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¡Lo invisible se ve!

Fotografías de Juan Alberto Sánchez Marín

Desafina el iPhone

Atardecer en Sevilla-Valle-Colombia. Foto: JASM.
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Fotografías de Juan Alberto Sánchez Marín es una serie casual, sin más pretensión ni razón que el miedo a perder de vista aquellos momentos que olvidamos en cuanto ocurren. El lugar, el rostro, los gestos inapreciables que, no obstante, unos tras otros, son la vida que no vivimos si no la invocamos de vez en cuando.

Fotografías de Juan Alberto Sánchez Marín, hechas al azar y de prisa, aquí y allá. De muchas, no subsiste el recuerdo de haberlas tomado. De algunas, ni siquiera dónde. En general, fotografías de Colombia, Argentina y Uruguay, por lo pronto.

Desafina el iPhone

Todas, registradas con un iPhone 5s, en alguna vez remota, nuevo. Que al día siguiente de comprado dejó de serlo, cuando, involuntariamente, se dejó caer desde lo alto.

Las fotos, ocho o nueve años después, son un tanto temblorosas; el foco, más esquivo; el obturador, lento. Las texturas se hicieron arrugadas y es olvidadiza la composición.

Y el fotógrafo ahora ya camina lerdo, como perdonando el tiempo. La referencia es tonta, pero el facilismo irresistible. Además, ¡cómo negarlo!, se trata de una alusión tramposa.

No importa si camina o no el que acapara instantes con la cámara, o, por lo menos, aquel que cree hacerlo. Entraña toda la validez solamente si anda o no, se mueve o no, esa foto fija recién tomada.

La imagen detenida, ni para qué repetirlo, nunca está inmóvil. Mejor que nadie lo saben los italianos. Cuánto se mueven aún, dos milenios después, los frisos romanos. Siguen dinámicas las demencias del manierismo de hace casi cinco siglos. Oscilan todavía los rayones de los futuristas italianos de principios del XX.

Luces y sombras

La fotografía es luz cuando la sombra descansa, y sombra cada vez que la misma luz reposa. No es la sola sombra larga que nos sigue a toda parte, pero, tampoco, la luz extensa que nos vela y revela.

La farola mortecina alumbra más que el sol refulgente porque, en la fotografía, no son el foco ni el astro los encargados de la luz. Ambos, a lo sumo, hacen parte de las armonías y los equilibrios visuales. 

La iluminación, sin darle mayores vueltas al asunto, yace en los adentro de quien mira. Al igual que los colores, digamos, están en la vista el observador. Sólo que la claridad y la tiniebla no se suscitan en el cerebro ni obedecen a señales enviadas por los fotorreceptores del ojo.

La luminosidad de la fotografía se origina siempre en el corazón, o en algún recodo de su periferia. De ahí que la foto oscura nos hunda en el tiempo y esclarezca de tal modo la época no vivida, el ancestro nunca conocido. Por eso, la escena apenas entrevista, como un alba cegadora, nos despierta tanto la imaginación.

Olvidos y memoria

La foto es, simple y llanamente, el inmediato vestigio de lo que vamos dejando de ser. y, por supuesto, el consuelo de no volver a ser jamás lo que una vez fuimos. O aquello que creímos aparentar. 

En tanto que estamos vivos, la fotografía es nuestro retrato inmóvil, nuestra silueta muerta. Sólo al morir esa imagen cobra vida. Vienen al mundo los recuerdos de las eternidades compartidas, dulces o amargas, y de lo dicho, y hecho.

Nacen risas y tristezas. Un dedo que señala, un pasado que nos busca y jamás nos halla. Se reproduce una nostalgia, aflora cierta evocación. A veces, cual nota distorsionada, o como un afinado sufrimiento. Reviven odios y, quizás, algún amor. El cuerpo inerte se llena de gusanos; lo que no somos, de instantes.

En determinado trance, buena es la memoria. En otras ocasiones, preferible el olvido. Fuera de eso, aprecio la fotografía lo suficiente como para no andar haciéndome fotos a toda hora, por lo menos, no adrede. Me impactan un tanto, eso sí, las fotos que logro hacerme sin darme cuenta, al descuido. 

Fotografías de Juan Alberto Sánchez Marín

No entiendo el furor incontrolado de hacerse fotos, unas tras otras. En todas las poses, con quienquiera que cruza.

Si fuéramos menos incautos habríamos de atender la advertencia dada por muchos pueblos aborígenes esparcidos por el mundo. Aquellos que creían que las fotos les robaban el alma.

¡Cuánta razón tenían! No son los banqueros, como yo lo suponía, ni los especuladores, las corporaciones, los gobiernos traidores, o Estados Unidos, los que volvieron desalmado, muy desalmado, al mundo. Fue la fotografía.

Y los indígenas, como en tantos otros asuntos, lo supieron siempre. Desde que las pesadas cámaras empezaron a registrar su discriminación, con ropas regaladas y paliativos de folclore. El alma se la robaron los misioneros. Los civilizados, ayer y hoy, la tierra y la vida. 

Bromas del bromuro…

Pensamos, a veces, que no está muerto el trozo de papel impregnado con nuestra imagen. O que somos las señales eléctricas digitalizadas que nos registran en un momento dado. Sea como fuere, no se despinta la foto antes que el reluciente rostro en ella. 

Tampoco, claro está, miente menos la foto guardada en algún corazón que nosotros mismos cuando estábamos de cuerpo presente. Bromas del bromuro (de plata). O meras digresiones digitales.

Fotografías de Juan Alberto Sánchez Marín (@juanalbertosm), 2020. 

Ver también

Literatura.

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