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Por: Juan Alberto Sánchez Marín

El discurso sobrante de Iván Duque

El discurso sobrante de Iván Duque cada vez es más coherente con la verdadera naturaleza de las fuerzas funestas que representa.

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El discurso sobrante de Iván Duque hace rato que dejó de ser lo accesorio para convertirse en el cuerpo entero de un relato carente de sustancia, pero soberbio.

Una sucesión de frases sin coherencia, pegadas con gritos y ceños fruncidos, como si eso fuera suficiente para hacerlas creíbles. O para hacer verosímil a quien las vocifera.

Fuerzas funestas

El presidente colombiano tiene claro que su discurso de tolerancias, inclusiones y equilibrios, cada vez más evitado por sobrante, sólo es un tachable renglón del actual simulacro nacional. Y ni siquiera él es quien tacha. Porque él también está de sobra.

Para cualquier colombiano medianamente informado estaba claro, desde mucho antes de que Iván Duque asumiera la presidencia, cuáles serían sus políticas y prioridades.

Fue diáfano desde el momento mismo en que Álvaro Uribe dijo que él habría de ser el títere presidenciable. El paisano que no supiera cómo iba a ser ese mandato de desgracias era que no quería saberlo.

Duque también estaba enterado de que, en el caso de llegar a la Presidencia, no sería sino el tenedor de un poder ajeno. Sus devaneos de librepensador, los matices ideológicos y políticos, los bocadillos con referencias democráticas, hacían parte del simulacro electoral.

El discurso sobrante de Iván Duque, paulatinamente, se ha desvinculado de las promesas, y cada vez es más coherente con la verdadera naturaleza de las fuerzas funestas que representa.

El costoso legado de Caro

Es así desde la degenerada Regeneración de la segunda mitad del siglo XIX. Principalmente, desde el catecismo constitucional de 1886.

Es decir, desde aquella Constitución clerical que, como alguien afirmó, fue un pecado mortal del reaccionario Rafael Wenceslao Núñez Moledo (a causa de alguien tan venial como doña Soledad Román).

El discurso sobrante de Iván Duque. dXmedio
Miguel Antonio Caro. Otro de los artífices de la Constitución de 1886, vigente por más de un siglo. Presidente de Colombia de 892 a 1898.

Funcionó entonces y el país pagó con un siglo de su vida la bigamia efímera de Rafael.

Y les funciona ahora, cuando el país paga con miles de vidas los delirios macabros de otro líder desmadrado.

Un personaje de la época, Carlos Martínez Silva, contaba que en una oportunidad alguien le dijo a don Miguel Antonio Caro (para abreviar el apelativo de un avivato con tantos nombres como caras): «Hemos hecho una Constitución monárquica».

Y el retorcido, pero franco, «jefe de la reacción victoriosa» le respondió: «Sí, pero desgraciadamente electiva» (Lozano y Lozano, 1938).

La monarquía absolutista al estilo de Luis XIV era tan sublime para Caro como el Estado de opinión lo sería un siglo más tarde para Uribe. Ambas ideologías buscan que el poder del gobernante sea pleno, exclusivo, inalienable, sin controles y de uno solo.

La primera, conjura al populacho de entrada, desde las alturas; la segunda, en cambio, se vale de él para encumbrarse y luego… Bueno, luego, sí, lo mismo. Caro o Uribe: que entre el diablo y escoja.

Ha habido reformas con afanes de renovación. Igualmente, innumerables contrarreformas, íntegras o parciales, de articulados o de «articulitos», que regresan al país no tan lejos del punto de partida.

En el sentido que sea, las cifras no mienten: setenta reformas padeció la Carta Política de 1886 en ciento cinco años. Cincuenta y dos acumula, en veintinueve años, la de 1991.

Los vuelos del retrógrado

La Constitución de 1991 algo hizo. Bastante, a decir verdad, en un protectorado confesional que hubiera sido el encanto del monacal rey español Felipe II.

En tal sentido, el siglo XIX en Colombia duró casi todo el XX, con aislados y efímeros momentos de desvío. En este país, la lucidez es un intento que cada tanto reanima las esperanzas vanas.

Tal Constitución, la del 91, cambió vocablos y principios, y modernizó conceptos casi al nivel de la reforma de 1910. Incluso, exagerando un poco, al de la Constitución de Rionegro, de 1863. Un rejuvenecimiento incuestionable en las ideas que no tiene nada que ver con ciertos desórdenes de la cronología.

Más han hecho, eso sí, los gobiernos desde entonces para devolver a los colombianos de inicios del siglo XXI al redil estricto de los sometidos de finales de aquel XIX. En negación de derechos, privación de libertades, censura, extralimitaciones, trampas leguleyas, exclusiones, revoltijo jurídico.

La Constitución colombiana de 1886. dXmedio.
Constitución de 1886. La base del Estado confesional que ha regido en Colombia por más de un siglo. dXmedio.

La pretendida democracia de la Constitución de 1991, en todo caso, sigue esfumándose al paso que aumentan las soluciones de represión.

No hay democracia, o no sirve, cuando es altísima y creciente la judicialización. Una relación inversamente proporcional, y un remedio caduco (y caducado) del que Colombia toma dosis ingentes y frecuentes.

Ay, don Miguel Antonio, que en lo taimado e ideológico es un predecesor insuperable de Álvaro Uribe. Ay, don Rafael Wenceslao Nuñez, que es el ascendiente preciso en trasfuguismo politiquero, apegos y angurrias de poder.

Pero abundan las concordancias más allá de las propias del Concordato. Los dos antepasados (Caro y Núñez), ay, al igual que su legatario contemporáneo (Uribe), diestros en el manejo de títeres. En ambas orillas del tiempo, una gran suficiencia para nombrar presidentes agregados.

Títeres y trochas

Núñez nombró a Eliseo Payán lo mismo que Uribe a Juan Manuel Santos: por necesidad, no por gusto. Y Payán hizo lo mismo que Santos, más por conveniencia, que también por gusto.

No traicionaron a nadie, porque traidor que traiciona traidores no es traidor. Pero intentaron consumar pecados mortales: el uno, Payán, por decreto, consagrar la libertad de prensa; el otro, Santos, por un acuerdo, lograr la paz. Sobra decirlo, ninguno consiguió lo propuesto.

Ninguno fue, ni por asomo, lo que se llegó a decir de ellos. Payán, un liberal converso, tenía de revolucionario lo que Santos, aunque dialogara con Timochenko, tuvo de miembro de las FARC o podría ser del partido de los comunes.

Por aquella providencia (devaneo) liberal adoptada por el escogido, Núñez mismo hizo que el Congreso lo destituyera. De modo fulminante y a escasos cinco meses de concedida la vuelta presidencial.

Algo idéntico quiso hacer Uribe con el díscolo Juan Manuel, solo que este, además de truhán, es un tahúr. Un curtido jugador de cartas en contacto con Dios y el diablo, mientras que Payán apenas se valía de su talento para la oratoria y, para colmo, del contacto con los radicales.

El discurso sobrante de Iván Duque

Ahora no sucederá así, de eso no me cabe duda. Al señor Iván Duque, cuyo único mérito es no ser un general, pero sí más militarista que varios de ellos, no se le ocurrirá tomar una sola providencia liberal.

Ni liberal ni de ningún tipo, como no sea alguna «sugerida» a gritos por el dictaminador. En Duque escasea la iniciativa propia y es un fiasco para cumplir con lo que promete, pero es magnífico acatando órdenes.

Duque tiene bien claro que su discurso de tolerancias, inclusiones y equilibrios, cada vez más evitado por sobrante, sólo es un tachable renglón del simulacro. Y ni siquiera él es quien tacha. Porque él también está de sobra.

(El presente artículo fue publicado originalmente en Wall Street Internacional Magazine el 14 de marzo de 2020, como parte del artículo: «Si Colombia se fuera con otro«)

Ver también 

La convulsa guerra «tranquila» de Duque.

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Juan Alberto Sánchez Marín. Colombia. Periodista/analista. Cine /TV. Catedrático. Consultor ONU. Telesur, RT, Señal Col, HispanTV. Dir: dXmedio.

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