La sociedad entrampada de Trump

ESTADOS UNIDOS CONTRA IRÁN - 1

Las extralimitaciones de Donald Trump en el ámbito internacional, sobre todo, en Medio Oriente, han incrementado la inestabilidad mundial. El gobierno ha sido responsable con sus acciones, pero también le cabe mucha responsabilidad a buena parte de la sociedad estadounidense.

Carteles del general Qassem Soleiman durante una marcha de dolor del pueblo por su asesinato, en Teherán, Irán. Foto: Hosein Charbaghi (Unsplash).
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La sociedad entrampada de Trump es esa considerable porción de ciudadanos estadounidenses que lo votan a partir de falsas promesas frente a su dura e incuestionable realidad. Las promesas fraudulentas de Donald Trump ponen el dedo en la llaga, o sea, sobre la tragedia palpable y diaria de millones de estadounidenses. Y estos le retribuyen de los dos modos que pueden hacerlo: le creen y lo votan.

La sociedad entrampada de Trump, donde las promesas resultan falsas y la crisis cierta. Las andanzas del presidente por el mundo son peligrosas; el declive imperial, abrumador. La sociedad, mejor dicho, los votantes, están entrampados. Y él, Donald, lo ha demostrado a lo largo de su vida, es un jugador tramposo. A pocas cosas buenas ha de llegar un país en tales circunstancias.

El asesinato de Soleimani

El presidente estadounidense fue artífice de otro indudable acto de guerra cuando asesinó con alevosía al comandante Qasem Soleimani. Otro, porque Trump perpetra contra Irán, desde que asumió el mandato, toda clase de hostilidades guerreras. En distintos frentes: económico, financiero, monetario, político, cibernético, mediático, en fin.

No entro a analizar qué significó la infausta acción de Trump en cuanto a sus posibles intenciones de maniobra política. La manida argucia de desviar la atención. En particular, con una opinión pública clavada en su lomo a raíz del inútil proceso de destitución promovido por los demócratas. Desde este punto de vista, bastaría con afirmar que la treta le funcionó a Trump durante un buen lapso.

Tampoco me detengo a considerar lo que el brutal asesinato podría significarle al presidente estadounidense como prerrogativa electoral. Sobre todo, teniendo en cuenta las elecciones próximas, en las cuales la balanza indica que él quizás sí o quizás no sea reelecto.

Y que, de continuar actuando tal cual es lo típico suyo, como un loco sin serlo en medio de muchos lunáticos, también podría llegar a agenciarse. Sobre todo, en un escenario de manipuladores anhelosos y de manipulados que quieren serlo, como lo señalé antes.

Terrorismo de doble filo

En el distanciamiento de unas semanas, me parece interesante compartir algunas reflexiones rápidas acerca de lo que encarna para los estadounidenses el asesinato de una persona como Soleimani. Lo hago teniendo en cuenta un antecedente histórico particular, suficientemente expuesto, así como las contraproducentes derivaciones de dicho suceso.

Una sucesión de relatos efectistas, que hizo grande a la nación norteamericana, sin que sus élites dejaran por un instante de ser minúsculas de corazón y en valores.


Me refiero a sus consecuencias para una sociedad (una dirigencia) que actúa en contravía de lo hecho o intentado por la mayoría de los países. Esa sociedad (élite) que se vanagloria de sus crímenes, enaltece delincuentes, justifica atrocidades.

Que sopesa las masacres como justicia y las invasiones como gestas. Y que expone a la nación ejecutando actos terroristas injustificables por el mundo, en países en los que ni siquiera son bienvenidos, como el asesinato del general Soleimani.

Está bien, son los sucesivos Gobiernos quienes han actuado de tal o cual forma. Pero es esa sociedad, en considerable proporción, aunque con estupendas excepciones de miles (¿millones?) de vecinos, la que elige a los mandatarios homicidas. Y es la que les cree y permite que sus muchachos se embarquen en las tantas empresas de la muerte.

Soldaditos de plomo o videojugadores

Adolescentes que un día son los típicos lobeznos estadounidenses y al siguiente creen ser los alabados cazadores de Hollywood. Muchachos fastidiados a los que su nación prodigiosa los obliga a estar donde no quieren. O aquellos aún más fregados porque algún estúpido sentimiento patrio los hace querer estar cometiendo las barbaridades que les mandan. También, claro está, los hijos de los inmigrante pobres, más estadounidenses que cualquiera y que ni siquiera entienden el idioma de padres o abuelos.

Bien de cuerpo presente personificando a un tiempo a los asesinos y la carne de cañón en las regiones asaltadas, bien desde las salas de control de Nevada.

Las asépticas cabinas donde los soldaditos de plomo, que son pilotos de mentira, se ejercitan en la consumación de crímenes de guerra (The Drone Papers). Desde allí bombardean y ametrallan a civiles de carne y hueso en Irak, Afganistán, Siria, Pakistán, Libia, Somalia, Níger o Yemen con sus juguetes Reaper (MQ9) de dieciséis millones de dólares.

Pero esa sociedad, en considerable proporción, aunque con estupendas excepciones de miles (¿millones?) de vecinos, es la que elige a los mandatarios homicidas y les cree…


A los primeros, es bien sabido, los devuelven en bolsas envueltas en la bandera patria. A los segundos, el estrés postraumático no les permite probar siquiera la cena familiar. Continúan abatiendo niños a bordo de los insomnios y las pesadillas que han de ser el resto de sus vidas. Versiones contemporáneas de los excombatientes de Vietnam, e igualmente desechables.

La sociedad sin fé de erratas

Hay incumbencias que los casi sesenta y tres millones de estadounidenses que votaron por Trump no pueden eludir. Incluso, aunque el espíritu agresivo del presidente sea opacado por el aún más belicoso del complejo industrial militar, urgido de guerras y peripecias sangrientas por los rincones del planeta.

Claro, tampoco las habrían sorteado los casi sesenta y seis millones de sujetos que votaron por Hillary Clinton, en el supuesto de que ella hubiera ganado la presidencia. Conociendo su índole bélica, la señora Clinton los tendría involucrados en empresas similares o, probablemente, peores. Pero ella no ganó; Trump es el presidente.

Una responsabilidad de la que tampoco son eximidos por completo los estadounidenses sólo por la gracia del oscurantismo en que viven sumidos. Quien no sabe nada se traga íntegros los embustes, es verdad. Pero una sociedad que se vanagloria tanto de sí misma y de sus virtudes tiene la obligación, al menos, de averiguar quién es, en las garras de quiénes está y hacia dónde la conducen.

Damos así el salto a la margen fatal del discernimiento social contemporáneo, en especial, del estadounidense, basado en miedos formidables y certezas rudimentarias. Y en un esquemático y dudoso conocimiento del mundo, pero sin fe de erratas al final del día.

La sapiencia equivocada que sólo orienta hacia el error repetido una y otra vez. Las malucas historias de la Historia. Una sucesión de relatos efectistas, que hizo grande a la nación sin que sus élites dejaran por un instante de ser minúsculas de corazón y en valores.

Líderes incultos, pero bien adiestrados…

Esa ciudadanía crédula de sus medios, envuelta en las opiniones que dicen poco y capta a medias, le da crédito a las boberías de pueblo predestinado o elegido, o con Destino Manifiesto.

La sociedad entrampada de Trump, que le abre paso a los nacionalismos y las supremacías, O a cualesquiera de las razones de película que esparcen las élites desde hace tres siglos y medio, por lo menos.

Una sociedad de ese corte no sabe nada de nada del globo y, por consiguiente, tampoco le importa. Menos entiende lo que sus gobernantes mercaderes hacen en él ni las andanzas desafortunadas en que la implican. No como votantes, sino como totalidad.

Esa sociedad crédula de sus medios, envuelta en las opiniones que dicen poco y capta a medias, dándole crédito a las boberías de pueblo predestinado o elegido, o con destino manifiesto. 


No adivina tal población, por supuesto, qué o cómo es la República de Irán. Ni la divisa ni la intuye. Desconoce todo de aquel territorio milenario. Nadie la enteró de lo que fue esa región cuna de civilizaciones o de lo que han sido los subsecuentes pueblos que hoy en día la constituyen.

La sociedad estadounidense no interpreta a los gobernantes de mentira; estos la descodifican en electores. Al igual que el Estado la desgrana en contribuyentes venidos a menos, pero no tanto como para que no tengan que seguir esforzándose para salvar bancos.

Unos líderes incultos adiestrados, eso sí, en las artimañas para acumular riqueza. Y prestos y listos para embolsársela mediante las malas artes de la guerra y las peores de la traición. Pero ninguno descifra al país pluriétnico, intercultural y multirreligioso contra el cual atentan.

La sociedad entrampada de Trump

Ignora la mayoría de los estadounidenses que su Gobierno, en aquel país remoto, mediante una operación encubierta, dio el primer golpe de Estado de la Guerra Fría. Que lo hizo contra una autoridad legítima. Y que los medios de comunicación dominantes jamás hablaron al respecto.

Un golpe del que fueron víctimas los iraníes de aquella época, pero también los propios estadounidenses de entonces y de ahora. Los que a estas alturas no se enteran de que el legado aún lo padecen en las costosas aventuras imperialistas de sus aparatos por Medio Oriente.

Lo sufren en la interminable sujeción a la guerra y en el odio que como país despiertan. Les dolerá en la manipulación de la que siguen siendo víctimas. Porque lo que se distorsiona en cada coyuntura es el propio futuro. ¡Pobre la sociedad entrampada de Trump! ¡Pobre sociedad estadounidense en manos de quien lo reemplace! En 1921 o en 1925, ¡qué más da!

BIBLIOGRAFÍA

  • BBC News. (2018). Cómo es el MQ-9 Reaper, el dron más letal y más usado por el ejército de Estados Unidos cuya información se compartió en la “internet profunda”. 12 de julio.
  • The Intercept. (2015). The Drone Papers. 15 de octubre.

Ver:  EE.UU.: Una sociedad de «jóvenes hombres lobo».

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