Convulsa guerra tranquila de Duque

La convulsa guerra tranquila de Duque en Colombia. dXmedio. Foto: Homenaje a víctimas.
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Convulsa guerra tranquila de Iván Duque, grande en muertes innecesaria y leve en el modo indolente en que la asumen unas élites criminales.

Convulsa guerra tranquila de Duque que no cesa de costar lágrimas y muertos en Colombia. Frente a los dolores atroces, la esperanza como único atenuante que los hace llevaderos.

¿Vana ilusión de mejorar? ¿Confianza inútil en que el agobio terminará más temprano que tarde?

La sociedad colombiana lleva mucho tiempo con las esperanzas de paz yéndose por el caño de nuevas y más hondas frustraciones. La sociedad cada tanto es invadida por la desesperanza de ver al país transformado en un nuevo matadero.

Duque y sus verdugos mataron la reciente confianza en alcanzar la paz que tuvo el país. Una calma endeble, desde luego, pero que supuso cierto sosiego para buena parte de la población. Sobre todo, para las franjas más humildes, que son las que ponen los muertos.

Luego de unos meses con Iván Duque al frente del Gobierno, la única esperanza que le queda a Colombia es la de él acabe pronto su presidencia. Y que ni él ni lo que él representa vuelvan a incautar el poder en 2022.

El engañoso salvavidas

Una fracción de la sociedad colombiana se empeñó durante años en negar o considerar ajeno el conflicto armado de décadas. Buena parte de ella veía distante la guerra en la que estaba inmersa hasta el cuello.

Millones de personas, cada vez que se levantaban, se daban de bruces con bombas y muertos, pero en el televisor. Entre las primicias de último minuto y los efectos digitales, los medios mostraban desenfocado lo más atroz de la realidad.

Una vez no bastó la cinta cubriendo las hendijas para no ver lo que se le venía encima al país. Los travesaños tampoco atajaron la violencia desbocada que entró por puertas y ventanas e inmoló sin compasión ni distingos.

Esa sociedad se aferró al primer salvavidas que halló: Álvaro Uribe y sus promesas engañosas, es decir, perfectas. El sujeto sagaz comenzó por gritar a voz en cuello lo que la ciudadanía en añicos quería oír.

Todo aquello que era consecuente entre una minoría de matones ansiosos de sangre, tierras y caudales, y unas mayorías ávidas de cualquier matón disfrazado de mesías.

Una sociedad presta a conformarse con la pertenencia al coro de áulicos de la manada ideológica que fuera, prescindió a la final de ideologías y partidos, y optó por lemas y muerte. Se alió con criminales y endiosó guerreros.

Las digresiones de la guerra

Uribe fue astuto y empantanó las reflexiones sociales de fondo al afirmar que no era tal la guerra que se multiplicaba alrededor. Ofreció la pronta victoria en lo que fuese que no existía.

O sea, el triunfo en un conflicto hipotético contra unos enemigos, quizás anacrónicos, mas de carne y hueso. Bien armados y con varias décadas de dedicación exclusiva a la guerra de guerrillas.

Transcurrió el primer período, entre 2002 y 2006, de un gobierno en el cual la persecución social se incrementó, aunque cambió de nombre.

Lucha contra la insurgencia, pero sin ganarla, o sea, sin darle fin, porque hacerlo significaba el suicidio. Guerra contra el narcotráfico, pero sin afectar el negocio ni a los socios. El diablo hacía las hostias. 

Los exterminios, eso sí, pasaron del pregón a la práctica. No obstante, el cometido no se alcanzó. Cundió el asesinato de culpables que con posterioridad se sabría de qué y de inocentes presentados como culpables. Y nada.

Transcurrieron, entonces, otros cuatro años en las mismas, entre 2006 y 2010. Las masacres y el acosamiento como pan de cada día, y tampoco. Hubo más y más tierra prometida para los latifundistas, pero el triunfo rotundo sobre los contrarios jamás llegaría.

En parte porque no se podía, y, luego de recapacitar, porque no se quería. 

Ninguna guerra se gana ni se concluye de verdad, menos aún en un país como Colombia. Una geografía agreste. Un Estado ausente de vastos territorios e inútil en los que está.

No llegó porque ninguna guerra se gana ni se concluye de verdad, menos aún en un país como Colombia. Una geografía agreste. Un Estado ausente de vastos territorios e inútil en los que está.

La institucionalidad tomada

Unos territorios sumidos en el caos y departamentos enteros carcomidos por las pugnas inflamadas por el narcotráfico y la minería ilegal. De paso, bajo unas condiciones sociales insuperables para generar y regenerar adversarios y disconformes.

Década tras década, la misma conflagración resurge de entre las victorias pírricas, las derrotas pasajeras, los bombos mediáticos, las paces con todo pendiente y los pactos que no resuelven nada.

Se reanuda con otras apariencias y con los nombres de las descendencias. Nietos, biznietos, tataranietos. Delfines que son piezas aceitadas desde la tierna infancia, no para presidir al estado, sino para feriarlo y saquearlo.

La guerra vuelve a ser arrolladora sobre las cenizas inextinguibles de injusticias y odios sembrados cada tanto.

No llegó la paz porque a unos cuantos personajes con muchísimo poder lo que menos les conviene es el fin de un negocio del que se han lucrado por años. Demasiadas veces, durante generaciones.

Es un poderío que suma varios siglos, desde la remota Colonia, y que cuenta con un manto de impunidad para todas y cada una de las ilegalidades.

Opresores apuntalados en una institucionalidad tomada, que se han valido de las mayores vilezas para obtener las grandes fortunas. O para mantenerlas y agrandarlas. El mal lo perpetran muy bien.

Convulsa guerra tranquila

Siempre subsisten detalles irritantes, incluso, para los más poderosos. Resulta que la guerra que no se contempla (con los ojos vendados) supone a su vez una paz que no se advierte (ojos que no ven, corazón que sí siente… ¡los balazos!).

La “guerra tranquila”, a la criolla, se basaba en armas estridentes y métodos escandalosos. Es la convulsa guerra tranquila. Que hasta a los más desentendidos se les apareció como espanto. Así, pues no.

Ni sirve ni es la paz un reposo montado con guardaespaldas y a punta de tanquetas, carreteras custodiadas, esbirros por autoridad.

Paramilitares de militares, y estos de mercenarios; vecindarios turbados, con el chivato dentro. Cortes contra las cuerdas, periodistas espiados, derechos quebrantados. Oprobiosas requisas y retenes de policía en cada kilómetro de cada vía.

Medio país llegó a creerse el cuento de que esa era la única tranquilidad posible para unas estirpes condenadas a convivir con la crueldad por sino, inercia o idiosincrasia.

Pero tanto rueda el cántaro, hasta que se rompe, dijo la tarabuela de la abuela. Colombia, entonces, empezó a pensar que el sosiego pudiera ser viable. Y lo fue.

La desigualdad da igual

El gobierno de Juan Manuel Santos firmó la paz con la entonces guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Por la razón que fuera, un número considerable de ciudadanos se prestó gustoso a sabotear lo acordado.

Por debilidad, credulidad, soberbia, o todo esto junto, el expresidente puso a la sociedad ante el dilema plebiscitario de la bolsa o la vida. Ni siquiera “guerra y paz, sino la guerra o la paz.

Una disyuntiva que tanto el Nobel Santos como el poco novel Juan Manuel creyeron fácil y favorable. No hubo de ser así.

Muchos colombianos no sólo se inclinaron por la bolsa para unos pocos y la guerra para todos, sino que eligieron de presidente al que les brindaba la vuelta del desastre. Al igual que su perdurabilidad, la apropiación institucional, la lisura ideológica, el odio y otros demonios.

Alguien que de entrada personificaba la indolencia con la vida de cientos de personas. Compatriotas de los territorios más distantes y olvidados, obviamente. Iván Duque y las fuerzas que encarna arribaron así al poder. Y eso, por más que a veces parezca que no, es lo que hay.

Una rifa de ricos míseros

Yo no sé (nadie lo sabrá) quiénes se ganaron a Príncipe de Titiribí, Don Juanito y Rutinario, los tres caballos que Álvaro Uribe y su Agropecuaria El Ubérrimo donaron en beneficio de sus candidatos al Congreso. Los pordioseros opulentos. Los acaudalados míseros del Centro Democrático.

La boleta tuvo un costo de cincuenta mil pesos. No quedó ni una. Ecuestre lo que cueste, cantó Les Luthiers. Una idea del mandamás se acoge a pie juntillas en el castrense Partido.

La noble causa del sorteo equino ni siquiera benefició a los desprovistos bolsillos de los idiotas útiles. Los montones de pobres que se creen de la gavilla de los pudientes, y que votan por las políticas que a ellos mismo desollan.

Yo no sé, quizás nadie sepa, a dónde fueron a parar los célebres ejemplares equinos. Pero sí sé que el país entero se ganó la rifa boba del que dijo él (Uribe), y ahí lo tenemos a cuestas (Duque).

Muchos colombianos comprobaron en carne propia que unas migajas de calma eran preferibles a las habituales refriegas sin salida de siglos. No obstante, entre la desidia del Gobierno saliente y la animadversión del entrante, pronto se hizo tarde para que la escampada fuera duradera.

Cortés por fuera, espeluznante por dentro

El Estado, sea como sea, había pactado una paz de las tantas que le hacen falta al país más violento de la región y uno de los más conflictivos del mundo. No pocos ciudadanos alcanzaron a comprobar en carne propia que unas migajas de calma eran preferibles a las habituales refriegas sin salida de siglos.

Sin embargo, entre la desidia del Gobierno saliente y la animadversión del entrante, pronto se hizo tarde para que la escampada fuera duradera.

Cuando la sociedad protestó por la vuelta de la lógica fatídica que ella misma acababa de votar, se enteró de paso de ciertos asuntos agobiantes. No sólo retornaba y era palpable la guerra incorpórea de los medios. Esa sociedad, además, de percató de que vivía en medio de la peor de las dictaduras posibles. Cortés por fuera, espeluznante por dentro.

Nada nuevo, pues disimular la realidad es una de las habilidades más destacadas de las élites patrias. En lo de embellecer dictaduras repugnantes, la eficiencia ha sido tal que pocas veces Colombia ha requerido de militares al frente de la jefatura del Estado.

Recurren a peleles envalentonados, despóticos, que sobran en esta tierra, no de leones, como escribió el querido vividor y poeta Rubén Darío (en versos no tan destacados, pero sí de los mejor remunerados), sino de hienas hambrientas.

A no ser los leones de Cobo Borda, aquellos del “País mal hecho/ cuya única tradición/ son los errores./ Quedan anécdotas;/ chistes de café,/ caspa y babas…”.

Y títeres a los que les suministran las suficientes dosis de poder y dispensas. La depravación ya la portan consigo.

(*)  El presente artículo fue publicado originalmente en Wall Street Internacional Magazine, el 14 de marzo de 2020, como parte del artículo: “Si Colombia se fuera con otro“).

Ver también

El discurso sobrante de Iván Duque

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