Vivan las cadenas y viva la opresión - 6 | NOTICIAS y ANÁLISIS Colombia mundo INDEPENDIENTE | dXmedio

Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Vivan las cadenas y viva la opresión – 6

Vivan las cadenas y viva la opresión, o de lo contrario, en España o en América, no obtendrás ningún laurel, sino el cadalso.

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Vivan las cadenas y viva la opresión… Un cántico que muestra cómo la apropiación de la institucionalidad coercitiva es un legado que (colombianos y latinoamericanos) portamos en las venas desde antes de nacer.

Algo conservamos adentro de aquella nostalgia española por el Antiguo Régimen (Ancien Régime, en francés), que en nuestro caso equivale a mantener el perverso sistema actual de gobierno, y a sus gobernantes.

“Colombia es pasión” por el autoritarismo y la crueldad. La conjunción de globalización en el siglo XXI con identidades confesionales regionalistas arraigadas desde la Colonia le dio alas a Álvaro Uribe, y un vuelo que le duró casi veinte años.

La marca nacional promovida por él y sus funcionarios fue frenesí por la tiranía, tal cual a una parte de España le urgió, hace poco más de dos siglos, la restauración absolutista.

Uribe pudo leer, a comienzos del XXI, las subjetividades y frustraciones centenarias de sus compatriotas. Por suerte, ahora es incapaz de deletrearlas siquiera. Olvidó la elemental lección que la historia nacional y él mismo han ilustrado: para que las cosas permanezca igual es indispensable que cambien un poco. O que, al menos, simulen alguna variación.

El Luis XVI de los franceses y el Fernando VII de los españoles, ante la probada y total falta de abolengo por estos lares y momentos, corresponde hoy en día a pelafustanes energizados mediante el crimen.

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Promulgación en Cádiz de la Constitución de 1812. dXmedio.
Promulgación en Cádiz de la Constitución. 19 de marzo de 1812. Cádiz: Museo Histórico. dXmedio. 

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El oprobioso Antiguo Régimen francés y español es nuestro presente. Los colombianos no anhelamos el despotismo porque de tal esquema infernal nunca salimos. La podredumbre embrujó. Los bandidos son presidentes y patrones; el corrupto, prototipo.

La monarquía francesa de mil años finalizó con el último rey convertido en un miserable «ciudadano Capeto» (citoyan Capet), condenado y guillotinado. Cabe entonces preguntarse: ¿por qué una regencia mafiosa de dos décadas no ha de concluir con la dirigencia pagando sus culpas en el calabozo?

 

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¿Por qué una regencia mafiosa de dos décadas no ha de concluir con la dirigencia pagando sus culpas en el calabozo?

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Claro que España, en este y en ciertos asuntos, no deja de marchar en contravía de la historia: conserva su monarquía extemporánea. Aún da el mal ejemplo preservando intacta la degradada institución.

Son pocos los motivos para soportarla, pero lo hace, no ya con estoicismo, sino con tufillo de orgullo. Algunos súbditos, no todos los españoles, obviamente. Apenas poco más de un tercio dicen preferir el sistema monárquico al republicano.

Eso, según encuestas demoscópicas particulares, porque ni siquiera el Gobierno «semiprogresista» de Pedro Sánchez se atreve a indagar acerca de las preferencias. Seguramente, porque sabe la respuesta.

En la Zarzuela perdura un sainete

Aunque resida en el Palacio de la Zarzuela, la actual Corona española, antes que una zarzuela, es un sainete: un asunto, a estas alturas, grotesco, ridículo, si bien nada popular. También, jocoso, de no ser por lo gravosa y dañina.

En todo caso, ironías tiene la vida. La francesa Casa de Borbón (Bourbon), fundada por el propio Hugo Capeto (940-996), terminó en el país de origen con la cabeza sangrante del último rey (Luis XVI) sirviendo no más que de modelo para el busto de cera del museo de Madame Tussaud.

España, a la que los dolores de cabeza causados por Francia le costaron una vez la pérdida de sus territorios de las Indias Occidentales, en cambio, sigue cargando a cuestas (e impunes) a los mismos borbones gabachos.

Qué iban a creer los Cien Mil Hijos de San Luis que la dinastía del pelele (Fernando VII), que otra vez reinstalaban en el trono, duraría tanto. Y cómo iban a imaginar los españoles aquellos que la Década Ominosa no sería cuestión de once años, sino de dos siglos. Y todavía sin tierra firme a la vista.

Una monarquía que cada que puede zarandea la Zarzuela con sus derroches onerosos y un rumbo tan descarriado como la unidad nacional que afirma simbolizar.

Allende la mar…

Cuando corría el año de 1810, allende la mar, en la madre patria, las cosas, que siempre habían sido convulsas, ahora eran un mar de contradicciones y pujas de poder.

Los afrancesados reyes Carlos IV, el cazador cazado y casado con la amante de su valido, y Fernando VII, el deseado indeseable, permanecían felices en un cautiverio tan falso como sus reinados.

Dado el carácter inválido (y cornudo) de Carlos, quien de verdad mandaba (en la cama y en el reino) era su valido y favorito, el célebre Manuel Godoy. El rey, a duras penas, era su (Iván) Duque.

Los súbditos criollos de este lado del mundo, esos sí, eran adictos a los reyes borbones; por conveniencia, claro está. Pero los reyes ni a ellos mismos eran fieles. A tal punto que Fernando denunció, en la primera oportunidad que tuvo, a quienes iban a liberarlo de las acogedoras garras de París y a retornarlo a Madrid. Los rescatistas terminaron fusilados.

Ambos reyes se pasaban la corona como una papa caliente. Hasta que «el pequeño Corso», que no era tan pequeño, cortó por lo sano y nombró rey a su hermano, José I Bonaparte. Más conocido como Pepe Botellas, y mucho menos aficionado al arte de la botella de lo que difundió la pícara maledicencia de los ocupados.

España guerreaba hoy contra los franceses, luego contra los ingleses, y al día siguiente era aliada incondicional de unos u otros. Y firmaba alianzas y tratados amistosos donde perdía más que en las incesantes derrotas. V. gr., el Tratado de Fontainebleau, de 1807 (un acuerdo con Francia para invadir a Portugal, gracias al cual España terminó invadida).

España dividida

Entre tanto, florecían y se multiplicaban las juntas de Gobierno. La Junta de Sevilla (Suprema Junta de España y de las Indias), la Junta Suprema Central de Aranjuez, y el Consejo de Regencia (isla de León).

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3 de mayo en Madrid o Los fusilamientos. Goya. dXmedio.
El 3 de mayo en Madrid o «Los fusilamientos”. (1814). Francisco de Goya y Lucientes. Madrid: Museo del Prado.

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Ciertas inservibles Juntas más bien parecían comités de bienvenida para las tropas invasoras. Así que la resistencia recayó exclusivamente en la población. En particular, en una antigua estrategia de lucha (en la propia Hispania empleada frente al invasor romano) para la que entonces hubo de inventarse la palabra: las guerrillas.

En una España tan dividida cabían todas las posturas: afrancesados (a las órdenes de Pepe Botella y el Estatuto de Bayona de 1808), absolutistas (incondicionales de Fernando VII), jovellanistas (el monarca y las antiguas Cortes medievales) y radicales (la soberanía del pueblo).

El vacío de poder, vacatio regis, era tal que favoreció algunos empeños liberales, incluso, pudiéramos llamarlos progresistas. De las cenizas, como un ave fénix, resurgieron las ideas reformistas de Carlos III y su séquito de ministros, tan emperifollados como ilustrados.

En el empeño renovador fueron definitivas las Cortes de Cádiz, en realidad, una asamblea constituyente, y antes que en Cádiz, instalada en la Villa de la Real Isla de León, o, sencillamente, La Isla (San Fernando, desde 1813).

La totalidad del capítulo VIII de Cádiz, de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, describe el fervor de aquellos instantes inaugurales de las Cortes, el 24 de septiembre de 1810:

Nobleza, pueblo, comercio, milicia, hombres, mujeres, talento, riqueza, juventud, hermosura, todo, con contadas excepciones, concurrió al gran acto, los más por entusiasmo verdadero, algunos por curiosidad, otros porque habían oído hablar de las Cortes y querían saber lo que eran.  (Pérez Galdós, 1878)

Un fervor del cual quedan apenas unos cuantos párrafos desperdigados en las publicaciones de la época y en la pluma prolija de don Benito. Nada más, porque el monarca consiguió su cometido: «Como si no hubieran pasado jamás tales actos». Pero pasaron.

Gacetilleros y gatilleros

No mucho después, en 1814, los gacetilleros del rey le abrieron camino a los gatilleros y justicieros. Los unos, magnificaban el regreso del monarca y, aprovechando la ocasión, justificaban la represalia sin contemplaciones que venía detrás, confundida entre la bulla y los vítores.

Los otros, por su parte, simplemente, ejecutaban órdenes y parroquianos (liberales, por supuesto). Asesinaban, ahorcaban, amenazaban, desterraban, encarcelaban, torturaban.
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Pintura en apoyo al paro nacional de mayo de 2021 en Colombia. dXmedio.
Pintura en apoyo al paro nacional de mayo de 2021 en Colombia basada en «Los fusilamientos» de Goya. Autor: Edwin Morales Perdomo (@ARTEDWIN). Pintura digital.

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Bien parecido al modo en que los bodegueros y los medios (gacetilleros) cómplices del Gobierno colombiano actual le dan paso a leyes y medidas que respaldan las salvajadas de sus miembros armados (desde Ejército y Policía, hasta paramilitares y demás ciudadanos de bien).

Las Cortes de Cádiz promulgaron el 19 de marzo de 1812 la que sería la primera Constitución del país, conocida como la «Pepa», por ser el día de San José (PP, o sea, el hipocorístico Pepe, no por el fastidioso Partido Popular, sino por Pater Putativus, padre supuesto de Jesús).

La Pepa, sea como sea, fue un pepazo en la cabeza que los absolutistas no iban a soportar. Por eso, aunque su repercusión tendría algún eco en el tiempo, su vigencia fue casi tan breve como la de aquella Junta que la determinó.

Vivan las cadenas y viva la opresión

Proliferaron folletos y pasquines, periódicos y libelos, y se desarrolló la prensa política. A las puertas del Teatro Cómico, frente a la igle­sia parroquial de la Real, o en los cafés, los asuntos y las controversias políticas eran la prioridad.

España, a fin de cuentas, era un verdadero griterío. ¡Viva la Pepa! ¡Vivan las cadenas! Los partidarios de las Cortes antiguas contra los de las Cortes modernas. ¡Viva el Rey ! ¡Viva la Nación!  ¡Viva la Constitución! Y abajo lo mismo.

En Ocios de españoles emigrados, periódico mensual de 1824, unos versos satíricos compendian el asunto:

Vivan las cadenas,
Viva la opresión:
Viva el Rey Fernando,
Muera la Nación.

En algún confuso momento de la revuelta historia de España, el encadenamiento de conflagraciones se convirtió en una revolución, cuando menos, por breve tiempo, como han sido los ánimos transformadores españoles.

Sea como fuere, se trató de un tiempo convulso, de lealtades e intrigas; revolución íntegra y a medias; multitudes de unos cuantos, y movimientos valiosos ya sin la menor recordación.

El gran problema de la historia no es que se modifique continuamente, incluso, de acuerdo con alguna ligereza o determinada intencionalidad. Lo grave es que permanezca inamovible y fiel a las perspectivas de quienes la escriben.

Sobre todo, teniendo en cuenta que se registra, entre muchas otras razones, para alterar concurrencias, influenciar tiempos, forjar imaginarios, determinar acontecimientos y rumbos. Pura pasión.

La Constitución inconveniente

Muchos años después (frente al pelotón de los enemigos que lo acompañaban), Bolívar habría de idear un Estado-nación que comprendiera buena parte del continente. Pues bien, desde 1812, la Pepa ya hablaba de uno que abarcara ambos hemisferios, el americano y el peninsular.

Así lo consigna la Constitución Política de la Monarquía Española promulgada en Cádiz en 1812: «La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios” (Artículo I, Capítulo I, Artículo 1).

Esta constitución fue la armonización insólita de las absolutistas leyes de la monarquía española con el liberalismo democrático francés. Libertad personal en un Estado confesional. ¿Paradoja? ¿Contradicción? Eso, y más. Poder del pueblo y las Cortes, y del rey también.

Una constitución goda, en todo caso, con enmiendas sugestivas y educación relevante para ciertos círculos, pero excluyente para el grueso de una población analfabeta. Y ni una gracia para la mujer, la gran luchadora y ausente de aquella historia española, y, ni qué decirlo, de la nuestra. ¿La religión?

“La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas, y prohibe el ejercicio de cualquier otra”. Capítulo II: De la religión, artículo 12 de la Constitución de 1812.
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La religión, intocable e intocada. Vamos, es España. Y que nadie se ría, pues esa, como veremos con algún pormenor después, será la horma jurídica y política de nuestro siglo XX en Colombia, plasmada en la Constitución de 1886.
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La religión, intocable e intocada. Vamos, es España. Y que nadie se ría, pues esa, como veremos con algún pormenor después, será la horma jurídica y política de nuestro siglo XX…

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La Constitución española de 1812, en definitiva, introducía ciertos conceptos llamativos en su tiempo, y planteamientos escabrosos para otros. Nada convenientes, digamos, para el rey, que perdía buena parte de su poder, tierras (territorios) y Hacienda (tributos).

Demasiado desagradable para los virreyes y capitanes generales desperdigados por las Américas. Y apreciablemente molesta para los criollos (para los importantes).

El desbarajuste ultramarino

El desbarajuste en la nación «madre» se reproducía y acrecentaba en los territorios ultramarinos donde las noticias llegaban con meses de atraso. Las novedades, desactualizadas; las primicias, trasnochadas.

Teníamos aquí a los criollos del Cabildo enfrentados a los peninsulares de la Audiencia, a la Audiencia contra el virrey, a curas levantiscos contra canónigos conspiretas, y a chismes y enredos de todos contra todos.

Alférez reales relevados; reyertas por puestos y fondos; oidores de bolsillo (como el fiscal Francisco Barbosa). Unos queriendo, incluso, que el virrey se hiciera rey, otros orando por verlo haciendo uso del recién estrenado invento francés: la guillotina, que todavía espantaba en las cortes europeas.

El compuesto alquímico-jurídico-político más trascendente de esos años, las Españas lo pisotearon sin estrenarlo, y por las Américas pasó de agache.

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Bibliografía

Chust, Manuel (ed.). (2020). ¡MUERAN LAS CADENAS! El Trienio Liberal en América (1820-1824). Editorial Comares: Albolote (España).

Garay Montañez, Nilda. (2012). Igualdad y perspectiva de género: a propósito del bicentenario de la Constitución de 1812. Pensamiento Constitucional No. 17, 199-224. Pontificia Universidad Católica: Lima.

Pérez Galdós, Benito. (1878). Cádiz. Episodios Nacionales, Primera Serie, Libro VIII. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Samper Pizano, Ernesto. (2012). La Constitución de Cádiz de 1812 y la independencia iberoamericana. Poliantea 8 (14), 245-258. Editorial Institución Universitaria Politécnico Grancolombiano: Bogotá.

Trece textos de historia de Colombia violenta y vigente

Los discursos veintejulieros de Duque – 1
Las libertades a buen recaudo en Colombia – 2
Colombia tuvo una Independencia de florero – 3
Entramados y tramposos en Colombia – 4
En Colombia nadie se liberó de nada – 5
Vivan las cadenas y viva la opresión – 6
La batallita de Boyacá en Colombia – 7
El enemigo también éramos nosotros…, ¡y aún lo somos! – 8
Un crimen del Hombre de las Leyes – 9
Colombia es un país adulterado por Constitución – 10
Del Cabrero al Ubérrimo: infértiles y cabrones – 11
Los guaches ponen el pecho y las élites la patria – 12
La infamia de los héroes colombianos – 13
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Foto del autor
Juan Alberto Sánchez Marín. Colombia. Periodista/analista. Cine /TV. Catedrático. Consultor ONU. Telesur, RT, Señal Col, HispanTV. Dir: dXmedio.

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