Rodolfillo pillo nos quiere desgobernar

Rodolfillo pillo nos quiere desgobernar. Montaje: dXmedio.
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Rodolfillo pillo dice mentiras una y otra vez como si repitiera algo cierto. Sin embargo, aunque el embuste se vista de verdad, embuste se queda.

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Rodolfillo pillo nos quiere desgobernar…

Que vamos “pa” la playa (a conocer el mar), allá vamos.

Que cojan la maleta, y la cogemos.

Que tírense en la arena, y nos tiramos.

Que tírense el país… ¿el país?

¡No, no, no, no, Rodolfo pillo, ¡que no, que no…!, ¡que no, que no!


La lucha de frases

Quien crea que Rodolfo Hernández Suárez representa cambio alguno, debería empezar a cambiar él mismo la manera en que percibe el entorno.

No porque sea cegato, insensible, lerdo o ignorante, sino que de apariencias es la escenografía alrededor.

Si no reparamos la realidad al detalle nos convencemos, tal cual sucede en La estrategia del caracol (Sergio Cabrera, 1993), de que la hijueputa casa pintada es la casa. 

La miserable cotidianidad cimentada como si otra fuera imposible; las penurias levantadas a modo de forzoso destino.

El país que dibuja Hernández es igual de despintado a sus proyectos de vivienda, y vaporoso, como los lotes con que embelesa.

Las soluciones urgentes que vemos con sus ojos de avispado no se esbozan en bien de nadie. Son de conveniencia suya.

¿Tragamos enteras las pregonadas virtudes de elegir de presidente a un rico estrafalario para seguir siendo miserables?

Nada de esto tiene que ver con el sambenito de la lucha de clases.

Hay alboroto en sus frases de cajón y espantan sus lugares comunes, tal vez. De seguro que provocan tensión sus aforismos de patán.

Y más aterra cuando (Ángel ) Beccassino (todo, menos un ángel) y (William) Ospina (el de la franja naranja), le ponen piel de oveja para sacarlo a los medios o la calle.

Mejor dicho, para mostrárnoslo buenazo y natural le reprimen el auténtico talante.

En vano tratan, artífice y artista, de refrenar al lobo feroz que desde las entrañas rodolfianas (hitlerianas) le aúlla a la luna, a las damas y a los pobres. Ni siquiera es el lobito resignado de Esopo.

Pero la desventura mayor no está en la desunión ni en los sustos que tales disturbios puedan ocasionar.

La fatalidad yace en la disposición que tengamos para unirnos a una infantería que marcha contra nosotros mismos.

La fatalidad yace en la disposición que tengamos para unirnos a una infantería que marcha en contra de nosotros mismos.

Las columnas de un ejército que combate nuestro bienestar y derechos esenciales ¿cuándo dejaremos de tenerlas por filas amigas?

El urbanizador sin urbanidad

Se trata, en verdad, de las maniobras del embaucador que ofrece la cura de todos los males y apenas reparte paliativos y placebos, mientras la dolencia avanza y nos carcome.

Uno de los tantos abusadores de hombrecitos que retoñan como la yerbamala en las laderas pedregosas de las élites.

El problema no es que Rodolfo Hernández sea muy rico, sino que vea en los entrampados meras máquinas humanas para producirle dinero.

Lo preocupante es que sus caudales los haya obtenido a punta de fabricar pobres en serie y de añadirle esclavos al inhumano sistema inmobiliario del país. Los hipotecados.

Un Luis Carlos Sarmiento Angulo a escala. Para desarmar, no de armar. Otro urbanizador aprovechado, con menos urbanidad.

Si Cecilia Suárez, su madre, hubiera presentido que su hijo iba a correr el riesgo de una presidencia, antes de agenciarle el diploma de ingeniero le habría inculcado la lectura, aunque fuera la del Manual de Carreño.

Como Bendición Alvarado, que al ver a su hijo Zacarías, el vejestorio dictador de El otoño del patriarca (1975: 96,), “en uniforme de etiqueta con las medallas de oro”, reconoció en un arrebato de orgullo:

“…si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente de la república lo hubiera mandado a la escuela”.

No hubiera logrado el muchacho la plata que apiló en estos setenta y pico de años, pero, sin duda, sería una mejor persona.

Y, quizás, incluso, ahí sí, un aceptable candidato presidencial.

Pero no acontecieron las cosas así, y ojalá que tampoco lo hagan asá.

Sea como fuere, no hay que discutirle a Rodolfo su genio para trepar alto lanzándose al vacío.

El sagaz personaje percibió a tiempo que una presidencia de la república es la forma lógica de torear los bretes en que, si actuara, podría ponerlo la justicia.

El sagaz personaje percibió a tiempo que una presidencia de la república es la forma lógica de torear los bretes en que, si actuara, podría ponerlo la justicia.

No por culpa de nadie, sino por su propia afición a secundar al hijo calavera, aquel que tiene de ingenuo lo que él tiene de inofensivo.

Promesas sin prisa

De llegar Hernández a la presidencia de Colombia, ninguna señal permite entrever que hará algo distinto de lo que ha hecho durante su vida de politiquero vergonzante: trampear y engañar.

Pocos de los desatinos prometidos en campaña llevó a buen término durante su paso por la Alcaldía de Bucaramanga (Santander), de la que salió antes de tiempo acusado de corrupto.

Fue caritativo y le concedió a la ciudad la misericordia de su sueldo, el cual vuelve a ofrecer en estos días electoreros, “para financiar los programas sociales” del país.

Estarán fregados los programas sociales, y jodidos los colombianos que crean que el hijo de doña Cecilia, con semejantes triquiñuelas, les mejorará las condiciones de vida. 

Con el ahorro hipotético, el ingeniero debería más bien prometer de nuevo que, si gana, esta vez sí les cumplirá a las veinte mil familias de crédulos de la capital santandereana.

Vulnerables familias que dejó colgadas de las brochas con las que pintarían las paredes de casas de urbanizaciones que jamás vieron.

Con las cartas-cheque bajo las almohadas, casi ilegible de tanto que fueron manoseados los portadores.

El sagaz personaje percibió a tiempo que una presidencia de la república es la forma lógica de torear los bretes en que, si actuara, podría ponerlo la justicia.

Muchos años estuvieron muchos miles de personas a la espera de un rincón para embutirse, ilusionados con los burladeros infelices que Rodolfo llamó “hogares felices“.

A estas alturas, el único feliz es él.

Por devotos que sean los feligreses con santo de tan poca devoción, de los anzuelos que ahora arroja don Rodolfo a lo sumo cumplirá con aquello de quitarle la chequera a los ladrones.

A los que no estén con él, sobra decirlo, como hizo en su alcaldía.

Ya no tantos, porque a sus distinguidas toldas fueron a dar las mafias violentas, los clanes con pedigrí, los cacicazgos de pipiripao. Y las almas en pena de viejos señoríos.

Nacionales, regionales y locales, y del Vichada, dondequiera que quede y cualquiera sea su capital.

HG de Huecos grandes

Huecos grandes y retumbantes también edifica el constructor Hernández, que se mueve a gusto sobre los andamios de chanchullos y corruptelas.

Y que muy bien se orienta entre vicios constructivos y afines. Dado el quehacer, claro está, y un tantico, a lo mejor, de vocación.

Porque, además de las grietas en la construcción oral, el ingeniero también acredita con obras de cemento (o con la falta de él) algunas de las fallas más recurrentes en los taimados del gremio.

Las tardanzas de la legalidad y los embrollos de la decencia entorpecen la rentabilidad de las constructoras.

De HG (Hernández Gómez y Compañía), por ejemplo, que tiene goteras en el historial.

HG es la constructora de Rodolfo, que figura a nombre de Socorro Oliveros, la esposa que hizo del loteo de tierras una lotería que siempre les cae.

De sobra sabido el truco machista: “Todo lo que tengo es tuyo, pero tú eres mía”. Discreto salvamento (Socorro) para un evasor poseedor y posesivo.

La constructora se asemeja al movimiento político de Hernández, la Liga de Gobernantes Anticorrupción, una coalición de un solo corrupto verdadero, que tampoco es gobernante.

Y que ojalá nunca llegue a serlo.

El logro de malograr

Y ese rendimiento (capitulación) de las alcaldías, ¿será diferente o idéntico en las presidencias?

¿Hasta donde a un país roto por guerras de décadas le asusta romperse el cuello con el salto al vacío que representa Hernández?

¿Cuánto aguantaría una patria de vagos y vándalos que la aguijonee un granuja godo y gagá?

Interrogantes oscuros para una respuesta clara. Al fin y al cabo, el lío no es que Rodolfo se haga el tonto en TikTok.

La honda pena está en que hayamos puesto a un pobre viejecito sin nadita qué hacer de candidato. El acabose será si muta en presidente.

La honda pena está en que hayamos puesto a un pobre viejecito sin nadita qué hacer de candidato. El acabose será si muta en presidente.

La pensión de expresidente no le aumentará la que ya tiene ni la angurria de poder le mejorará la vida.

A su edad, tampoco tendrá la ocasión de contarle a los nietos que tiempo ha fue mandatario de Colombia, porque serán ellos y el hijo de la coima los encargados de explicarle que aún lo es.

Su mandato, en cambio, sí puede lograr lo imposible: desgraciar aún más a un país desgraciado.

Hace rato que Rodolfo perdió la oportunidad de ser el colombiano común y corriente que se esfuerza en parecer.

No ha malogrado, eso sí, su pertinente sentido de la desproporción y la repartija.

Pues, ¿qué habría de ser la donación de los milloncitos de pesos del salario de alcalde al lado de la arrebatada danza de millones de dólares de Vitalogic?

El gusto de un “gastico”

Un contrato de miles de millones para el manejo de basuras es el monto que enmugrece a Hernández.

No es cuestión de subjetividad. Pese a que con mañas tratan de confundirnos, el bolsillo luce más lleno con 100 millones de dólares que con 344 millones de pesos.

Con retribuciones gigantescas en juego, deshacerse del sueldo suponía una inversión mínima.

No obstante, Rodolfo no descifra por qué los periodistas le buscan y rebuscan las tres patas al gasto.

Al “gastico”, según su razonar. Todo un “gustico”, al decir de su amigo y acreedor de favores, Álvaro Uribe Vélez.

Operaciones y cálculos así son del dominio pleno y duro del ingeniero, corto de letras (que no sean pagarés), larguísimo de números (en su beneficio).

Él sabe restarle al patrimonio público y sumarle al particular, lo cual lo faculta para el cargo que hubiere, adonde fuere.

Incluso, para presidir un país que finge escandalizarse cuando alguien finge enterarse de haber hecho una vez algo malo.

O sea, de lo que tantos dirigentes (colegas) perpetran a diario; a sabiendas de todos, con excepción del perpetrador.

Rodolfillo pillo

Para impostores pudientes, como Rodolfo, toda donación representa una inversión que, tarde o temprano, se recuperará.

Contante, sonante y abultada redimen los bellacos la cosa regalada. El negociante, por más puntadas que dé, de ningún modo las da sin dedal.

Ningún individuo de las finanzas es otra cosa que un vividor de la economía.

Y no hay especulador distinto a un parásito en los terrenos bursátiles y financieros. Hasta los corredores de bolsa lo comprenden. O lo adivinan.

Rodolfo Hernández es ambos abusos juntos, y algo más: especulador financiero… e inmobiliario. 

El hambre y las penurias de los compatriotas producen las ganancias fáciles que alimentan una voracidad que, en sus palabras, alcanza los cien millones de dólares.

Si un adinerado de la talla de Rodolfo otorga caridades, lo hace por los réditos a embolsarse.

En el otro mundo, adonde su credo es un porciento, y en este, en el que la fe en los asuntos materiales sobrepasa con creces lo aconsejable.

“… porque nada ayuda tanto a prosperar como la limosna”, dijo San Francisco de Sales (1608: 81), hace más de cuatro siglos.

¿Iluminaría al clérigo saboyano el espíritu entonces precoz de Rodolfillo pillo, el santurrón de la anticorrupción que anda engatusando en redes?

Anda… Mira… Oye… A Petro y a Francia, y a María Cristina, les sigo la corriente porque, diga lo que diga la gente, nos quieren gobernar.

Anda… Mira… Oye… A Petro y a Francia, y a María Cristina, les sigo la corriente porque, diga lo que diga la gente, nos quieren gobernar.

Eso, por más que traten de confundirme, no es lo mismo que desgobernar al país o hipotecar el porvenir.

Que don Rodolfo le salde a Uribe la deuda de gratitud o de lo que sea con otra cosa. Entre sus tierreros habrán de entenderse esos logreros.

Pero que no le pague con recuas de peones disfrazados de ciudadanos. O sea, con nosotros.

BIBLIOGRAFÍA

De Sales, San Francisco. (1608). Introducción a la vida devota. (2016). Pág. 81. Digital. Boosco. En: https://cutt.ly/XJccV8v

García Márquez, Gabriel. (1975). El otoño del patriarca. Apple Books.

La estrategia del caracol. (1993). Cabrera, Sergio. Dir. Colombia: Caracol Televisión.

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