Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Si Colombia se fuera con otro… distinto a Duque

Si Colombia se fuera con otro… ¡distinto a Duque!, un país mejor fuera posible. Con Duque solo caben mayores fatalidades.

Si Colombia se fuera con otro, las cosas no mejorarían de la noche a la mañana, pero, cuando menos, el país dejaría de despeñarse al ritmo que lo hace. Eso no sucederá, desde luego. Duque concluirá su mandato más rechoncho de lo que está y el país más esmirriado.

Un buen número de colombianos eligió el futuro desdichado que viven ahora. Lo peor de todo es que Iván Duque, siendo una completa desgracia, puede ser solamente la antesala de otra peor. Sabremos, en 2022, qué tanto ha madurado esta sociedad, o cuánta eficacia alcanzará la fuerza manipuladora y de presión armada del Centro Democrático, el uribismo. 

Pocas cosas cambian en Colombia en la relación entre el Estado, los sucesivos gobiernos y los grandes sectores de la población. De la Ley de los Caballos, a finales del siglo XIX, a la patria desbocada del presente, galopa un país sin riendas por la trocha de las iniquidades.

El SMAD contra la mano que lo alimenta

Lo que la sociedad colombiana no reparó en décadas lo escarmentó en tres o cuatro horas. Ocurrió en el momento en que los cancerberos de los Escuadrones Móviles Antidisturbios (SMAD) de la Policía Nacional, engordados desde ese fraudulento sosiego llamado Seguridad Democrática, se dedicaron a disolver sus protestas.

Golpearon sin clemencia a marchantes en desbandada, secuestraron ciudadanos al estilo de bandidos, y mataron muchachos con proyectiles autorizados en asesinatos de reglamento (Dilan Cruz, por ejemplo).

Una cuestión es el SMAD abusando de los indígenas en el Cauca, o la policía aliada con criminales y militares operando codo a codo con paramilitares en pueblos remotos. O dando de baja a civiles distraídos, desarmados y desempleados.

Algo diferente son esos destacamentos arremetiendo contra los jóvenes de las ciudades, también sin futuro, pero con papás y mamás dispuestos a cualquier escándalo por la vida de sus crías.

Claro que actúan cuadrillas de vándalos que causan destrucciones planificadas en sitios puntuales. Los infiltrados pagos por enemigos de las marchas antes que marchantes.

Cosa bien distinta son los grupos de descontentos a los que les cierran las puertas a medida que las tocan, aquellos que gritan groserías y pintan grafitis. La enorme sociedad encerrada afuera (de todo). Lo llamativo es que la Fuerza Pública llega tarde al control de los salvajes, pero castiga de antemano a los maleducados.

Un exabrupto de brutos

El reciente proyecto de ley, como de costumbre, es otro exabrupto de brutos. Un planteamiento inconstitucional del gobierno y los congresistas cómplices que equipara la protesta social con la criminalidad. Y que, además, difumina los límites entre la marcha de estudiantes fastidiados y una bandada de bandoleros.

Una flamante «Ley de los caballos» (Ley 61, 1888), mínimamente remozada e igual de implacable, cosida con los mismos retazos justificativos de la decimonónica. Promulgada, en esencia, «para prevenir y reprimir administrativamente los delitos y culpas contra el Estado que afecten el orden público» (Art. 1).

Y para proteger la gran propiedad privada, la de dueños poderosos, por lo general, mal habida, injustificada e improductiva. No las libras de sal del tendero de la esquina (que quebraría si se las roban). Leyes inicuas expedidas en favor de quienes de verdad la detentan: terratenientes, agroindustrias, multinacionales.

La Ley de los caballos era retardatoria hace más de un siglo. Ya por entonces constituía un sumario de excesos que, encima, buscaba reprimir cualquier «foco de propaganda revolucionaria o de enseñanzas subversivas». Ni que decir tiene cuál es el carácter, a estas alturas, de la antigualla de Duque.

Reglan con patrañas y nos regularizan

La Ley de los caballos duró una década y le permitía al Ejecutivo imponer un amplio repertorio de castigos. Digamos, desde imponer tiempos de prisión sin tope y secuestros, confinamiento y expulsión del territorio (hoy a cargo del paramilitarismo), hasta invalidar de plano los derechos políticos.

No era sino una apariencia de legalidad para anular ruidos en el sistema (inconformes) y perseguir adversarios (líderes carismáticos). Y, algo importante, para subyugar a los militares a disgusto. La ley facultaba al Ejecutivo para «borrar del escalafón a los militares indignos de la confianza del Gobierno».

Un serio antecedente doméstico, además, de los montajes judiciales y del premio a los delatores. Y del soborno a testigos, la vieja maña que ciertos malhechores no descuidan. Uno de los delitos por los que, justamente, fue vinculado formalmente el expresidente Uribe al proceso que le adelanta la Corte Suprema de Justicia.

Las leyes son una herramienta más del poder aniquilador del Estado (atrapado por el Gobierno de turno). Esas son las patrañas con las que reglan los legisladores y nos regularizan.

No es nuevo eso de que las leyes no se promulgan: se acondicionan, según el cabildeo de los interesados o de acuerdo con los apegos del parlamentario influyente (secuaz). No buscan proteger a las personas comunes y corrientes, ni siquiera corregir a las desobedientes, sino destruirlas.

Es una herramienta más del poder aniquilador del Estado (atrapado por el Gobierno de turno). Esas son las patrañas con las que reglan los legisladores y nos regularizan.

Legados de godos

La «Ley de los caballos» fue hecha por los godos más godos para la «alta policía» en ciernes. La reciente parece esbozada por los elementos más retrógrados desde el interior de la propia institución. Bueno, no sólo lo parece.

La mote se le debe a don Fidel Cano Gutiérrez, el mítico fundador de El Espectador, cuyas críticas a la Ley, tan feroces, como certeras, le acarrearon el cierre del recién creado periódico. Dicha Ley se expidió gracias a una realidad magnificada, es decir, a una mentira.

Fidel Cano Gutiérrez, fundador de El Espectador, en 1887.
Fidel Cano Gutiérrez, fundador del periódico colombiano El Espectador, en 1887.

Algunos caballos aparecieron con la cola «desmochada» en los municipios de Palmira y Pradera (Cauca). Un alcalde «de imaginación trágica» transmitió el infundio de caballos degollados. Un gobernador «impresionable» vio detrás “una horda de bandidos” levantada.

Y un presidente oportunista, como ninguno otro volvería a serlo hasta 2002, que «de todo sabía sacar partido, vio una ocasión de investirse de nuevas facultades y llenó de alarma a los cándidos delegatarios entonces reunidos» (Cano).

Ese presidente no era otro que Rafael Núñez, esos «honorables delegatarios» no eran más que oficinistas nombrados por él. Y la horda de bandidos que destruiría las instituciones públicas era «un pobre loco que se divertía con tales trasquiladuras».

Al lomo de un bobo y un vivo nació la Ley de los caballos. Al lomo de otro bobo y otro vivo se gesta la actual. Ninguna sorpresa, ni antes ni ahora, en los imprudentes asuntos de nuestra jurisprudencia.

Causal, no casual

Una conjunción de la pretérita con la venidera que es causal, no casual. El coercitivo proyecto de Ley de Duque tiene las mismas pretensiones que la aludida, con un pequeño detalle sobresaliente: se esfuerza a toda costa en evitar la movilización social.

Karl Marx, en el primer párrafo del El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), afirma que Hegel, cuando se refiere a que los grandes hechos y personajes de la historia universal acontecen dos veces, «se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa».

En Colombia es cierto que se cumple la regla hegeliana, pero no la popular acotación de Marx. Aquí, los hechos y los personajes suceden como ambos géneros dramáticos al tiempo, y ni siquiera como tragicomedia, lo que sería de suponer. Acontecen en forma de comedia para unos cientos y de tragedia para millones de habitantes. Las derivaciones de la Ley de los caballos no fueron de otro modo.

Caballos de carga… ¿O yunta de burros?

Frente al grave estado de cosas suscitado, Fidel Cano escribió en 1888: «Cualquiera diría […] que las víctimas de la hecatombe de Palmira y Pradera fueron los miembros mismos de la representación nacional; que los ciudadanos de Colombia somos caballos (de carga probablemente)…». Mejor dicho, otrora y ahora, la víctima es la sociedad.

Con o sin las atribuciones de su abusiva Ley de los caballos está claro que Duque no dejará de ser otro de los caballitos que Uribe rifa, sobre los que se monta sin regar el tinto. Amanecerá y veremos si los colombianos somos los caballos de carga de que hablaba el clarividente periodista Cano, o los borregos aturdidos que hasta Iván Duque mangonea.

Está claro que Duque no dejará de ser otro de los caballitos que Uribe rifa, sobre los que monta sin regar el tinto.

Si Colombia se fuera con otro

O si Colombia se fuera con otro. Si esta patria, un buen día, se le va con otro. Pero no uno cualquiera, o sea, de la misma enjundia de los que hay. Alguno disfrazado de menos criminal o de profesor en jeans. No, un alterno de veras, que de verdad representara algo de honestidad o contuviera asomos morales.

Bueno fuera que la patria se hastiara de tener por dueños y gobernantes a mafiosos y forajidos. De tal modo lo dio a entender a fines de 2019 con las masivas movilizaciones y las protestas por el continuo asesinato de líderes sociales e indígenas.

Y así lo manifiesta con el desprestigio sin fondo del presidente Duque, con la repugnancia frente al insalubre sonsonete discursivo de Álvaro Uribe, y con las posiciones valientes de algunos congresistas y militares.

A esa patria, qué duda cabe, como el sargento a la Adelita (en realidad, miles de adelitas) del célebre corrido de la Revolución mexicana, a esa patria sí la seguiría por tierra y por mar…

BIBLIOGRAFÍA

  • Marx, Karl. (1852). Obras escogidas en tres tomos. El 18 Brumario de Luis Bonaparte. (1981). Tomo II., págs. 404-498. Editorial Progreso: Moscú.
  • Lozano y Lozano, Carlos. (2009). Obra escogida. La Reforma Constitucional de 1936. (1938). Selección: Fernando Mayorga García. Pág. 125. Ed. Universidad del Rosario: Bogotá.

VER

La convulsa guerra «tranquila» de Duque

 

Si Colombia se fuera con otro. dXmedio.
Autor
Juan Alberto Sánchez Marín
Periodista y analista colombiano. Dir. cine /TV. Consultor ONU. Catedrático universitario. Telesur, RT, Señal Colombia, HispanTV. Dir: dXmedio.

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