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¡Lo invisible se ve!

Los deshabitantes

No, no es un pueblo fantasma/ este pueblo lleno de soledades

Los deshabitantes. Poema de Juan Alberto Sánchez Marín.
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Los deshabitantes (poema)

 

No es un pueblo fantasma
este pueblo deshabitado
donde ninguno de nosotros respira
ni juega tejo los domingos a la tarde.

Los transeúntes no notan
el revuelo tras los cristales
ni el ajetreo por las casas derruidas.
Nunca nos advierten
cuando vemos los cielos azules
desde los cuartos sin techo,
echados sobre las camas
sin testero ni colchón.

Cierto es que somos sigilosos.
En la flagrancia, inmateriales;
en el campo abierto, algo solapados.
Nunca parte vocablo alguno de las bocas
no vagan tarareos por el vestíbulo
que habitan los helechos secos.
No se atasca un susurro en el oído,
dejó de crujir la veranera que trepaba.

Son estridentes las vistas despeñadas
haciendo aletear a los gallinazos,
y es dulce apretar los párpados
para ver el rostro que todavía se sonroja,
y es amargo oír crepitar la pasión que se va.

Quiebra el viento los pañuelos en el alambre.
Nos perfila algún recuerdo que valió la pena.
Los perros confundidos nos espolean
ladrándole incesantes a lo que les parece
el atacante o la tarde.

No tendrán materia los cuerpos secos,
que algunos ni siquiera tenemos,
ni volumen los bríos al apagarse.
No harán sombra el bastón en el rincón
o los anteojos que olvidé sobre la cómoda.
Pero algo del ser que fuimos pervive
en la exhalación despedida sin pensar
cuando asoma la mujer querida.

La nítida mujer tras el postigo
que en vida jamás nos vio
y que ahora, la razón desentendida,
acaso es capaz de presagiar el beso errante,
la mirada que no está.

La ausencia nos hizo visibles.
Sólo en las cosas sin sentido
alguien nos siente.
Al lado de la agenda en blanco
reposan los nombres vacilantes,
varios cariños revueltos.

Unos a otros nos entendemos
sin hablar ni vernos,
decir algo u oírnos.
El soplido afanoso seré yo,
o unas ánimas del Purgatorio que juegan.
El haz de luz, una vida eterna
a punto de quebrarse o comenzar.
La negrura en la pared,
otro muerto que va a morir.
Un nuevo adiós que viene a vernos.
El afanoso deshaciendo pasos.
Los espejos contando sus reflejos.

Hay miradas para adorar de balde,
otras que desafían la esmerilada desnudez.
La guedeja rubia que guardo,
y la asfixia de no decirnos nada.
La camisa de dacrón abrazada a una sombra.
Las vanas señales de este amor de espectros.

Espantamos en los altillos;
a veces, por el sótano.
O vamos sonámbulos asustando
esos seres aterrados que subsisten
a las afueras del sueño.
En el arroyo del olvido se bañan
los días enmugrecidos
y estas vidas hechas de barro.
En las aguas del recuerdo,
la anticipación imposible
de la misma tristeza.

El destierro pasó sobre los corazones
y retiró los últimos latidos.
Somos el aliento que no reaparece
por la esquina donde lo mataron;
el espíritu que ronda los silencios
guardados de por vida.

No supimos en rigor
el tamaño de la alegría
que se llevaron los asaltantes
en la punta de los cuchillos.
Tampoco el del sosiego que suspendió
la bala en la sien.

Algún día hemos de saber
cuáles de las personas que por ahí lloran
fueron las que quisimos tanto.
¡Qué bueno averiguar por la esperanza
que en alguna parte debe de andar!
Y devolver a quien corresponda
esta pesadumbre en la que ardemos.

Zumbarán endechas
al fondo de las voces en carne viva
y habremos de tañer un rato
este costillar de perecidos.

No, no es un pueblo fantasma
este pueblo lleno de soledades
en el que demasiados muertos
tropezamos entre sí
y apenas uno que otro vivo
nos pone los pelos de punta
cuando viene y deja
esas flores blancas que se pudren
sobre las tumbas.

Tomado de: Ciertas cintas de espanto (libro inédito).

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Duales

1 comentario
  1. Ricardo Jaramillo El usuario dice:

    ¡Qué hermoso poema! «El destierro pasó sobre los corazones / y retiró los últimos latidos. / Somos el aliento que no reaparece / por la esquina donde lo mataron; / el espíritu que ronda / los silencios que guardó en vida». ¡Intensísimo todo!

Comentarios cerrados.

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