Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Los discursos veintejulieros de Duque – 1

Los discursos veintejulieros de Duque y otro año trágico para Colombia. Peroratas, no dirección. Desorden, no gobierno. Lastre, no presidente.

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Los discursos veintejulieros de Duque son los sonsonetes que todavía le quedan por pronunciar, los que serán abrumadores y cada vez más embusteros.

Los discursos veintejulieros de Duque

Los discursos veintejulieros de Duque, aunque el 20 de julio pasó hace rato y aunque en Colombia el presidente no sea el mandatario que afuera dice ser. Ni lo haya sido sino a chispazos. O, mejor, en los fogonazos de las fuerzas policiales contra la población.

Y aunque el verdadero cabecilla, el expresidente Álvaro Uribe Vélez, no se canse de mostrar un falso desinterés por los asuntos terrenales de la política ni de demostrar que no es más que un lodazal de engaños.

Habremos de padecer los irritantes discursos en los interminables días que le quedan de supuesto mandato a Iván Duque. Supuesto, pues hasta las minorías que lo sustentan admiten que él no preside nada. Y en las escasas ocasiones en que finge hacerlo, preferible para el país que no lo haga.

Porque en el afán de aparentar el poder del que carece, Iván Duque actúa como un psicópata. Y reúne en su rollizo ser las tres ausencias que distinguen el trastorno: ni sentimientos de culpa o remordimientos, y ninguna empatía con el pueblo que lo resiste. Duque exterioriza ese represor implacable que lleva dentro: su señor Hyde. El victoriano dual que no es, transformado en el criollo hipócrita que lo define.

Un individuo fatídico que provoca el asesinato de quienes protestan contra su Gobierno y que protege a los perpetradores. Como el servil capataz que cobra indulgencias asfixiando a los conciudadanos más débiles económicamente. Mal contado, las dos terceras partes de la población colombiana.

Símbolos por carambola

En una patria en la que pocas cosas del pasado hay para conmemorar y menos del presente para celebrar, llama la atención que aún ondee el pabellón nacional en algunas astas hogareñas cada que transcurre una fecha emblemática. O sea, cualquier día en un país acostumbrado a encumbrar héroes fraudulentos y babosadas.

En una patria en la que pocas cosas del pasado hay para conmemorar y menos del presente para celebrar…


Una bandera, como el resto de los símbolos patrios, ganada por carambola. La cual, lo mismo que Simón Bolívar, el adalid de la muy ponderada gesta emancipadora que nos incluye, procede de Venezuela.

Significativo fuera que el gobierno colombiano de Duque reconociera algún día las aportaciones del vecino país a la nacionalidad de baratija que pregona. La que vende en los actos ofrecidos de puertas para adentro en los cuarteles cuando conmemora cualquier banalidad bélica.

De ningún modo lo hará porque los venezolanos que él aprecia son los oponentes del Gobierno bolivariano legítimo y del propio pueblo venezolano. Duque adula a traidores, comprados y piratas. Élites abyectas que representan lo mismo que él encarna para el grueso de los colombianos.

Los discursos veintejulieros de Duque. Bandera invertida de los Estados Unidos de Colombia. Montaje: dXmedio.
Bandera invertida de los Estados Unidos de Colombia desde 1861, ratificada por la República de Colombia en 1888. La inversión de la misma se convirtió en un símbolo de lucha durante las protestas contra el Gobierno de Iván Duque y la clase política tradicional representada en el Congreso. Montaje: dXmedio.

La bandera colombiana anidó antes que nada en la mente precursora y libertaria de Francisco de Miranda. El venezolano que fue el Precursor de la Emancipación Americana, también considerado El Americano más Universal.

Por un período, además, la misma bandera distinguió las Provincias Unidas de Venezuela (1810 a 1812). De seguro, un detalle trivial que debería ser diciente para la tropa de tontos patrioteros que nos legó la Patria Boba. Cruenta, no cuento.

Fue y es venezolana nuestra bandera en todos y cada uno de sus colores, en orden o distribución, y hasta en proporciones (el amarillo ocupa la mitad superior). La bandera colombiana, al menos por procedencia, es más venezolana que la actual de la hermana república bolivariana, cuyos colores se disponen en partes iguales.

Los corruptos veneran lo que no personifican

Un paisa de pura cepa, el masón antioqueño Francisco Antonio Zea, fue el primero en describir la bandera e interpretarla. A él se le atribuye el merecimiento durante el Congreso de Angostura (1819), que presidía.

Según Zea, el amarillo era el símbolo de los pueblos amantes de la federación (hecha trizas al instante). El azul, del océano que nos separaba (y ahora acerca a Duque) de los déspotas de España. El rojo, de la propia sangre en la que habríamos de ahogar a los enemigos antes que ser esclavos (enemigos que, desde entonces, seríamos nosotros mismos).

Tal exégesis del símbolo, acaecidos los tiempos de la sublevación, fue tergiversada de acuerdo con una paz que jamás llegó. Y continúa sin llegar en pleno siglo XXI gracias a que también, cada que pueden, los Gobiernos hacen trizas la paz, y traicionan y matan a las contrapartes.

Según Zea, el amarillo (de la bandera) era el símbolo de los pueblos amantes de la federación (hecha trizas al instante).


El amarillo, de esa forma, pasó a ser el oro y las riquezas de la patria (que robaron y roban las bandas de mafiosos y las pandillas de alcurnia, y sus administradores). El azul fue el cielo, los ríos y los dos océanos (adonde van a dar y se distribuyen los cuerpos de los compatriotas despedazados por órdenes de las dirigencias).

Y el rojo, la sangre de los patriotas (en realidad, de quienes se interpongan a las ambiciones de esas élites criminales que se mantienen al mando).

Zea, o sea, como Duque

Resulta una ironía de la desechable cronología colombiana que el primer intérprete del alabado símbolo sea precisamente el corrupto fundacional de la historia patria.

El prócer fue “despilfarrador, nada suspicaz y con una generosidad extremada y ruinosa para los intereses del país” (Restrepo, 1858). Mejor dicho, espléndido con lo ajeno.

Francisco Antonio Zea. dXmedio.
Francisco Antonio Zea. dXmedio. Autor: Antonio Rodríguez (1883). Obra de dominio público.

El prócer de Medellín, el de hace veinte décadas, claro está, no el procaz de la misma tierra, pero de esta época. No aquel individuo coetáneo tan preciado por ser «el mejor colombiano» en consumar las peores barbaridades.

Bolívar otorgó poderes plenipotenciarios a Zea, el vicepresidente, para endeudar al país por Europa. Eso hizo con eficacia.

Obtener empréstitos, quizás, no era tarea cómoda en aquel momento. Sin embargo, menos aún hubo de ser lo contrario teniendo de respaldo al país con la mayor producción nacional de oro en las cuatro décadas anteriores (1781 a 1820). Y con una Corona y una banca inglesa voraces y aplicadas a agarrar la presa que se le zafaba al imperio español.

Zea, ante el asedio de los acreedores, refinanció deudas y adquirió nuevos empréstitos. Uno de ellos, el más sonado, por dos millones de libras esterlinas, con la casa financiera londinense Herring, Graham y W.C. Powles. Pero efectuó otros de variados montos.

Unas deudas fueron duplicadas, las más se triplicaron. Intereses inconcebibles, cancelaciones por adelantado, y viáticos de lujo para el emisario. Ah, y para su nutrido séquito, en una preexistencia de las actuales correrías magníficas de Duque por el mundo y a cuenta de los mismos estúpidos.

Gabelas obvias, sobornos en su justa desproporción. Y las dos terceras partes de la deuda esfumadas. Zea abudineó el empréstito. O lo abudinó. Como gustéis (As You Like It), dio a escoger otro inglés, Shakespeare, ese sí célebre, tal vez por ser el menos inglés de los poetas ingleses (al decir de Borges).

La patria hipotecada

A modo de garantía, el vicepresidente manirroto cedió derechos de exportaciones e importaciones, así como el producido por la venta del tabaco. Endosó las rentas de las minas de oro, plata y las salinas.

Manifiesto sobre la creación de la República de Colombia. dXmedio
Manifiesto sobre la creación de la República de Colombia. Francisco Antonio Zea. dXmedio.

Mejor dicho, la riqueza minera del Chocó. Una explicación primordial y adicional de la inopia actual de uno de los departamentos más abundantes en recursos del país.

La joven Colombia selló entonces su condición de país jodido y en déficit para siempre. Las élites consiguieron la independencia de la Corona española, y el país entero pasó a ser oprimido por el mundo anglosajón. La Corona británica, primero; el imperialismo estadounidense, aún imperante, poco después.

Una sola cosa explica los onerosos costos de los empréstitos obtenidos por Zea con los banqueros ingleses: la corrupción.

Juan Francisco Antonio Hilarión Zea Díaz fue un corrupto a carta Cabal. Como doña María Fernanda. Pero no producen hilaridad los yerros de don Hilarión, sino todo lo contrario. Por los rescoldos que subsisten del endeudamiento, metamorfoseados en nuevos pillajes. Y, antes que nada, por la maldita práctica instaurada. Y engordada como ganado de Fedegán y lo ganado por Lafaurie, su presidente.

Un dolor que poco o nada ha de lastimar el alma dolida del prócer protervo de Medellín, Álvaro Uribe Vélez. Los hondos dolores del alma de los corruptos y los criminales tienen poca profundidad. Se extinguen de labios para afuera.

Este expresidente contemporáneo, al fin y al cabo, es otro extremo del mismo hilo, con el “pulcro” manejo de la corrupción en un Gobierno que estuvo plagado de corruptos y de sus escándalos.

Yo soy inglés, se puede decir con orgullo sobre toda la tierra y con orgullo podrá decirse un día yo soy colombiano, si vosotros todos adherís firmemente a los principios de unidad y de integridad proclamados por esta ley, y…

(Francisco Antonio Zea, Manifiesto sobre la creación de la República de Colombia, 1821).

Blablablá… Entre las muchas razones que todavía obstruyen el encomiable empeño para alcanzar tal orgullo, figura él mismo, con la dilapidación de los caudales recibidos a cambio de entrampar al país.

Y, de ahí para acá y sin tregua, la élite de matones caballerosos que aplicó y mejoró las habilidades de Zea. Hasta llegar a los corruptos y narcotraficantes que mangonean y desgobiernan hoy en Colombia. O que gobiernan embozados en una bandera ensangrentada y a través de los discursos veintejulieros de un avispado muy torpe.

Trece textos de historia de colombia violenta y vigente

Los discursos veintejulieros de Duque – 1
Las libertades a buen recaudo en Colombia – 2
Colombia tuvo una Independencia de florero – 3
Entramados y tramposos en Colombia – 4
En Colombia nadie se liberó de nada – 5
Vivan las cadenas y viva la opresión – 6
La batallita de Boyacá en Colombia – 7
El enemigo también éramos nosotros…, ¡y aún lo somos! – 8
Un crimen del Hombre de las Leyes – 9
Colombia es un país adulterado por Constitución – 10
Del Cabrero al Ubérrimo: infértiles y cabrones – 11
Los guaches ponen el pecho y las élites la patria – 12
La infamia de los héroes colombianos – 13

Ver también

deXmedio – The Invisible Seen! (Portal en inglés).

Los discursos veintejulieros de Duque - dXmedio
Autor
Juan Alberto Sánchez Marín
Periodista y analista colombiano. Dir. cine /TV. Consultor ONU. Catedrático universitario. Telesur, RT, Señal Colombia, HispanTV. Dir: dXmedio.

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