Por: Juan Alberto Sánchez Marín

Las libertades a buen recaudo en Colombia – 2

Las libertades a buen recaudo en Colombia, una patria que, desde la cuna, las cercena. Patria que es republiqueta; nación que es farsa.

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Las libertades a buen recaudo en Colombia, un país sobre el que es difícil saber a ciencia cierta si retrocede hacia el futuro o qué tanto avanza hacia el pasado. El devenir histórico, por lo general, no viene; simplemente, va.

“Yo soy yo y mis circunstancias”, dijo Ortega y Gasset. Pero en este país el tiempo pasa y las circunstancias cambian poco de una época a otra. Casi sin variaciones, se trata de una sobrevivencia en volandas. A la cañona, según la expresión cubana. Yo soy yo, eso sí. Pero ¿y mis circunstancias?

Por eso, a hechos ocurridos hace un siglo basta con cambiarles unos cuantos nombres para que cobren vigencia.

O textos escritos hace doscientos años narran con precisión eventos que aún no se rehacen, y que, no obstante, irremediablemente, retornarán más temprano que tarde. Aunque parezcan nuevos o no identifiquemos su cariz crónico.

El país, la población, el pueblo, no tropiezan solo dos veces con la misma piedra. Generación tras generación, lo hacen muchas veces: en las elecciones presidenciales y legislativas, en la selección de los liderazgos y dirigencias. O en las pasiones frenéticas por lo que sea. Y en su resolución a machetazos, balazos o masacres.

Las llamadas élites, que en verdad no son más que los clanes y las pandillas a cargo, en cambio, pocas veces tropiezan. O ninguna. ¡Cómo van a hacerlo si son ellas las que ponen las piedras!

Entonces como ahora

Continuemos ahora con nuestro asunto. Las explicaciones de José Antonio Zea sobre su deshonesto desempeño en los empréstitos en Inglaterra se parecen bastante a las justificaciones dadas para llevar a cabo la reforma tributaria de hace unos meses.

Aquella que se cayó por obra y gracia de la movilización social. O a las dada antes por cualquier gobierno para aplicar reformas similares o justificar gastos caprichosos.

Me refiero, en este caso, a las peroratas de economista huero (¿habrá algún economista de cuello blanco y corbata que no lo sea?) que ofrecía el exministro colombiano de Hacienda, Alberto Carrasquilla Barrera.

Tal como son similares esas explicaciones del prohombre histórico a las aclaraciones ofrecidas por el actual ministro del ramo, el godo neoliberal José Manuel Restrepo Abondano, con respecto a la reforma que a la final le fue embuchada al país.

Una reparación más patética y regresiva que la anterior reforma. Esclarecimientos de cualquier tipejo que es un cualquiera.

Abondano, el ministro. Abandonado el país. Semejante funcionario instruido en el centro mundial del «raterismo» financiero internacional (maestría en la elitista Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres) al frente de la cartera responsable de la (pésima) política fiscal (o de su inexistencia).

Ay, afuera Inglaterra con la Revolución Industrial a toda máquina y su Imperio ya fundando el siglo XIX. De saqueo por el ancho mundo, entonces como ahora, e instruyendo en sus mañas a nuestros honorables traidores criollos, entonces y ahora.

Dentro del país, la Tesorería General de la República iniciándose en la práctica de provocar el desastre económico que su sucesora, la actual cartera de Hacienda, sostuvo y agranda sin parar.

Las libertades a buen recaudo. Carrasquilla y Restrepo Abondano. dXmedio.
Carrasquilla a la rosquilla bancaria mientras se desbanca el país abandonado con Abondano. Montaje: dXmedio.

El alegato central inmutable: que los préstamos de Zea y las reformas de Carrasquilla y Restrepo eran algo imperativo para sanear las finanzas públicas. Unos, efectuados en razón a los gastos de la Independencia; las otras por culpa de la pandemia. ¡Mentira! Próceres corruptos, ministros mentirosos. ¡Y viceversa!

Acontecido el tumbis, Francisco Antonio se fue para la tumba. El tumbado ministro tumbador del presente, en cambio, salió hacia adentro. Partió rumbo al Banco de la República luego de un (in)merecido descanso por trabajar tanto contra el trabajo honesto de los colombianos. En Estados Unidos, claro está.

Y he ahí que tenemos al poco docto doctor Carrasquilla terminando de sepultar la economía que él mismo, sin mucha modestia y cada que ha tenido la ocasión, contribuyó a fastidiar.

“Concentrar en mí”

Los razonamientos de Zea acerca de sus consecuciones monetarias se asemejan también, ¡cómo no!, a las monerías discursivas del presidente Iván Duque.

Letanías que no versan sobre realizaciones, sino sobre lo que aún está en veremos. Excusas, no hechos, con el agravante de darlas en un tono soberbio y agresivo.

El 20 de julio, el 7 de agosto, y en cualquier ocasión que se le hubo de presentar, Duque no ha hilado raciocinios, sino disparates. Y se entiende, por no haber hecho nada en tres años de desgobierno. O haber hecho mucho daño en los brevísimos lapsos de autoridad. Su Gobierno no muestra obras, sino coartadas.

Porque concentró en él toda la bobería necesaria para desbarrancar aún más al país en medio de la crisis extendida y una pandemia inesperada. Y porque lo irrisorio que ejecuta es siniestro. Jóvenes en las calles, por ejemplo, ajusticiados sin juicio ni defensa.

Esto dijo Zea sin que le temblara la pluma ni un solo músculo de la cara, y que es idéntico a lo que han tratado de hacernos creer los ladrones que lo sucederían hasta el presente:

Yo he puesto a tantos males el único remedio que tenían, a saber, concentrar en mí solo la representación de Colombia en toda Europa. Y no reparar en sacrificios para restablecer nuestro crédito, bien persuadido de que así lograríamos ventajas que nos indemnizarán de todos ellos.

(Francisco Antonio Zea. Carta al general Simón Bolívar. Londres, 17 de Agosto de 1.820).

Y a fe que de tal guisa lo hizo el antioqueño tan ilustre. En él concentró todo el poder y los fondos que pudo, y logró todas las ventajas para sí mismo y su combo.

Nunca reparó en los sacrificios. ¿Por qué habría de hacerlo si la mortificación de las amortizaciones fueron a dar al lomo de sus compatriotas de ruana? Que somos los mismos a donde desaguan las alcantarillas de hoy en día.

Reconoció Francisco Antonio de tal manera los créditos y recogió con tanta gracia “todas las obligaciones, pagarés y letras de cambio dadas contra la República”, que llovieron los préstamos.

A su bolsillo fueron a dar muchas de las ventajas, y a cuenta de la nueva republiqueta los costos y las costas, secuelas que, junto a los doscientos años de intereses correspondientes, aún se pagan.

Así como nuestros tataranietos pagarán con sangre los bonos de agua del ecónomo («¿ecómono?») Carrasquilla. Los microbios macroeconómicos de Restrepo Abondano. O el mundo feliz de Iván Duque y Álvaro Uribe con sus castas alucinadas de hacendados, ganaderos, banqueros, narcos y paracos.

El verbo se hace deuda y armas

Sin duda que ciertos créditos eran requeridos por parte de naciones que salían de arduas guerras. Colombia, luego de la Independencia, siguió comprando armas por si al postrado ejército español se le ocurriera volver a aventurarse en una nueva reconquista de estas tierras.

Baste decir que el 66.4 % de los egresos de la Gran Colombia (1825-1926) correspondían a las Secretarías de Guerra y de Marina. Un 27.3 % era destinado a la Secretaría de Hacienda, para las deudas interior y exterior resultantes, en buena medida, de las tareas de la guerra.

[bs-quote quote=»En el fondo, las armas se compraban entonces por las mismas razones que acontecidos dos siglos se siguen adquiriendo: por negocio, patrañas y lucrativas comisiones.» style=»style-8″ align=»left» color=»» author_name=»» author_job=»» author_avatar=»» author_link=»»][/bs-quote]

En temas de defensa, lo que ha cambiado ha sido para agravar la situación de un país con el segundo gasto militar de la región y uno de los mayores del mundo. Alrededor de 10 177 millones de dólares en 2021 (2.6 % más que en 2019).

Y unos 11 000 millones de dólares para 2022, según lo proyectado en la ley de presupuesto. El servicio a la deuda, dólares menos, dólares más, siempre se lleva la cuarta parte del presupuesto nacional.

En el fondo, las armas se compraban entonces por las mismas razones que acontecidos dos siglos se siguen adquiriendo: por negocio, patrañas y lucrativas comisiones. Y para matar compatriotas anómalos, o sea, inconformes. Enemigos internos.

España, en aquel entonces, a duras penas, recuperaba su propio territorio. Era obvio que no habría una nueva reconquista. No había ni aliento ni maravedíes, escudos, reales o tostones caraqueños con qué emprenderla.

Las libertades a buen recaudo en Colombia

También se necesitaban los empréstitos para cubrir los impuestos coloniales reducidos o suprimidos. ¿A quiénes? Sí, sobre todo, a los criollos ricos. A los Sarmiento Angulo y los Gilinski de entonces, que ya por aquellos días habían heredado las malas mañas de sus sucesores.

Sociedad esclavista en Colombia. dXmedio.
Sociedad esclavista en Colombia de ayer y hoy. Ilustración Shutterstock. Montaje: dXmedio.

Con la excepción, quizás, de alguna que otra medida atinada de José María del Castillo Rada en la fase inicial. El primer ministro de Hacienda del país, que, vale subrayarlo, eliminó algunos privilegios de la opulenta iglesia católica.

Es cierto que la Independencia le trajo beneficios a ciertos sectores de la población. Los indígenas (indios, según el código español), que, al igual que los esclavos, llevaban años de sublevaciones y revueltas, al fin, fueron declarados ciudadanos con igualdad de derechos y eximidos del pago del llamado “tributo”.

Una conquista momentánea y chanchullera, reprochada con vehemencia por los criollos de Ecuador, cortados con la misma tijera que los locales. La queja duró hasta que entendieron bien la jugarreta santafereña. De todos modos, además, el gravamen no tardó en regresar.

Les dieron a los indígenas la tierra que ya era de ellos, pero fraccionada, para poder quitársela, otra vez, con mayores bríos y facilidad.

Les dieron a los indígenas la tierra que ya era de ellos, pero fraccionada, para poder quitársela, otra vez, con mayores bríos y facilidad.

La ganancia puso a los indígenas a pagar impuestos, como a cualquier otro compadre. Solo que ellos no eran cualquier otro compadre, sino, entre los miserables, los despojados y abusados. Lo eran antes y siguieron siéndolo sin término.

Una consecución en algún minúsculo sentido cierta, que sus propios artífices pregonaron engrandecida. Y que desde entonces no se deja de menoscabar aún más. Junto al rechazo de las tímidas medidas antiesclavistas, muy rápido mandadas al traste.

Los pobres pagan impuestos y los ricos contribuyen

La recién formada república pronto fue encarrilada mediante trucos jurídicos hacia las oscuridades de hoy. Argucias legales que han hecho de ella el territorio salvaje y sin ley que es.

A la final, las grandes cargas impositivas, a través de los impuestos indirectos, perjudicaron “a las masas pobres urbanas o aculturadas”. Las bandas criollas en el poder nunca se vieron afectadas.

[bs-quote quote=»Los pobres adquieren deudas. A título personal, las menores, para subsistir; a título nacional, las mayores, para disfrutar de todos los deberes imaginables y padecer unos vejados derechos.» style=»style-8″ align=»right» color=»» author_name=»» author_job=»» author_avatar=»» author_link=»»][/bs-quote]

Los impuestos directos, una vez intentados, pronto fueron suprimidos. Así permanecen las cosas dos siglos después. Para los pobres, impuestos; para los ricos, contribuciones. Y para las contribuciones, ayer y hoy, evasión de impuestos y corrupción administrativa.

Los pobres adquieren deudas. A título personal, las menores, para subsistir; a título nacional, las mayores, para disfrutar de todos los deberes imaginables y padecer unos vejados derechos.

Los pudientes ensanchan los linderos de las haciendas, esquilman los recursos del suelo y del subsuelo, y fundan o compran bancos. Usufructúan la soberbia democracia más antigua (y lánguida) de la región.

La justicia con sus leyes de bolsillo los mantienen en la punta de la cadena social alimentaria. Y su antropofagia. Y la podredumbre y su carácter inescrupuloso.

Y el exterminio, es decir, esa extensa lista de asuntos banales también aludidos como contiendas de guerrillas, refriegas entre narcos, control de vándalos, hechos aislados, líos de faldas. Gajes del oficio de bandidos, mediáticamente, edulcorados u obviados.

Trece textos de historia de colombia violenta y vigente

Los discursos veintejulieros de Duque – 1
Las libertades a buen recaudo en Colombia – 2
Colombia tuvo una Independencia de florero – 3
Entramados y tramposos en Colombia – 4
En Colombia nadie se liberó de nada – 5
Vivan las cadenas y viva la opresión – 6
La batallita de Boyacá en Colombia – 7
El enemigo también éramos nosotros…, ¡y aún lo somos! – 8
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Colombia es un país adulterado por Constitución – 10
Del Cabrero al Ubérrimo: infértiles y cabrones – 11
Los guaches ponen el pecho y las élites la patria – 12
La infamia de los héroes colombianos – 13

Ver también

deXmedio – The Invisible Seen! (Portal en inglés).

Las libertades a buen recaudo en Colombia - dXmedio.
Autor
Juan Alberto Sánchez Marín
Periodista y analista colombiano. Dir. cine /TV. Consultor ONU. Catedrático universitario. Telesur, RT, Señal Colombia, HispanTV. Dir: dXmedio.

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