de la “Chilanga Banda” (Café Tacvba), sí es la “ñ” de la banda del Ñeñe difunto a la que se le saca partido. Que de vivo ya el Partido le sacó plata y le cambió votos por impunidad. 

Los emprendedores

Más que intolerable, resulta desmoralizador que las maniobras se efectúen con semejante desvergüenza. Una conducta propia de patanes a los que les importa cinco centavos el país. Peligroso, además, que esa patanería no sea infundada. Por el contrario, que tenga bases sólidas. Hay consciencia del poder a la mano y de la institucionalidad bajo control.

Eso lleva a que el presidente Duque se dé el lujo de no darle la cara a nada, y que no se caiga. Similares ideas hacen que el expresidente Uribe pueda creer que salir de una a escurrir el bulto es ser “frentero”, mientras los prosélitos toleran su traición y el degüello.

Por tal motivo, a los militares que les prometen voto se les va la voz, y ni voz ni voto a ver si ninguno de ellos habla ni menciona la corrupción tan campante.

Los fiscales generales en Colombia han hecho lo que tenían que hacer: nada. Y el recién nombrado en el cargo, Francisco Barbosa, pronostica lo que no hará del mismo modo que su antecesor, Néstor Humberto Martínez, anunciaba con bombos y platillos lo que jamás iba a destapar: la “nauseabunda” empresa criminal de la compra de votos.

He ahí la razón por la que los anteriores fiscales generales hicieron lo que tenían que hacer: nada. Y por la cual el fiscal recién nombrado (a dedo y de bolsillo), Francisco Barbosa, pronostica enfático aquello que jamás resolverá. Otro amigo de las etapas doradas de Duque. En este caso, de la época del pupitre. Memorable y casi tan próxima como la del triciclo.

La potencia del prepotente

Barbosa, pronostica lo que no hará del mismo modo que su antecesor, Néstor Humberto Martínez, anunciaba con bombos y platillos lo que jamás iba a destapar. La “nauseabunda” empresa criminal de la compra de votos, por ejemplo. Y quién sabe cuántos más emprendimientos delincuenciales todavía sin divulgar. 

Iván Duque, en todo caso, no se iba a quedar atrás en lo que respecta al runrún de que todo gobierno colombiano del nuevo milenio debe tener su Francisco o su Francisca.

El sagaz Uribe guardó a su locuaz «Pachito» Santos en la alacena vicepresidencial. Juan Manuel Santos tuvo en Dilian Francisca Toro su aliada incondicional (de muchas condiciones, eso sí) en el legislativo. Y Duque suple su déficit de potencia con el prepotente Francisco Barbosa. Otro capachito que habrá de empachar al país.

¡Y aquí no pasa nada!

Pasan y pasan los años; detrás de los años, las décadas, y detrás de las décadas, los siglos. Y los colombianos, usufructuando el título de la novela del escritor estadounidense de ciencia ficción Philip K. Dick, seguimos “aguardando el año pasado”. 

Peor aún: no dejamos de creer que un día revivirá alguna de las décadas menos malas de la historia patria. O que, de pronto, “¡Dios mediante!”, retornará quién sabe cuál ensangrentado siglo. Estamos equivocados. El infeliz pasado jamás se fue de este país.

Una espera dilatada y vana. Mientras tantos ciudadanos se repitan a sí mismos que “así son las cosas”, y tantos acepten agradecidos la realidad espuria de “¡así es la vida!”, las desgracias seguirán iguales. Aquí no pasa nada, podrán repetir otros aliviados. Eso tampoco asombra a nadie.

 BIBLIOGRAFÍA

Philip K., Dick. (1966). Aguardando el año pasado. (1988). Ediciones Jucar: Madrid.

VER:   Aumentan violencia y masacres en Colombia.

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Autor
Juan Alberto Sánchez Marín
Periodista y analista colombiano. Dir. cine /TV. Consultor ONU. Catedrático universitario. Telesur, RT, Señal Colombia, HispanTV. Dir: dXmedio.

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