La batallita de Boyacá en Colombia – 7

La batallita de Boyacá en Colombia - Batalla de Boyaca (1824), J.M. Darmet. Museo Nacional de Colombia. dXmedio.
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La batallita de Boyacá en Colombia tuvo repercusión en el proceso independentista, pero está lejos de ser la gesta ensalzada cada 7 de agosto.

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La batallita de Boyacá en Colombia narrada como gesta es una más de las bufonadas aprendidas desde la escuela. Gobiernos y militares se encargan de mantenerla presente en la memoria colectiva de un país que iza banderas vacuas y tararea himnos inanes.

Algunos investigadores comienzan por recelar de los datos generales de la batalla. Dudan que haya habido manera de acomodar, en el puentecito de pesebre navideño que cruza el río Teatinos (el actual es una réplica), a los miles de hombres de los ejércitos enfrentados de que hablan los apologistas de la heroicidad patriotera.

2850 soldados del ejército patriota, entre criollos y acriollados, llaneros e indios, analfabetas de la legión británica, refugiados de toda parte y asalariados (mercenarios). Y 2670 en representación de la Corona española, por cierto, con reducida proporción de españoles en las filas, y grande de criollos pobres y hambreados jornaleros nativos del virreinato y la capitanía.

5520 combatientes en total, de acuerdo con los datos más aceptados (Friede, 1969), pues no hay dos apuntes similares y ninguna cantidad casa con otra. Es decir, según cifras basadas en las anotaciones de un adormilado escribano (medio cura frustrado, medio militar forzado), hechas con pluma de ganso y tinta ferrogálica, bajo aguaceros inclementes, sobre hojas de papel deshechas.

O en los mandatos y recuerdos posteriores de Santander, en epístolas fulgurosas, en los boletínes del Ejército, o en la comunicación oficial del general jefe Carlos Soublette, arte y parte de la batalla, escrita al día siguiente, el domingo, desde Ventaquemada.

Soublette era laxo en el uso de adjetivos, como yo, solo que empleados para encomiar las hazañas de los suyos, que, en definitiva, eran las suyas propias. “Acostumbrado valor”, “gloriosa victoria”, “valór asómbroso”, “memorable jornada”… Hasta razón tendrán los desconfiados.

Los suflés de Soublette

Soublette se deja de vainas y no tiene prurito en redondear hacia arriba la cifra de integrantes del “Exèrcito” enemigo: “…presentaba una fuerza de 3000 hombres”. Sin titubear le agregó 330 sujetos al parte. Siembra dudas esta fuente repleta de entusiasmo.

“La Compañía de Granaderos á caballo toda de Españoles fué la primera que cobardemente abandonò el Campo de Batalla”. “Apenas se han salvado 50 hombres entre ellos algunos Xefes, y Oficiales de Caballería, que huyeron ántes de desidirse la accion”.

Soublette escribió esto, y, dos párrafos abajo, lo más parecido a lo contrario: “…y pocas veces habian conbatido (nuestras “Tropas”) contra tropas tan disciplinadas, y tan bien mandadas”. ¿Al fin qué? ¿Disciplinadas, o cobardes?

No digo que historiadores, articulistas e informantes engañen adrede a toda hora. Resulta irrebatible que mienten más los delatores que los relatores.

Es probable que a muchos atestiguantes los intestinos y el susto les ordenaran ver cien aguerridos contendientes donde estaban parados tres o cuatro esqueléticos mozos. Nietzsche lo esclareció: “No hay hechos, solo interpretaciones”. Esta es una más, por supuesto.

La modesta sumatoria, sea como fuere, que representaría una simple escaramuza para las batallas europeas de la época (las de Napoleón), dadas las medidas estrechas e inamovibles del escenario, resulta abultada.

Un paréntesis: imprecisiones precisas

Llama la atención el alarde de pasmosa exactitud del conteo oficial con respecto a una batalla ocurrida hace más de dos siglos. Sobre todo, cuando tales escrupulosos peritos no tienen ni idea de los miles de asesinatos cometidos de modo sistemático unos años atrás en igual país.

De dirigentes sociales y campesinos, defensores de derechos humanos, líderes sindicales y de minorías étnicas, excombatientes de las guerrillas traicionados, en fin. O de los jóvenes masacrados por militares y paramilitares al servicio del Estado en los eufemísticos “falsos positivos”, o sea, ejecuciones extrajudiciales.

“Por lo menos 6402 colombianas y colombianos fueron víctimas de muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate entre 2002 y 2008” (JEP, 2021). Durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, claro está, cuando “se registró el 78% del total de la victimización histórica”.

En consecuencia, el sustentado informe de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), mecanismo de justicia transicional creado a partir de los acuerdos de paz entre el Estado colombiano y la antigua guerrilla de las FARC, es negado a una sola voz por los interesados.

Ninguno vio u oyó cuántos mataron, nadie notó nada de nada. Una cosa es que el espanto o el provecho hagan ver cientos donde hay unos cuantos, y otra no advertir uno solo donde hay miles de asesinados.

Ninguno vio u oyó cuántos mataron, nadie notó nada de nada. Una cosa es que el espanto o el provecho hagan ver cientos donde hay unos cuantos, y otra no advertir uno solo donde hay miles de asesinados.


Al igual que no es reconocida por conocidos sujetos la propia entidad judicial ni admitida la existencia del conflicto o la verdad incómoda. Para muchas organizaciones de víctimas, incluso, el dato se queda corto. Los perpetradores de los crímenes, aun así, son incrédulos. ¿Alguien duda el porqué?

Creíble la mentira, oculta la verdad

Desconcierta, asimismo, que los pretendidos estadísticos (que serán los futuros historiógrafos o sus fuentes) todavía no se hagan una idea de las decenas de adolescentes acribillados ante sus narices o desaparecidos, o violados, o tuertos o torturados hace unos meses.

Ah, en calles abarrotadas de cámaras espías con aplicaciones que verifican solas, en un santiamén, cruces y conteos. Y con una armazón mediática “bruta, ciega, sordomuda / torpe, traste y testaruda” (Shakira), pero servil y servicial.

La batalla de Boyacá. Pintura de Andrés de Santamaría (1926). dXmedio.
La batalla de Boyacá (1819). Tríptico. Óleo de Andrés de Santamaría (1926). Museo Nacional. dXmedio.


Las exacerbadas minuciosidades históricas acerca de ciertos asuntos numéricos, en definitiva, son sospechosas. Y lo son las ambigüedades que caracterizan la actualidad. Al fin y al cabo, las unas procuran hacer creíble la mentira, mientras que las otras se esfuerzan por ocultar la verdad.

Una perversión, en todo caso, en la cual esos remontadores de la historia juegan un papel igual de miserable al de quienes disparan las balas o cortan las cabezas. Y los que registran los anales falaces y diseñan los currículos educativos embaucadores no son menos culpables que la dirigencia criminal que los contrata.

La batallita de Boyacá en Colombia: una hora de dos siglos

En cuanto al puente, hay que decir que se trata de una pasarela, mitad de Tunja, la capital del departamento de Boyacá, mitad del municipio de Ventaquemada, por la que no cruzaban dos caballos en paralelo. Y en cuya explanada cabrían apretujados unos cientos de aquellos famélicos combatientes.

La apoteósica gesta duró un breve rato y se resolvió en cuestión de una hora. Tarda más una reyerta de borrachos en la esquina del barrio.

La apoteósica gesta duró un breve rato y se resolvió en cuestión de una hora. Tarda más una reyerta de borrachos en la esquina del barrio.


Los patriotas perdieron trece combatientes en total. Muchísimos más degollados se cuentan en las incontables matazones de paramilitares y guerrillas habidas en los pueblos y las fincas de este país en la época que se quiera.

O, sin salir de aquel período, más cayeron a cada hora de cada uno de los tres días de la “Navidad Negra” de Pasto, una de las mayores masacres en la historia nacional, nada circunstancial, que merece capítulo aparte.

Nariño ya había efectuado claras amenazas durante la Semana Santa de 1814: “…si se me hace un solo tiro […] Pasto queda destruida hasta sus fundamentos […] y destruida de un modo que nunca jamás pueda volver a ser habitada…”.

Las bravuconadas se las tragó el prócer a los dos meses, en la batalla de los Ejidos, donde fue derrotado y capturado e inició su devenir trágico de mazmorras y enfermedades. Los pastusos, por conmiseración, le perdonaron la vida (gracias también a su labia, y a Tomás de Santacruz, y quizás a la masonería del virrey Ezpeleta), y en agradecimiento (no sé bien de qué) nombraron Nariño a su departamento.

El mariscal Antonio José de Sucre, ocho años después, les dio una prolongada Nochebuena a los pastusos, entre el 24 y el 26 de diciembre de 1822. Sucre materializó en buen grado (¿y agrado?) las intimidaciones de Nariño. Cumplió las órdenes directas de Simón Bolívar cruzándose de brazos para que el Batallón Rifles y los llaneros de Casanare y Aragua hicieran de las suyas.

Los patriotas saquearon, violaron, mataron indígenas, esclavos, paisanos, españoles, mujeres, ancianos, infantes. Quedaron los “muertos debajo de los muertos” (Rosero, 2012). Ochocientos, apuntan algunos.

Pastusos godos (y fieles al rey, de la misma manera que tanto criollo santafereño), desde luego. No porque sí. Suficiente obraron entre todos, conquistadores, ¡criollos! y curas de todas las raleas (órdenes), para arraigar en un pueblo solitario y atrasado ese ideario.

La batallita de Boyacá en Colombia: La Vencedora

Acontecida el 7 de agosto de 1819, la victoria de la batalla no se firmó hasta el día siguiente. No podía haber sido de otro modo. En este territorio, está dicho, siempre ha sido más cómodo sostener la espada o la lanza que una pluma, así fuera tan ligera como la del más tierno palmípedo.

Y porque la fría noche sabatina llegó en una temporada de tormentas bestiales en la que ni las ruanas de cuero de ovejo puestas de revés calentaban. Tal vez, debido al cansancio de los contendientes, más extenuados por varios meses de enfrentamientos y travesías inclementes que por la brega de ese día.

O a causa de la encarnizada persecución de Santander y Anzoátegui, toda la noche, a los cincuenta realistas en fuga por entre ciénagas y matorrales.

Menguados ánimos habría, por consiguiente, para los toques de La Vencedora (contradanza) y la seguidilla de inaguantables bambucos, aun más desfigurados por los cornetines y las cornetas chirriantes, los pitos y los tambores rotos.

En la batalla fueron determinantes los macheteros del Socorro, que nunca se nombran. En el monumento de Rodrigo Arenas Betancur y el ingeniero Guillermo González Zuleta se broncean otros olvidados: los lanceros casanareños a las órdenes de Juan José Rondón y Lucas Carvajal.

Tampoco se menciona que la Batalla de Boyacá, aunque fue importante, no fue la última decisiva, sino más bien la primera del montón que vendría luego.

…la Batalla de Boyacá, aunque fue importante, no fue la última decisiva, sino más bien la primera del montón que vendría luego.

Para nada fue la batalla magna que exacerbados (y superficiales) cronistas tienen por fuente de la posterior gesta continental. Las batallas de Ayacucho, Junín, entre otras, según la acriollada desmesura, son vistas como su derivación .

La Batalla de Chorros Blancos, ocurrida el 12 de febrero de 1820, jugó ese papel contundente. Pero, claro, en esta no participaron los criollos santafereños de alcurnia y pedigrí. Por eso, no vale.

El último soldado español no saldría espantado de estas tierras hasta cumplidos otros dos años. El 10 de octubre de 1821, exactamente, cuando cae Cartagena, la joya de la corona granadina aún en manos realistas, tras soportar el sitio más largo de su existencia. Mucho que decir para una ciudad cuya historia transcurrió de cerco en cerco.

La epifanía de María Estefanía

Nada se alude al hecho de que una tercera parte de las tropas eran mujeres. “En Antioquia las llamaban juanas o catiras, en Santander cholas, en México adelitas, en Ecuador y Perú guaneñas, en Cuba falluelas y en Venezuela guarichas” (Banrepcultural). Luchadoras y auxiliares de enorme valor en los combates libertarios; en reiteradas oportunidades, concluyentes.

El proceso independentista fue inclusivo con las mujeres, para las conspiraciones, en chicherías (las de abajo, las populares) y finas tertulias (Catalina Tejada, esposa del corrupto José Acevedo y Gómez, y Francisca Prieto, esposa del solemne abogado de negreros y terratenientes Camilo Torres). O para la guerra, en labores logísticas, de espías o estafetas, y en las habituales de la soldadesca.

Estefanía Parra Chinchilla. Óleo de Delfín Ibáñez. dXmedio.
Estefanía Parra Chinchilla. Óleo de Delfín Ibáñez. dXmedio.

Al menguar las trifulcas, la patria y los machistas próceres, donde los Antonios (Nariño y Morales) eran casos patológicos, volvieron a relegarlas a la ignorancia y las alcobas.

Las musas que inspiraron a los héroes libertarios fueron entonces las mozas para el solaz de los cada vez más decrépitos guerreros. Triste destino para las ñapangas que no fusiló el Régimen del Terror español.

¿Quién ha oído hablar de la niña María Estefanía Parra Chinchilla? Ella apareció vaya uno a saber de qué rincón de los alrededores, justo para indicarle al Ejército Patriota, al escuadrón Guías de Casanare, el sitio exacto por donde era vadeable el río Teatinos.

A la omitida niña de nueve años (o doce) de edad le debe Colombia un detalle que no fue insignificante, pues el cruce de ese río crecido y torrentoso resultaría crucial para alcanzar el triunfo final en la batalla.

La admirable patriota era del sexo femenino, y pobre. Y boyaca: su partida de bautismo se halla en la parroquia de Santa Bárbara (Tunja). Así que la amnesia dio debida cuenta de su contribución.

Al menos Rondón, por esta ayuda y por sus asistencias como informante, campanera y guía entre los lodazales, le dio una moneda de plata, la cual mantuvo hasta los últimos días en un talego de lana bajo la almohada. La moneda tenía para Estefanía el valor simbólico que ella ha debido tener para la patria.

Pasito con Pascasio

Algo se habla de la rectitud del soldado Pedro Pascasio Martínez Rojas, del I del Rifles, palafrenero de Bolívar, de once años de edad. Sin embargo, ¿cuánto se pone en práctica su enaltecida herencia moral?

Pascasio rehusó la faja de onzas de oro que le ofreció, a cambio de su liberación, el brigadier realista José María Barreiro (¡ojo!, Barreiro, no Zapateiro, aunque para la tranquilidad nacional ambos guerreros personifican desgracias parejas).

Barreiro era un paladín de escritorio versado en las artes amatorias y no tanto en las militares. Su muerte la lloraron más las damas en la capital neogranadina que su madre en Cádiz o el hermano excursionista en cualquier recoveco de España.

Cumplía el galancete escasos cuatro años en estas tierras de ultramar y poco más de uno al frente de la Tercera División del Ejército del Rey, y ya el pacificador Pablo Morillo y el virrey Juan de Sámano estaban encartados con él.

Para colmo, y provecho de los objetivos criollos, además de inexperto (mal estratega), Barreiro era terco (desatendió las exhortaciones de sus consejeros). Y fue a dar con su ejército a la boca del lobo.

Los soldados, que no habían alcanzado a almorzar, se esforzaban en hacer pasar, de uno en uno, los cañones por el estrecho puente. Hasta que se atascaron en el lodo sin que pudieran disparar una sola de sus balas de bolos.

Los malpensados sostienen que el niño no aceptó las monedas solamente porque no sabía qué era el metal refulgente que le ofrecían ni para qué le serviría. ¡No había forma de que hubiera contemplado antes piezas como esas! Como no la hubo de que volviera a verlas jamás.

La verdad, sea como sea, es que a demasiados contemporáneos no les fue transmitida la honestidad de este “pilar del Ejército nacional”, como lo denominan en los discursos castrenses los hipócritas de galones y galardones que prestos hurtan los presupuestos.

Pilar que en aquel momento fue ascendido a sargento por Bolívar, aunque ni por asomo llegó a ser militar ni nada comparable, sino leñador de ruana y sol a sol. No

recibió un peso de los cien de la bonificación ofrecida por el Libertador. Los desdichados burócratas (y avivatos) embolataron la gracia de la efervescencia por el camino.

Primer pensionado sin “protección” ni “porvenir”

Pedro Pascasio se quedó por siempre con el regaño que le metieron por desatender la yeguada y andar lanza en ristre haciendo una tarea que no le correspondía (pese a que fuera lo que debía).

El anciano Pedro Pascasio Martínez Rojas. dXmedio.
El anciano Pedro Pascasio Martínez Rojas. La pensión imposible. dXmedio.

Lo agració la muerte en 1885, en la completa inopia y en el andurrial donde naciera setenta y siete años antes: Belén de Cerinza, Boyacá. Un pueblito que tiene de sosegado y bucólico no más que el nombre.

El Congreso, con la morosidad e incompetencia en las que históricamente es avezado el poder legislativo nacional, medio siglo más tarde (Ley 93 del 18 de agosto de 1880), le otorgó una pensión vitalicia de veinticinco pesos.

Eso sí, pagadera si y solo si en Bogotá. El anciano, si acaso, la cobró una sola vez en el exiguo lapso que le restaba de vida. No por dejadez ni falta de necesidad, sino por una razón comprensible: era mayor el costo del desplazamiento, desde la vereda, hasta la capital, que la suma a reclamar.

Otro cuidador que la historia descuidó

¿Y quién ha oído hablar del otro niño que acompañaba a Pascasio y que le disparó e invalidó al oficial escudero de Barreiro? Nadie, porque, además de montaraz, era negro. Negrito José.

No el recién ascendido coronel venezolano Juan José Rondón, hijo de esclavos libertos y más tránsfuga (otra vez, por suerte para la causa patriota) que el igualmente venezolano y negro teniente Pedro Camejo (conocido como Negro Primero).

Un Bolívar angustiado, trece días atrás, en medio de un aguacero del demonio, le había encomendado a Rondón, ni más ni menos, que salvar la patria. “Coronel, pues, ¡salve usted la patria!”, dicen que le pidió el general en instantes en que se daba por perdida la Batalla del Pantano de Vargas.

El curtido militar se unió de inmediato a la refriega, junto a los catorce jinetes llaneros que le quedaban por destacamento luego de tramontar la cordillera, medio desnudos todos y apenas abrigados con las enaguas de lana de las solidarias y bien parecidas damas de Gámeza.

Y sí, gracias a que ni los dragones ni la reserva de infantería española se esperaban el súbito ataque por las espaldas, desempantanó la batalla; mas los indiscutibles bríos no le alcanzaron para salvar la patria.

Aquel José, del cual tampoco se habla lo suficiente, ahora guerreaba abajo en la explanada, confundido entre los otros 5519 combatientes de las distorsionadas crónicas.

Pero, como dije, en esta ocasión mi reclamo va por el pequeño y más desconocido mozo de caballos y mulas de idéntico nombre. El ignoto colega de Pascasio es referido de pasada en el Boletín No. 4 de 1819 del Estado Mayor General del Ejército Libertador de Nueva Granada. Y no se lo vuelve a mencionar.

Ni los ministros de Defensa ni los generales citan en sus discursos mendaces a aquel negrito de verdad al cual le deben harto. Después de tanta laguna, resulta difícil saber con exactitud qué. Y quizás su certero disparo al escudero fue el que de verdad evitó la fuga del realista.

Pepito reunía en su corto semblante todas las condiciones para llegar de último al brindis de los oficiales y de primero a la ingratitud oficial.


No obstante, Pascasio, tan solo con la lanza mellada y unos cuantos pinchazos al brigadier, se llevó la efímera gloria del arrebato por la captura. Su pellejo tenía un matiz levemente más blanquito.

Entre los desdeñados, como entre los poetas menores (Borges), la inalterable meta es el olvido. Pepito reunía en su corto semblante todas las condiciones para llegar de último al brindis de los oficiales y de primero a la ingratitud oficial. De esas competencias también se nutren las élites.

¡Mi vida por un perro!

Don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco y su acérrimo enemigo José María Barreiro Manjón, valga mencionarlo, junto a la pasión por las conquistas marciales compartían el gusto por las lides pasionales.

Asuntos de amores a los que Bolívar añadía otro mayúsculo: el gusto por los caballos y las mascotas. Unas fueron “las palomas” del Libertador, otra montura era Palomo.

A cargo de Nevado, su sabueso y colega de tropeles, “Simoncito” para la marrullera tropa, tuvo al indio Tinjacá, a su vez apodado “el Edecán del Perro”.

Nevado, dos años después, dio la vida por su amo en la Batalla de Carabobo (1821), y Tinjacá, en vano, ofrendó la suya por la de la mascota del Libertador, en el mismo zafarrancho (que habría de ser a Caracas lo que la Batalla de Boyacá fue a Santafé).

“Mi general, nos han matado al perro”, alcanzó a exclamar el moribundo Tinjacá frente a Bolívar, desde el suelo sanguinolento y fangoso. La aflicción por el perro le evitó al indio el suplico de la lanza que lo atravesaba de lado a lado.

La recua de jamelgos de Bolívar contaba con los dos críos aludidos para asistirla, el aldeano (Pascasio) y el negro (José). Es probable que contara con varios más. Lo cierto es que el avispado Pascasio atendía a Palomo como si hubiera sabido siempre del papel protagónico que tendría el corcel en el espectáculo de la posteridad.

Retrato de Bolívar montado sobre Palomo. Batalla de Carabobo. Por: Arturo Michelena. dXmedio.
Retrato ecuestre de Simón Bolívar montado en el lomo de Palomo por Arturo Michelena (1898). Batalla de Carabobo. dXmedio.

Ay, Palomo, musculoso y engordado a punta de óleos en los museos, y de bronce, mármol y hormigón por todas las plazas de Nuestra América, mucho más que por los esmeros de los pequeños caballerizos.

El santarroseño Palomo hubo de ser por fuera la antítesis del moguereño borriquillo Platero, blando (“que se diría todo de algodón”) y que a lo sumo debió tener la estatura de Nevado. O el burro ideado por Juan Ramón Jiménez era bajo o el perro macuchíes regalado en Mérida era bastante espigado.

Eso, por fuera, porque por dentro, según los literarios testigos presenciales del Nobel español, Platero también era de acero. “-Tien’asero… Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo” (Jiménez, 1917).

Uno oye mencionar, siempre desde la escuela, varias veces al perro y al caballo del Libertador. Nunca al indio ni a aquellos críos. ¡Cómo va a ser de otro modo! Para los amos, invariablemente, han sido más caros los primeros, y para la historia no es distinto.

Un poste de aposta

Hoy en día sigue siendo así. En el Ubérrimo, digamos, los peones son meros puntales de apoyo para aquel amo que cabalga a lomos de la historia tal cual monta las yeguas. Estas son de paso fino; la historia, quién lo duda, no: ni da golpes rítmicos ni sabe de aires simétricos.

“No hay nada mejor para disfrutar los bellos paisajes de la Patria, que el lomo de una mula”, escribió hace unos años Uribe en la cuenta de una red social (Instagram, 2018).

Lo que el expresidente colombiano no explicitó en la sensiblera reflexión es que la mula y la patria, para él, son el mismo semoviente.

Ojalá que al caballerizo de apellido Duque sí le lleven la pensión hasta la penitenciaría, porque, como Pascasio, tampoco podrá pasar a cobrarla. Al este le hicieron mucho daño; el otro, lo produce.

Bibliografía

Cueto Vanegas, D. (2011). De chasquis, gulungas y guarichas: avatares femeninos en la guerra de Independencia (1810-1819). XVI Premio Santillana de experiencias educativas 2010. Bogotá: Editorial Santillana.

Friede, Juan. (1969). La Batalla de Boyacá: 7 de agosto de 1819 a través de los archivos españoles. Banco de la República: Bogotá. En: https://babel.banrepcultural.org/digital/collection/p17054coll18/id/396

Garrido, Margarita. Palabras que no cambiaron: lenguaje y poder en la Independencia. Biblioteca Virtual del Banco de la República: Bogotá. En: https://www.banrepcultural.org/palabras-que-nos-cambiaron/intro.html

Gómez de Ocampo, Nelly Sol . (2011). Mujeres y Libertad, Arte e Historia de las Heroínas de la Independencia de Colombia. Buhos Editores: Tunja.

Nietzsche, Friedrich. (2013). Aforismos. Editorial Renacimiento: Sevilla (España).

Ortega Martínez, Francisco A.  y Ruiz Martínez, Jean Paul. La irrupción de la palabra impresa: periódicos, opinión pública y cultura política en el siglo XIX colombiano. Biblioteca Virtual Colombiana. En: https://www.humanas.unal.edu.co/bvc/exhibits/show/peri–dicos-del-siglo-xix

Rosero, Evelio. (2012). La carroza de Bolívar. Ediciones TusQuets: Barcelona.

13 textos de historia de colombia violenta y vigente

Los discursos veintejulieros de Duque – 1
Las libertades a buen recaudo en Colombia – 2
Colombia tuvo una Independencia de florero – 3
Entramados y tramposos en Colombia – 4
En Colombia nadie se liberó de nada – 5
Vivan las cadenas y viva la opresión – 6
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Colombia es un país adulterado por Constitución – 10
Del Cabrero al Ubérrimo: infértiles y cabrones – 11
Los guaches ponen el pecho y las élites la patria – 12
La infamia de los héroes colombianos – 13

Ver también

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